Sebastián Mora llama a construir comunidad desde el cuidado y la interdependencia frente a la sociedad tecnocrática

Sebastián Mora llama a construir comunidad desde el cuidado y la interdependencia frente a la sociedad tecnocrática
FOTO | Teresa Monfort (i) y Sebas Mora
El sociólogo Sebastián Mora apostó por cultivar una espiritualidad enraizada en la vida, abierta al cuidado, la justicia social, generadora de comunidad ante la agudización de la desigualdad, la concentración de poder y el aislamiento que propugna la revolución digital.

“¿Qué tipo de humanidad y de sociedad queremos cultivar?” Con esta pregunta de fondo, Sebastián Mora articuló la ponencia “Sembrar humanidad en una sociedad tecnocrática”, pronunciada en las Jornadas de Profundización y Diálogo de los Cursos de Verano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), dedicados este año a reflexionar sobre cómo tejer comunidad en la era digital y renovar el compromiso por el bien común.

En la encrucijada actual, Mora considera clave la aportación de la militancia obrera cristiana. “Necesitamos a los militantes de la HOAC en la Iglesia”, dijo en referencia a la experiencia acumulada por este movimiento de trabajadores cristianos y su empeño en vivir el mensaje evangélico y poner en práctica y seguir actualizando la enseñanza social de la Iglesia.

El profesor de la Universidad de Comillas reivindicó una espiritualidad cristiana encarnada, inseparable de la realidad concreta de las personas trabajadoras, de quienes sufren exclusión y de quienes luchan por condiciones de vida más humanas.

“La verdadera espiritualidad cristiana es espíritu en el mundo”, afirmó durante su intervención durante este curso.

Partiendo de la expresión repetida por el papa Francisco y luego asumida por León XIV, de que no vivimos “una época de cambios, sino “un cambio de época”, apuntó a las transformaciones en curso que están incidiendo en las bases culturales, sociales, económicas y antropológicas de nuestras sociedades, es decir, un tiempo en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo todavía no termina de nacer, siguiendo la conocida formulación de Gramsci.

Large auditorium filled with people watching a panel at the front; banners and screens behind the speakers on stage.
FOTO | Pleno de los cursos de verano de la HOAC

Esta gran transformación está impactando tanto al mundo del trabajo como a la experiencia religiosa, aunque “seguimos intentando responder con categorías de la antigua época a problemas radicalmente nuevos”, advirtió.

Así, insistió en que ya no tiene sentido separar el mundo físico del virtual, cuando la vida humana está hoy completamente atravesada por la tecnología.

El paradigma tecnocrático imperante plantea un progreso sin límites a partir de la lógica económica y el solucionismo tecnológico, a pesar de las promesas incumplidas, especialmente, por la revolución digital ha exacerbado la desigualdad, la concentración de poder y el aislamiento.

La misión cristiana: generar humanidad

En ese panorama, destacó que la principal tarea de los cristianos hoy consiste en “generar y sembrar humanidad”, máxime cuando la cuestión social ha derivado en una cuestión antropológica. De ahí, la urgencia de defender una visión de la persona que rechace cualquier forma de supremacismo y cualquier tentación de establecer categorías de seres humanos de primera y de segunda.

La inteligencia artificial y el transhumanismo están cuestionando la propia singularidad humana que se caracteriza por la vulnerabilidad, la emocionalidad y la corporalidad, elementos rescatados y repensados, según apuntó, por la filosofía feminista al situar el cuerpo, el cuidado y la interdependencia en el centro de la reflexión antropológica.

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Desde esa misma lógica, llamó a defender una antropología abierta a la diversidad cultural, étnica, sexual y de género, convencido de que la pluralidad constituye una característica esencial de la condición humana.

La justicia comienza por los descartados

Ante el incremento de las desigualdades, reconoció su preocupación por la erosión de los vínculos comunitarios y el avance del individualismo, lo que citando al papa Francisco, se ha convertido en uno de los grandes virus de nuestro tiempo.

Precisamente, colocar el cuidado en el centro de la vida social y política abrirá nuevas posibilidades a una mejor comprensión de la humanidad y a la defensa por la dignidad de cada persona. La apuesta cristiana en el siglo XXI ha de tener “el cuidado como centro; la vulnerabilidad como lugar teológico”.

Solo desde ahí, afirmó, pueden construirse alternativas capaces de responder a los desafíos contemporáneos.

Para ello, se hace necesario cultivar la esperanza cristiana, que inspirándose en Johann Baptist Metz y en Terry Eagleton, no se confunde con un optimismo ilusorio.

Desde su perspectiva la esperanza no consiste en negar el sufrimiento ni en refugiarse en un discurso tranquilizador, sino que “empieza bajando al dolor del mundo”.

El encuentro con las víctimas, de la experiencia comunitaria y del compromiso transformador sostiene esa esperanza en otro mundo posible.

En una sociedad marcada por la aceleración tecnológica, la desigualdad y la fragmentación social, la tarea más urgente de la comunidad cristiana sigue siendo profundamente humana.

Sembrar humanidad, fortalecer los vínculos comunitarios y hacer del cuidado y la justicia espacios donde pueda seguir abriéndose camino la esperanza, constituye la original y necesaria aportación del cristianismo en nuestros días.

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