La Iglesia redobla su apuesta por el cuidado de las gentes del mar en el Día del Carmen

Marinos de distintos países que han recalado en la residencia de Stella Maris en el Puerto de Barcelona no ocultan la dureza de un estilo de vida que, sin embargo, sostiene las sociedades actuales, por lo que la Iglesia llama a cuidar a las personas trabajadoras y al resto de gentes del mar.
En su mensaje a propósito del Día del Carmen, que la Iglesia dedica a las gentes del mar, el obispo del Apostolado del Mar, Antonio Valín Valdés, titular de la diócesis de Tuy-Vigo, afirma que “el futuro del transporte marítimo no depende solo de la tecnología o rutas comerciales, sino del cuidado real de las personas que viven y trabajan en el mar”.
Aunque la actividad económica en el mar, el transporte marítimo o la pesca, por ejemplo, sigue siendo un ámbito imprescindible para la vida cotidiana, se sustenta sobre una fuerza laboral frecuentemente invisibilizada y en muchas ocasiones precaria.
Los testimonios recogidos en Stella Maris Barcelona —el Apostolado del Mar—, con la colaboración de su coordinador Ricardo Rodríguez-Martos Dauer, ponen rostro a tantas personas que trabajan, a veces en condiciones muy duras, en la pesca o el transporte marítimo y que tienen en la mar su modo de vida o incluso su pasión.
Sus voces hablan de un trabajo continuo, de distancia familiar y de necesidad de apoyo en tierra. Por eso, el obispo recuerda que “no basta con barcos más seguros o rutas más eficientes, si no cuidamos a las personas que hacen posible todo eso”.
Además de recordar la injusta y dramática situación de las personas trabajadoras atrapadas en el Estrecho de Ormuz, Valín recuerda otros muchos desafíos que todavía hoy nos interpelan, como “condiciones laborales cada vez más exigentes, situaciones de abandono, riesgos crecientes en la navegación, desigualdades derivadas de la globalización o los cambios tecnológicos y medioambientales que afectan directamente a marinos y pescadores”.
Algunas de las historias confirman que no se trata de “problemas aislados, sino ante una realidad estructural que exige una respuesta humana, social y pastoral”.

“Necesitamos el dinero”
Jamilah, originario de Sri Lanka, lleva más de cuatro décadas trabajando en el mar. A sus 55 años, continúa embarcándose. Trabaja como mecánico engrasador en un buque mercante con una tripulación donde todos son de Myanmar, menos él y otro compañero. “Nos llevamos bien”, aclara, lo que no quita que a veces haya problemas, sobre todo con los turnos.
Entró en el oficio de la mano de sus hermanos, también marinos. Le gusta ver países y personas diferentes. “Es mi trabajo”, afirma, con una mezcla de resignación y dignidad.
A veces el trabajo puede ser difícil y me da miedo no saber cómo resolver lo que me piden, pero pongo interés y me gusta.
Su vida se organiza en ciclos de embarque de varios meses y breves retornos a casa. “Tengo que quedarme unos tres meses…, luego vuelvo, me recupero y espero otra vez”, explica.
El descanso no llega a ser pleno; siempre es la antesala de un nuevo contrato necesario para sostener a su familia.
Casado y con una hija de siete años, reconoce el coste personal de esta dinámica.
Ella lo entiende, necesitamos el dinero”, dice sobre su esposa. Los salarios, a menudo, son escasos en un mercado global altamente competitivo.
El tiempo a bordo se contabiliza de otra manera y deja hueco también a la soledad. Aunque la tecnología ha suavizado la distancia, “llamo todos los días con Wi-Fi”.
Los servicios de Stella Maris palían en algo la sensación de aislamiento y facilitan la vida cuando las embarcaciones tocan tierra temporalmente. Es muy importante. Ahora me ayudan, para saber moverme por el muelle a mí”.
Navegar como única opción
Ravi, ajustador en cubierta, de 49 años de edad y 20 años de experiencia, representa el perfil habitual del trabajador que, pese a las dificultades, no contempla alternativa fuera del mar.
“Prefiero seguir navegando”, afirma con determinación y añade que tiene amigos a bordo y no se siente solo. “Todo está bien”, resume.
Los contratos de hasta cuatro meses restringen su contacto con la familia, sostenido casi exclusivamente por llamadas a través de internet.
Le gusta arreglar las piezas, hacer que todo encaje.
El tiempo libre es escaso y está mediado por la tecnología: “Internet, Facebook”, responde al ser preguntado por sus aficiones.
Pero se queja de que no siempre es posible o merece la pena salir de los puertos, porque están a distancia de las ciudades.
“A veces es difícil bajar; los muelles están lejos de las poblaciones”, explica.

