Incendios. Desplazados y una mochila

Incendios. Desplazados y una mochila
FOTO | Una madre y una niña camina de la mano en Burgohondo, Ávila. Vía Mateo Lanzuela, Europa Press (24/07/2026)

Oración desde los incendios, san Juan de la Cruz, san Mateo 14, 13-21 y el eco de fuegos y rescoldos

Señor,
nos dijeron:
“Coged lo imprescindible,
lo que quepa en una mochila…
y salid”.

Y entonces descubrimos
que una vida entera
no cabe en unos pocos litros de tela.

¿Quién decide
qué recuerdo pesa demasiado?
¿Quién deja atrás la cuna,
la fotografía,
la carta escrita por la madre,
el olor de la casa,
la sombra de un árbol
que ya sólo es ceniza?

Los caminos
se llenaron de mochilas,
de niños con los ojos abiertos,
de ancianos caminando despacio,
de corazones
en permanente estado de alarma.

Los polideportivos
se hicieron hogar.

Las parroquias
abrieron sus puertas.

Un notario
ofrecía reconstruir
los papeles perdidos.

Y la solidaridad,
tan silenciosa como el agua,
iba apagando
el incendio del miedo.

Pero había otros
que casi nadie nombraba:

los migrantes,
los que apenas poseen
más patria que una mochila,
más escritura que su nombre,
más red que unas pocas manos amigas.

Ellos conocen desde hace tiempo
el idioma del desalojo.

***

Y entonces,
san Juan de la Cruz
susurra entre el humo:

“Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada…”

La nada
no es derrota.

Es espacio.

Es vaciamiento.

Es aprender
que el fuego puede quemar la casa,
pero no alcanza
el lugar donde Dios habita.

La noche oscura
no es el final del camino.

Es el sendero
por donde la esperanza
aprende a caminar descalza.

***

Hoy también nosotros
hablamos mucho.

Incendios.

Cambio climático.

Restricciones.

Emergencias.

Pactos de Estado.

Miles de desplazados.

Y tanta información
que corre más deprisa
que nuestra compasión.

Corremos el riesgo
de acostumbrarnos
al humo.

De volvernos ceniza
por dentro.

***

Entonces aparece Jesús.

Se retira
a un lugar desierto.

Y allí,
donde sólo parece haber
cinco panes
y dos peces,

descubre
que la verdadera abundancia
siempre comienza
cuando alguien
se atreve a entregar
lo poco.

Una mochila.

Cinco panes.

Dos peces.

Una pobreza compartida.

Y el Reino
empieza a multiplicarse.

***

También Stella
lleva una mochila.

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No llena de cosas.

Llena de un rostro.

“Para muchos no soy nada…”

Y precisamente ahí,
en esa palabra
que el mundo usa para despreciar,

Dios escribe
otra historia.

Porque quien se sabe amada
lleva dentro
una casa
que ningún incendio destruye.

Quien ama
nunca viaja vacío.

***

Señor,
enséñanos
a distinguir
entre lo urgente
y lo imprescindible.

A descubrir
que quizá
lo más importante
nunca pudo guardarse
en una mochila.

Haznos pueblo
que abre parroquias,
que presta mantas,
que reconstruye documentos,
que acompaña silencios,
que busca primero
a quienes no tienen
segunda residencia,
ni familia cercana,
ni papeles,
ni voz.

Y cuando el humo
nos robe el horizonte,

haz resonar,
como San Juan,
esa palabra pequeña
que parece perderlo todo
y, sin embargo,
lo encuentra todo:

Nada.

Porque cuando ya no podemos
apoyarnos
en nuestras seguridades,

queda tu Amor.

Y cuando sólo quedan
cinco panes,
dos peces
y una mochila,

comienza,
otra vez,

el milagro.

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