Una selección, muchas banderas

El pasado domingo, mientras la selección española celebraba la conquista de su segundo Mundial, hubo una imagen que merecería permanecer en nuestra memoria más allá del resultado deportivo. Muchos jugadores festejaban la victoria envueltos en las banderas de sus regiones, mostrando con naturalidad el territorio del que proceden, la cultura en la que crecieron y las raíces que forman parte de su identidad.
No parecía existir contradicción alguna. Vestían la camiseta de España, habían competido juntos por un objetivo común y, al terminar, algunos mostraban con orgullo las banderas de sus lugares de origen. La alegría compartida no les exigía renunciar a ser catalanes, vascos, gallegos, canarios, andaluces, valencianos, extremeños o de cualquier otro territorio. Al contrario: todas esas procedencias formaban parte del equipo que acababa de proclamarse campeón del mundo.
La escena ofrece una enseñanza sencilla que, sin embargo, seguimos teniendo dificultades para trasladar a nuestra convivencia política: España no es uniforme. Nunca lo ha sido. Es un país formado por territorios con historias, lenguas, tradiciones, paisajes y formas de vida diferentes. No se parece la realidad de una aldea gallega a la de una ciudad mediterránea, ni la de una comarca industrial vasca a la de un municipio rural de Extremadura, una isla canaria o un valle pirenaico.
Esa diversidad no es una anomalía que debamos corregir. Es una parte esencial de lo que somos.
Sin embargo, durante demasiado tiempo se nos ha intentado convencer de que expresar una identidad territorial debilitaba necesariamente la identidad común. Como si reconocer la pluralidad condujera inevitablemente a la fragmentación. Como si para construir España fuera necesario rebajar, esconder o domesticar las diferencias.
La celebración de ayer mostró justamente lo contrario. Una bandera autonómica envolviendo la cintura de un jugador de la selección no restaba valor al triunfo colectivo. No había que elegir entre una y otra pertenencia. Las identidades podían convivir, superponerse y enriquecerse mutuamente.
España ganó el Mundial no solo con futbolistas procedentes de comunidades muy diferentes, sino también con trayectorias personales y familiares igualmente diversas. El equipo refleja además una sociedad que ya no puede explicarse solamente a partir de las identidades territoriales tradicionales. Jugadores como Lamine Yamal o Nico Williams representan también una España mestiza, formada por familias, barrios y culturas de procedencias diversas que han pasado a ser parte inseparable del país.
La pluralidad española es territorial, lingüística y cultural, pero también social. Está en nuestras lenguas oficiales, en los acentos, en las fiestas y en las tradiciones; pero también en las migraciones interiores, en quienes llegaron de otros países, en las nuevas generaciones y en las identidades que se han ido incorporando a nuestra sociedad.
Ahora bien, reconocer esta diversidad no puede limitarse a exhibir banderas durante una celebración. La pluralidad debe traducirse en instituciones capaces de escuchar, en respeto hacia las diferentes lenguas y culturas y en una distribución equilibrada de oportunidades.
No habrá una España verdaderamente unida mientras algunos territorios sientan que sus singularidades son tratadas como una amenaza. Pero tampoco la habrá mientras existan enormes desigualdades territoriales, mientras las oportunidades se concentren en unas pocas ciudades o mientras miles de personas se vean obligadas a abandonar sus pueblos y comarcas para poder estudiar, trabajar o acceder a servicios básicos.
Porque la cohesión territorial no consiste únicamente en que todas las comunidades aparezcan representadas en una fotografía. Significa que una persona pueda desarrollar su proyecto de vida con independencia del lugar en el que haya nacido. Significa que vivir en una zona rural, en una isla, en una comarca despoblada o en una periferia urbana no determine el acceso a la sanidad, la educación, la vivienda, el transporte o un empleo digno.
La selección española conquistó ayer su segundo Mundial al vencer a Argentina. Y de un momento de celebración y alegría nos llegó la mejor lección: no necesitamos escoger entre diversidad y unidad. Necesitamos aprender a construir la unidad desde la diversidad. Porque España no es fuerte a pesar de su pluralidad. España puede ser más fuerte precisamente gracias a ella.
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