El Papa, en el Olímpic: Frente a la idolatría del éxito y la oscuridad del dolor, el cultivo de la inquietud y la vida comunitaria

El Papa, en el Olímpic: Frente a la idolatría del éxito y la oscuridad del dolor, el cultivo de la inquietud y la vida comunitaria
Foto | Vatican News
La Vigilia con los jóvenes en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona se convirtió en uno de los momentos espirituales más densos del viaje de León XIV a España, al ser interpelado sobre cuestiones de hondo calado y relevancia social, sobre la vocación interior, la salud mental o la violencia machista.

Ante más de 40.000 personas, el Papa advirtió que la sociedad actual —obsesionada con el rendimiento, la imagen y la necesidad de mostrarse siempre vencedores— ofrece “anestésicos” que adormecen la inquietud interior y evitan afrontar los vacíos, las derrotas y el hambre de amor, verdad y perdón.

Frente a ello, propuso un camino contrario: “descender interiormente”, dar valor a lo esencial y dejarse iluminar por el Evangelio.

Tras la invocación del Espíritu Santo y la entronización de la cruz, comenzaron los testimonios.

El primero fue el de Farrán, un joven atrapado por la presión del éxito y la imagen, que confesó haber encontrado un enorme vacío hasta recibir el Bautismo esta última Pascua.

León XIV interpretó su experiencia como un signo de que la fe “contribuye a nuestro crecimiento, madurez y nuestro interior”, incluso en medio de alegrías o derrotas. En su respuesta, subrayó que “nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande”, una inquietud que “es un don que Dios mismo nos ha dado” .

El Papa denunció que esta inquietud es difícil de cultivar en sociedades donde “la idolatría del beneficio y del rendimiento… así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormecer nuestra conciencia”.

Por eso invitó a detenerse, valorar lo importante y “pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio”, lo que permite desarrollar un pensamiento crítico ante un sistema que no pone a la persona en el centro.

León XIV aprovechó para defender la apertura a la interioridad. “La inquietud da miedo… pero debemos cultivarla”, afirmó, animando a reservar cada día un espacio de silencio para leer el Evangelio y hablar con Dios. Esta práctica, dijo, abre a una vida “más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la fe” .

El testimonio de Carmina, que sufrió una depresión que llegó a poner en riesgo su vida, llevó al Papa a denunciar la fragilidad de la salud mental en sociedades avanzadas. León XIV describió como “un milagro maravilloso” el hecho de que se hubiera levantado.

Señaló que este sufrimiento revela “algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento” que somete a las personas a presiones insoportables y reclamó un sistema sanitario que priorice este malestar invisible, al tiempo que abogó por “un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”.

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También llamó no espiritualizar el dolor, “reconduciéndolo superficialmente a la ‘voluntad de Dios’ o a algún misterioso proyecto suyo” y a entender que “Dios no quiere el sufrimiento”.

El dramático pero esperanzado testimonio de Desiré, marcada por un intento de feminicidio, la cárcel de su padre y una infancia herida, se convirtió en uno de los momentos de mayor intensidad. El papa no rehusó las interpelaciones sobre el mal y el perdón.

Explicó que antes de culpar a Dios, “debemos interrogarnos sobre el hombre… sobre cómo a veces somos prisioneros del mal” y llamó a abordar el drama de los feminicidios en todas sus dimensiones. Recordó que el perdón es “una poderosa medicina contra el mal”, un camino largo que requiere paciencia y trabajo interior: “Somos pecadores perdonados… capaces de ser portadores de paz” .

Tras la lectura del Evangelio, León XIV pronunció una homilía centrada en el diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo. Afirmó que “somos mendigos de amor, tenemos hambre y sed de verdad”, y que esta búsqueda atraviesa alegrías, derrotas y proyectos.

Reconoció que a veces “experimentamos la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu”, pero insistió en que estas “noches” pueden ser “un lugar de bendición, un espacio para renacer”, que nos despojan de máscaras y nos devuelven a lo esencial .

El Papa concluyó exhortando a no juzgar las noches de la vida, de la Iglesia o de la sociedad, sino a seguir interpelando al Señor y abrirse al Espíritu: la noche, dijo, no es un fracaso, sino “el inicio de una nueva vida”.