Jaume Fuster Cervilla, “la soledad del mando”
Jaume Fuster Cervilla, capitán español de 44 años, tiene otra mirada complementaria. Comanda un ferry rápido que cubre la línea entre Alcudia y Ciudadela, de la isla de Mallorca a Menorca. Asume con naturalidad que sus “condiciones de trabajo son un poco excepcionales”. Casi todo el año duerme en puerto o en su caso, aunque cuando hace otra ruta o toca mantenimiento no es así.
Eso no quita que a veces esté molesto por decisiones de sus superiores que no comparta. Sobre todo, cuando necesita reparar unos equipos, pero “por economía o por lo que sea, te dicen, pues ahora no se puede” y hasta que no hay inspecciones no se arregla.
Reconoce que le da paz “ver el mar” y dice que es “un mundo de actividad, de acción”, eso de “hacerte al mar todos los días y navegar”. Le gusta especialmente el “compañerismo” y la satisfacción de trabajar juntos por una meta común para que todo salga bien.
Eso sí, reconoce que la convivencia siempre es difícil. “Como capitán tengo que decidir y no siempre eres bien comprendido por todos”, dice y habla de la “soledad del mando”.
Lo que peor lleva es que los miembros de la tripulación no tengan donde dormir. Aunque los barcos de pasajeros cada vez son más cómodos, a veces no hay camarotes para ellos o no hay reservas al llegar a puerto. Cuando me dicen que no hay sitio, es un problema, porque hay que procurar un lugar para dormir para todos. Y eso que las condiciones han mejorado mucho en los últimos 15 años. “Ahora la empresa te alquila un coche”, añade.
Además, las tripulaciones son muy diversas; hay marinos de Europa, América Latina y otros países integrados en un mercado laboral globalizado en el que las desigualdades salariales y contractuales siguen siendo una realidad.
Su conocimiento de Stella Maris se remonta a su etapa como estudiante en Barcelona. “Me dijeron que se preocupan por los marinos y cuando lo he necesitado, he venido”, explica.
Paradójicamente, Jaume ha vuelto a estudiar con el fin de convertirse en práctico del puerto de Alcudia.

Rafael Callou, marino y patrón
Rafael Callou nació en L’Escala (Girona) y pertenece a una familia de pescadores. Cuando habla de su relación con el mar, no establece una fecha de inicio, porque para él siempre ha estado ahí.
Ya antes de ser operativo en la vida laboral, ya iba al mar; soy hijo de una familia de pescadores y desde que tengo uso de razón estoy embarcado.
A sus 54 años, marino profesional y patrón de una embarcación de apoyo al buceo, resume las razones que le llevaron a seguir esta profesión con una respuesta sencilla y sincera: Por todo. Por inercia familiar, evidentemente, y porque me encantaba”.
Actualmente dirige un equipo de entre cinco y diez personas. Se muestra satisfecho con su trabajo actual y, cuando le preguntan si le gusta lo que hace, responde sin vacilar: Sí, mucho.
Aunque el mar ha ocupado la mayor parte de su vida, Rafael no considera que sea incompatible con la familia. Su historia personal le llevó hasta Sicilia, donde conoció a quien fue su pareja y madre de su hijo. Habla de él con evidente orgullo.
Para él, la vida profesional en el mar deja pocos espacios para el ocio: Si uno es profesional, hay poco tiempo libre. Siempre hay cosas que hacer a bordo”.
Sus aficiones también están relacionadas con el mar. Aunque le hubiera gustado ser marino mercante, ve su futuro como patrón, quizás prestando servicios puntuales para particulares.
Conoció a Stella Maris mientras realizaba cursos de Marina Mercante. Recuerda que llegó allí porque no había plazas disponibles en la Casa del Mar.
Una “barca abierta”
Los servicios y el acompañamiento de la Pastoral del Mar, como dice el obispo Valín Valdés, “no es algo accesorio; es una respuesta necesaria, una presencia que acoge, acompaña y defiende la dignidad de quienes viven en tránsito constante”
Es parte de esa Iglesia que “toma en serio aquello que nos decía el papa Francisco de ser “una Iglesia en salida, centrada en la persona por encima de la lógica puramente económica o logística, y presente en las periferias humanas”.
“Es la Iglesia que nos recuerda que lo importante son las personas, todas, las que trabajan en el mar y las que quedan en la tierra”, insiste y llama en línea con el lema de este año, “María, madre marinera, haz de nosotros una barca abierta” a ser una comunidad cristiana acogedora.
El compromiso con las gentes del mar, apunta, va más allá de comprender su realidad y exige cercanía, acompañamiento e implicación personal para que nadie se sienta solo en su travesía.
Termina, felicitando a toda la comunidad marítima —marinos, pescadores, familias, trabajadores portuarios, profesionales de la seguridad y voluntarios de Stella Maris— y encomienda a la Virgen del Carmen la misión de construir una Iglesia acogedora y disponible al servicio de los demás.
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Redactor jefe de Noticias Obreras




