Un año después de Francisco: organizar la esperanza en un mundo que se fractura

Ha pasado un año desde la muerte del papa Francisco y, lejos de diluirse, su figura sigue interpelándonos con fuerza. Su legado nos sitúa ante una pregunta: ¿qué estamos haciendo hoy con el camino que abrió?
Francisco fue, para quienes nos empeñamos en luchar y cuidar la dignidad del trabajo y de sus gentes y participamos en los procesos de los movimientos populares, un compañero de camino que supo reconocer en las periferias una posibilidad. Nos enseñó que hay que transformar la realidad desde los márgenes. Y que la lucha por la tierra, el techo y el trabajo es una exigencia profundamente humana y, para quienes creemos, evangélica. Son, como suelo insistir, principios básicos de justicia social.
Un año después, ese camino no solo continúa, sino que es más urgente. El diagnóstico que compartimos en el V Encuentro Mundial de los Movimientos Populares sigue siendo dolorosamente vigente: vivimos en un mundo fracturado, atravesado por la violencia, la desigualdad y el desprecio creciente a la dignidad humana. Las guerras se multiplican, la falta de trabajo y la precariedad se extiende y millones de personas siguen siendo expulsadas de sus derechos más esenciales.
Lo preocupante no es solo la magnitud de estas realidades, sino su normalización. La guerra vuelve a presentarse como un instrumento legítimo de la política. La democracia se vacía de contenido, atrapada por intereses tecnoeconómicos que la erosionan desde dentro. Y crecen discursos que justifican la exclusión y que convierten en sospechosos tanto a quienes la defienden como a quienes practican la solidaridad con quienes peor lo están pasando.
En este contexto, las palabras del papa León XIV siguiendo la estela de Bergoglio –“¡Estoy con ustedes, estoy con ustedes!“– en el último encuentro son un emplazamiento. Cuando afirma que hay que mirar las “cosas nuevas” desde la periferia o que la tierra, la casa y el trabajo son derechos sagrados, está situando –como hizo Francisco– el lugar desde donde se puede comprender mejor hoy la realidad. Y cuando advierte de un “vacío ético en el que el mal se cuela fácilmente”, está describiendo con precisión el momento que atravesamos. Frente a ese “vacío ético”, como dice mi amigo Luca Casarini, estamos llamados a “producir, organizar y conspirar por el bien”.
Ese vacío se hace visible también en el intento de desacreditar la defensa de la paz. Los ataques recientes al papa León XIV por su rechazo a la guerra y a los abusos de poder, en un mundo devastado por un “puñado de tiranos”, expresan la incomodidad que genera un discurso que cuestiona las lógicas de dominio y el autoritarismo. Por eso resulta tan necesario recordar que, como él mismo ha afirmado, “el Evangelio es claro” y que existe una obligación moral, para las personas de buena voluntad, de ir contra la guerra.
Ante este escenario, la tentación puede ser el repliegue o la resignación –propia de la cultura de la impotencia–. Pero el camino que recibimos de Francisco –y que hoy continúa– apunta en la dirección contraria. Nos invita a organizar la esperanza como tarea concreta: construir comunidad, tejer alianzas, impulsar procesos juntos que garanticen derechos y sostener, desde abajo, una democracia que ponga en el centro a las personas.
Hablar de esperanza en un mundo que arde puede parecer ingenuo. Pero la experiencia de los movimientos y de sus militantes, comprometidos en las realidades donde se pone en juego la dignidad humana, demuestra lo contrario. Allí donde el sistema descarta, surgen prácticas de cuidado, de resistencia y de creación. Quizás no sean soluciones perfectas, pero son signos reales –poesía social, en palabras de Francisco– de que otra forma de vivir y de organizar la sociedad es posible.
Un año después de Francisco, no estamos ante un recuerdo –que también–, sino ante una responsabilidad: mantener vivo un proceso que depende de la capacidad colectiva de sostenerlo y hacerlo crecer; no ceder al cinismo, ni a la indiferencia ni a la impotencia; y seguir reclamando, con hechos, respeto a la dignidad humana, ahora y en todo lugar.
Quizá esa sea la mayor herencia que hemos recibido: la convicción de que, incluso en medio de la oscuridad y la deshumanización, es posible y necesario seguir organizando la esperanza, caminando juntos y juntas. Él nos acompaña.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



