La economía al servicio de la vida: una hoja de ruta para el siglo XXI

Durante décadas, el modelo económico imperante nos convenció de que el mercado era intocable, exigiéndonos sacrificar condiciones laborales, tiempo y salud. Sin embargo, sus costuras han reventado: la desigualdad extrema, la precariedad y la angustia son hoy el caldo de cultivo perfecto para las olas reaccionarias y los populismos excluyentes.
Vivimos tiempos de una profunda sacudida vital y un agotamiento que a menudo genera impotencia, como si la única salida fuera un conformismo defensivo. Pero no es así. Están empezando a fraguarse alternativas que cuestionan el dogma neoliberal desde la raíz con una propuesta profundamente revolucionaria: humanizar la economía. Se trata de recuperar una premisa básica de la dignidad obrera y cristiana: la economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía.
El Estado como motor
Un ejemplo clarificador es la reciente creación del Consejo Global para la Nueva Economía del Siglo XXI, impulsado por referentes como la prestigiosa economista Mariana Mazzucato y el ministro de Economía de nuestro país, Carlos Cuerpo. Este tipo de iniciativas no son meros debates académicos, sino la punta de lanza de una batalla cultural imprescindible.
Hasta ahora, nos habían repetido que el Estado (es decir, el dinero público, el esfuerzo de toda la clase trabajadora) únicamente servía para «corregir fallos del mercado». El papel de lo público quedaba relegado a apagar los incendios cuando todo se hunde –como vimos en el rescate bancario o en la crisis de la pandemia–, mientras los beneficios de los tiempos de bonanza se privatizaban en pocas manos.
La «Nueva Economía» plantea lo contrario: que las instituciones dejen de ser gestoras pasivas y creen valor, orientándose a «misiones» sociales. Si coordinamos recursos colosales para salvar bancos o enviar cohetes al espacio, ¿por qué no usar el músculo del Estado para erradicar la pobreza laboral, lograr una transición ecológica justa o garantizar la vivienda? Humanizar la economía exige decidir democráticamente nuestro rumbo y subordinar la rentabilidad financiera al bienestar colectivo.
La vacuna contra el miedo: Estado, bienestar y sindicatos
Pero los grandes foros internacionales e iniciativas como el citado Consejo Global para la Nueva Economía quedarán en papel mojado si no se traducen en mejoras reales para las condiciones de vida de las familias trabajadoras. No basta con orientar la economía desde arriba; hay que proteger a la gente desde abajo. Frente a la ola reaccionaria de corte «trumpista», la alternativa exige fortalecer la cohesión social mediante más bienestar, más Estado y más sindicatos.
Cuando los salarios no alcanzan para llegar a fin de mes, cuando conseguir una cita médica requiere semanas de espera y cuando la vivienda devora la mitad de la nómina, se genera una desafección profunda.
La extrema derecha secuestra esa inseguridad vital para culpar al penúltimo de la fila (el migrante, el diferente) en lugar de señalar al sistema que exprime al trabajador. La historia obrera enseña que el mejor antídoto contra los discursos de odio y el miedo es la seguridad material: la certeza de poder llegar a fin de mes sin la soga al cuello, y saber que existe una red que te sostiene si vienen mal dadas. Y esa tranquilidad no se logra bajando impuestos a los que más tienen, sino robusteciendo los servicios públicos para que actúen como salario indirecto, garantizando que sanidad, educación o cuidados no dependan del saldo de la cuenta bancaria.
El papel insustituible de la acción colectiva
En esta ecuación para una nueva economía, el papel de los sindicatos es la pieza angular. No habrá una economía humanizada sin una redistribución justa de la riqueza en origen, es decir, en los propios centros de trabajo.
Durante años se ha intentado arrinconar la labor sindical, tildándola de reliquia del pasado, porque el capital sabe que el trabajador aislado es frágil. Sin embargo, la evidencia económica actual es rotunda: los países y los sectores con mayor fuerza sindical no solo son más igualitarios, sino que son más resilientes ante las crisis.
Humanizar la economía exige decidir
democráticamente nuestro rumbo y
subordinar la rentabilidad financiera
al bienestar colectivo
Pero esta reivindicación exige una autocrítica honesta. Para seguir siendo útil, el sindicalismo debe sacudirse inercias, modernizar sus estructuras y acercarse a quienes están en los márgenes. No puede limitarse a proteger a quienes tienen un contrato estable; debe ser, ante todo, el refugio de la clase trabajadora más precaria y vulnerable. Y la que más necesita de este mecanismo democrático con capacidad de frenar abusos como los algoritmos que precarizan a repartidores o las externalizaciones que trocean plantillas. Reivindicar «más sindicatos» hoy es exigir que la democracia no se quede en la puerta de la fábrica, sino que impregne todas las relaciones laborales.
Una brújula para la esperanza activa
Humanizar la economía en el siglo XXI no es una utopía inalcanzable, es una urgencia vital. Pasa por dejar de medir el éxito de un país solo con los fríos dígitos del producto interior bruto (PIB) para poner la vida en el centro: evaluar la calidad del empleo, la salud laboral, la igualdad real y el tiempo para los cuidados mutuos y el bienestar propio.
Este enfoque nos lanza un desafío directo. Las grandes transformaciones económicas no caen del cielo ni nacen en cumbres ministeriales; se sostienen sobre la movilización constante. Nos toca, desde los comités de empresa, las parroquias y las asociaciones vecinales o plataformas ciudadanas, apropiarnos de este discurso y explicar que la precariedad no es una ley divina, sino una decisión política reversible.
Frente al sálvese quien pueda y el individualismo feroz, toca recuperar la fuerza de lo común. Solo cuando construyamos una economía donde el trabajo recupere su sentido de dignidad y donde las instituciones nos protejan de la intemperie, estaremos sentando las bases de una sociedad en la que merezca la pena vivir. Ese es el verdadero horizonte de una economía con rostro humano. •
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Economista y politólogo



