Las muertes del trabajo no pueden seguir siendo invisibles

Las muertes del trabajo no pueden seguir siendo invisibles

Hay realidades que, permanecen ocultas a la mirada de la sociedad. Realidades muy frecuentes, muy extendidas, sangrantes, pero ocultas. La siniestralidad laboral es una de ellas. Dos personas mueren cada día en España mientras trabajan. Dos vidas truncadas que apenas logran abrirse paso en la conversación pública. No se habla de ellas. Esta suerte de ocultación del drama es, quizá, el síntoma más preocupante: Vivimos en medio de una tragedia que debería sacudir nuestra conciencia colectiva y sin embargo, es como si no existiera.

No hablamos de fatalidades aisladas. Hablamos de un problema estructural, vinculado a la forma en que organizamos el trabajo. En un diálogo con la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente, subrayamos que la salud laboral es una cuestión de salud pública que busca “mantener el máximo estado de bienestar físico, mental y social de los trabajadores […] y, en suma, adaptar el trabajo al hombre” según la definición oficial de OIT y OMS. Dicho de otra manera: el trabajo debe estar al servicio de la persona.

La realidad, sin embargo, apunta en dirección contraria. En 2025, 735 personas murieron en siniestro laboral y más de 620.000 sufrieron accidentes con baja. Detrás de estos datos hay causas concretas: precariedad, ritmos de trabajo abusivos, debilidad de la prevención e incumplimientos de la ley. No es un “es lo que hay”, sino el resultado de un sistema que, en demasiadas ocasiones, antepone la rentabilidad a la vida.

Desde AVAELA sostenemos que “las muertes del trabajo son las muertes olvidadas”. No es una exageración. A diferencia de otros problemas sociales, la siniestralidad laboral no genera una reacción proporcional a su gravedad. Se percibe como algo individual cuando, en realidad, responde a un modelo que produce daño de forma recurrente.

No es un “es lo que hay”, sino el resultado de un sistema que,
en demasiadas ocasiones, antepone la rentabilidad a la vida

Para esto, la precariedad es uno de los factores clave. La incidencia de accidentes en contratos temporales duplica la de los indefinidos. La inestabilidad, la presión y la falta de condiciones dignas aumentan el riesgo. A ello se suman nuevas formas de empleo (plataformas digitales, falsos autónomos…) que diluyen responsabilidades y dejan a muchas personas en mayor vulnerabilidad.

También existen desigualdades claras. Las pequeñas empresas concentran la mayoría de los accidentes, en parte por sistemas preventivos más débiles. Las mujeres sufren más accidentes “in itinere” y enfermedades ligadas a sectores feminizados y precarizados. Y sigue existiendo un gran vacío: la economía sumergida, donde miles de personas trabajadoras quedan fuera de toda protección, y para colmo, ni siquiera cuentan para las estadísticas.

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Especialmente preocupante es la invisibilidad de las enfermedades profesionales. Mientras los accidentes son visibles, muchas patologías derivadas del trabajo, incluidos miles de cánceres laborales, quedan sin reconocer. Es una forma silenciosa de injusticia que agrava la desprotección.

En este contexto, el papel de las víctimas es fundamental. La asociación nace precisamente del encuentro con ese sufrimiento. Nuestra labor es ser voz y ofrecer apoyo. Ser voz para que este problema deje de ser invisible y entre en la agenda pública. Y ofrecer apoyo a quienes, tras un accidente, se enfrentan al duelo y a las secuelas (físicas y emocionales) y a un complejo proceso jurídico que condiciona su futuro.

Porque ese es otro de los grandes déficits: la falta de acompañamiento. En España no existe un servicio público que atienda de manera integral a las víctimas. Muchas personas, en un momento crítico, se ven obligadas a luchar solas por sus derechos. Es una situación difícilmente justificable.

Frente a esta realidad es necesario actuar. Y actuar implica reconocer el carácter estructural del problema, reforzar la prevención y actualizar la normativa para responder a las nuevas realidades laborales.

Pero también exige un cambio de mirada. Volver a situar la dignidad de la persona en el centro. Entender que los espacios de trabajo no pueden ser “lugares de muerte y desolación”, como ha denunciado el papa León XIV, sino de cuidado, desarrollo y creación. Detrás de cada cifra hay una vida humana. Y ninguna merece terminar así.

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