Un año de León XIV. Roma sin sobresaltos

Un año de León XIV. Roma sin sobresaltos

Cuando apareció en el balcón de la Basílica de San Pedro, muchos esperaban una versión corregida de papa Francisco o una restauración elegante del modelo de Benedicto XVI. Pero León XIV ha terminado siendo otra cosa: un Papa de contención.

Un hombre que parece convencido de que, antes de reformar la Iglesia, hay que impedir que siga desangrándose en guerras internas. ¿Y lo ha conseguido?… parcialmente.

Su gran éxito: devolverle pulso institucional a Roma

El primer año de León XIV ha estado marcado por una palabra poco emocionante, pero decisiva: estabilidad.

Tras un pontificado tan intensamente carismático como el de Francisco, buena parte de la Iglesia vivía instalada en la lógica del sobresalto. Cada entrevista podía generar una crisis doctrinal; cada sínodo, una batalla cultural global.

León XIV ha cambiado radicalmente el clima: habla menos, improvisa poco y parece sentir alergia natural al espectáculo.

No entusiasma a las multitudes como Francisco. Tampoco sorprende  intelectualmente como Benedicto XVI. Pero transmite algo que hoy escasea incluso fuera de la Iglesia: sensación de adulto responsable.

Ha rebajado tensiones entre conservadores y reformistas, ha mantenido los procesos colegiales y ha reducido la política eclesial de titulares. Gobierna como quien intenta reparar una catedral mientras otros siguen discutiendo quién provocó el incendio…Y, de momento, la estructura aguanta.

Dilexi te: ternura contra el cinismo

Si hay un texto que define espiritualmente este primer año, es la exhortación Dilexi te. En ella León XIV –como hiciera Francisco en la Evangelii gaudium– plantea quizá la intuición central de su pontificado: la pérdida de humanidad. Porque, en línea con el filósofo y ensayista francés Fabrice Hadjdf, el hombre contemporáneo teme la gratuidad porque ya solo comprende el leguaje de la utilidad.

Toda la exhortación es una crítica serena –y a veces demoledora– a una civilización obsesionada con el rendimiento, la identidad agresiva y la indignación permanente. León XIV insiste en que la verdad cristiana no puede separarse de la compasión.

Porque una verdad ejercida desde arriba, sin ternura, acaba pareciéndose demasiado al poder. (cfr. Dilexit te, nn. 12-14).

Magnifica humanitas: el Vaticano en la era de la inteligencia artificial

La otra gran aportación intelectual acaba de aparecer (aún no perfectamente estudiada) es la Magnifica humanitas. León XIV emerge como un pontífice de fuerte perfil político y cultural, crítico con los tecnooligarcas que concentran poder, datos y capacidad de manipulación global. Por encima de los mismos Estados.

Su posible programa de gobierno apunta a una Iglesia más intelectual, social y vigilante frente al capitalismo tecnológico. Magnifica Humanitas es quizá el texto eclesial más sólido sobre inteligencia artificial hasta la fecha.

Mientras medio planeta discute si la inteligencia artificial nos hará más eficientes, León XIV advierte que “la técnica amplifica la capacidad humana; no garantiza su sabiduría” y que “una civilización que todo lo calcula corre el riesgo de olvidar aquello que sólo puede contemplarse”.

Aquí aparece uno de los rasgos más interesantes del Papa: entiende sorprendentemente bien el siglo XXI (¿Salvo dentro de la Iglesia?). Habla de algoritmos, manipulación digital, capitalismo tecnológico y deshumanización con una sofisticación que obliga incluso a Silicon Valley a escuchar.

Su idea fuerza parece clara: así como en la guerra hay que defender una paz “desarmada y desarmante”, acoger e integrar la inmigración, etc., aquí propone “desarmar la inteligencia artificial”.

La ironía es clara: mientras muchos gurús tecnológicos prometen salvar el mundo desde aplicaciones móviles, el hombre vestido de blanco recuerda que quizá el problema de fondo siga siendo moral.

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África: donde León XIV vio el futuro

Su viaje a Kenia y a República Democrática del Congo fue probablemente el gesto geopolítico más importante de este primer año.

León XIV entendió rápidamente algo que Europa aún digiere con dificultad: el futuro del catolicismo ya no se juega en las viejas capitales europeas, sino en África, Asia y partes de América Latina.

En África denunció el neocolonialismo económico, defendió la dignidad de los pueblos explotados y dejó una idea especialmente significativa: “La Iglesia no lleva a Cristo a África; África está enseñando al mundo nuevas formas de entender y manifestar a Cristo”. Más que una cortesía diplomática, es una declaración de cambio histórico.

Las sombras: lentitud, silencios y reformas congeladas

La gran crítica a León XIV es que su prudencia empieza, a veces, a confundirse con inmovilismo. Sobre el papel de la mujer, el colectivo LGTBI, el celibato o la estructura clerical, el pontificado avanza con extrema cautela.

No hay condenas agresivas ni retórica de guerra cultural. Pero tampoco decisiones transformadoras. León XIV parece gobernar bajo una convicción muy romana: mover demasiado rápido una institución puede romperla… Probablemente tenga razón. El problema es que una parte creciente del mundo católico ya no se siente cómodo sólo con paciencia; pide respuestas.

Y siguen abiertas, además, no solo la cuestión más dolorosa, los abusos sexuales, en España además los Acuerdos preconstitucionales con la Santa Sede, las inmatriculaciones, y etc. Aunque no ha habido grandes explosiones mediáticas, tampoco existe todavía la sensación de reforma estructural irreversible. El Papa escucha, acompaña y condena… pero muchos esperan medidas más profundas.

Un balance: menos revolución, más reconstrucción

El primer año de León XIV deja una impresión compleja, pero razonablemente sólida. No ha sido un Papa revolucionario. Ni parece querer serlo.

Ha preferido enfriar la fiebre antes que incendiar nuevamente la Iglesia. Y quizá, en una época histérica y polarizada, esa decisión tenga más valentía de la que parece.

Su pontificado todavía no ha demostrado capacidad transformadora profunda. Pero sí ha mostrado inteligencia práctica, sentido institucional y una rara convicción: que gobernar no consiste siempre en producir titulares, sino a veces en evitar cuidadosamente que todo termine explotando.

En su segundo año, el desafío será pasar de la contención a decisiones más proféticas. Porque no se puede mantener por largo tiempo “el vino nuevo en odres viejos”.

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