La acusación de Prevost golpea a dos continentes

La acusación de Prevost golpea a dos continentes

Cada uno tiene aquí, en Estados Unidos, su propio 4 de julio. Trump, con uno de sus discursos ridículos, transforma el Día de la Independencia en una «fiesta contra el comunismo». En el Valle Central de California, la California rural de los campesinos, se celebra misa entre las casitas de madera de los jornaleros temporeros sin green card que recogen fruta y almendras.

La Independencia aquí, entre ciudadanos no reconocidos y perseguidos por el ICE, es paradójicamente la que más se acerca a la idea de libertad que inspiraba a los revolucionarios estadounidenses de 1776. Nace de la carne viva de poblaciones explotadas hasta el límite para mantener alta la competitividad en el mercado global, gobernadas por un sistema de terror.

Este es, sin duda, el 4 de julio del Mundial de Fútbol. Las caravanas con banderas mexicanas que llenan las calles de California lo dejan claro. Al fin y al cabo, de una población de 39 millones de habitantes, 15 millones son de origen hispano: nadie anima contra su «patria» de origen.

El papa León, con un formidable uno-dos, entre el breve discurso del 2 de julio durante la entrega de la Liberty Medal y la homilía pronunciada este sábado en Lampedusa, ha demolido la idea de una «independencia» de la deshumanización, basada en el poder de un «puñado de tiranos», como ya había dicho, separado del resto del mundo.

Ya la decisión del pontífice de no aceptar la invitación oficial de la Casa Blanca para participar en la ceremonia gubernamental y, en cambio, estar en Lampedusa siguiendo las huellas de su predecesor, pareció una respuesta directa e inequívoca a las deportaciones, las detenciones y las muertes de personas migrantes en Estados Unidos. En la ceremonia de la Liberty Medal, el Papa habló como «hijo de la nación». Un hijo que reivindica su derecho, como estadounidense antes que como cabeza de la Iglesia universal, a decir una verdad que el poder tecnoplutocrático teme admitir: «Han sido los migrantes quienes han dado forma al futuro de la nación».

Para el papa León, «la grandeza moral de una nación se manifiesta sobre todo en su capacidad para proteger y valorar la vida de todos, especialmente de los más vulnerables y de aquellos cuyo valor es puesto en duda». Estados Unidos solo volverá a ser great si acepta su propia verdad: ha sido y sigue siendo un país que se hizo «grande» abriendo sus puertas a sucesivas oleadas de migrantes, que literalmente lo construyeron junto con sus familias.

Este discurso será una poderosa inspiración para todas las parroquias que, junto con la sociedad civil, están impulsando las «Redes de Respuesta Rápida» frente a las detenciones y deportaciones. Un sistema de autodefensa frente a las redadas, de cuidado y protección solidaria para las familias, de creación de lugares seguros para niños y familias en riesgo de arresto, y de ayuda mutua para quienes deben permanecer escondidos.

Pero es con el discurso dirigido principalmente a Europa, desde Lampedusa, con el que el Papa explicó que lo que está ocurriendo es un fenómeno global, que no puede atribuirse únicamente a la locura de un dictador aislado.

«Los muertos en este mar son víctimas tanto de decisiones tomadas como de decisiones omitidas». Una vez más, una verdad contundente, directa y sin rodeos. No es la fatalidad ni es el mar el responsable. Lo son quienes toman decisiones políticas, como el reciente Pacto Europeo sobre Migración, con sus deportaciones y sus centros de internamiento —a los que llaman CPR—. Y también quienes no toman decisiones: quienes fingen no ver lo que sucede en Libia o Túnez y continúan financiando con dinero público sistemas criminales de devolución y reclusión de mujeres, hombres y niños, todos ellos hermanos y hermanas nuestros, hijos nuestros.

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El discurso del papa León es mucho más amplio en toda su radicalidad. La concreción de los hechos se entremezcla con la espiritualidad de la palabra evangélica. Es una teología desarmada y desarmante. El samaritano, alguien que por definición ni siquiera tenía derecho a la palabra, un «ilegal», ante la muerte y el sufrimiento de un ser humano hace lo que ni el sacerdote ni el levita hacen: ve, se detiene, actúa y presta auxilio.

Para quienes han decidido desafiar la voluntad de los gobiernos durante estos años y han seguido rescatando personas en el mar, acogiendo, situando los derechos humanos en el centro en lugar de la fácil retórica de las propagandas políticas, estas palabras representan un gran reconocimiento y una invitación a continuar.

«Hemos entrado en un milenio en el que debemos dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que contemplamos nos haga comprender la radicalidad de esta llamada». Europa, dice el papa León, tiene la capacidad para hacerlo. Desde arriba no podrá lograrlo si antes no conquista su propia independencia, ante todo respecto de Trump y del supremacismo tecnocrático de la guerra y de la deshumanización. Desde abajo ya lo está haciendo, practicando la solidaridad en el mar y en la tierra, cueste lo que cueste. «Como el samaritano, podemos cambiar de programa y de rumbo».

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