El papa Francisco: un trauma que no pasa

El papa Francisco: un trauma que no pasa

Ha pasado un año desde el día en que el papa Francisco dejó este mundo. Esta sola expresión revela su total insuficiencia ante Francisco, ante lo que fue y lo que es. En efecto, ¿cómo se puede decir que nos ha dejado? Su presencia es tan concreta que cada día, en cada rincón del mundo, alguien se refiere a él: “¿qué habría dicho Francisco sobre esto?”. Y también: “escucha al papa León, está hablando como Francisco”.

El padre Antonio Spadaro, uno de quienes realmente estuvieron muy cerca de él, define el paso terrenal de este Papa “venido del fin del mundo” como un “trauma”. Es la definición que más se aproxima al sentido de una pérdida que permanece. Un trauma, cuando ocurre, estalla con toda su naturaleza arrolladora e irreductible. Nadie puede saber cómo, nadie puede explicar del todo por qué. Pero, desde luego, un trauma no pide permiso para manifestarse. Simplemente sucede.

En el griego antiguo, el significado originario de “trauma” no indica solo la lesión en sí, la “herida”, sino “el acontecimiento impetuoso que la produce”. Francisco es un acontecimiento impetuoso, para la Iglesia, sacudida en sus cimientos por un sopor anestésico funcional al poder del “reino de los hombres”, y para el mundo, que ha vuelto a ser algo que atravesar y transformar “materialmente”, no simplemente aceptar pasivamente confiando en un cómodo perdón final.

El “trauma” no pasa, por tanto, como Francisco no pasa. En su funeral, observaba la reunión de poderosos que se situaban junto a aquel féretro, en el atrio de San Pedro. Imaginé, recorriendo sus rostros y sus biografías, que muchos estaban pensando que “por fin lo habían enterrado”. Estaban todos: quienes lo habían definido como “un sucio comunista”, quienes lo habían presentado como un “usurpador”, un “anticristo”, “el demonio”. Y también quienes lo habían ridiculizado con cierta cortesía, como corresponde a un personaje algo ingenuo, que habla de cosas inexistentes, exageradas.

Estaban también quienes sostienen que los papas y todas las mujeres y hombres de la Iglesia “hablan de almas, no de política”: una fórmula repetida también en estos días para intentar neutralizar las posiciones del papa León contra la guerra y contra el puñado de tiranos que la utilizan para devastar el mundo. Todos —pensaba—, en cualquier caso, “traumatizados” por su paso.

Pero el trauma no tiene solo las características de lo imprevisto de un instante: el trauma se modela sobre aquello que golpea, cambia de forma y naturaleza, se convierte en presencia disuelta en el aire y en las conciencias, en un tiempo que ya no se puede medir. El “trauma Francisco” se sitúa en ese tiempo que no existe, como decía Agustín de Hipona. Francisco es, y será.

Tuve el privilegio, verdaderamente grande, de conocerlo. Me hizo el don de permitirme participar en el Sínodo, y cuando le pregunté si no era “demasiado”, vista mi biografía —le hice llegar, a través de don Mattia, toda la recopilación de crónicas desde antes del G8 hasta hoy que me concernían—, respondió con un mensaje que aún conservo, escrito a mano como siempre, no solo confirmando esa elección, sino utilizando palabras increíbles para justificarla.

Viví con él y con don Mattia, durante años, un Evangelio en el que “inmanencia y trascendencia” no podían separarse. Siempre oración y acción concreta, una alimentando a la otra. ¿Cómo buscar en nosotros mismos las razones, el sentido de nuestro estar en el mundo? ¿Y cómo ayudar a escapar de un campo de concentración libio a ese hermano, a esa hermana, torturados y violados con la complicidad del gobierno italiano? ¿Cómo acostumbrar nuestra alma, nuestra conciencia, a enfrentarse con la fragilidad humana incluso cuando parece que tocamos el cielo?

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¿Y cómo sostener a las naves de rescate civil en el mar, frente a todo intento de criminalización por parte de instituciones que organizan la omisión de socorro como forma de rechazo de mujeres, hombres y niños?

Con Francisco viví la vida de manera plena, entre inspiración y conspiración por el bien, entre fragilidad y desafío al poder del “reino de los hombres”. Vivir así, gracias a él, me ha ofrecido la demostración más alta de que lo espiritual y lo material son inseparables y forman parte de cada ser humano. Son potencia constituyente, opuesta al poder.

Espiritual y material encuentran su expresión más grande en la lucha por un mundo más justo para todos y todas, en un camino que nos hace atravesar este mundo no como turistas ni como esclavos, sino como buscadores y descubridores. La “pasión”, tanto en su dimensión de alegría como en la que nace del dolor profundo —como el de Cristo camino de la cruz—, es el fruto más alto de esa unidad entre inmanencia y trascendencia.

Francisco me enseñó esto, y lo sigue haciendo. ¿Qué alegría mayor puede haber que ayudar a huir a un prisionero de un campo? ¿Qué alegría mayor que abrazar a un hermano o una hermana perseguidos por la muerte decidida para ellos por “un puñado de tiranos”? ¿Qué alegría mayor que reconocer la propia fragilidad infinita frente a los poderosos y, precisamente desde ahí, desafiar sus injusticias y su maldad?

El “mal”, decía Madeleine Delbrêl —y lo hablé muchas veces con Francisco—, es “ausencia de bien”. El mal se combate produciendo, organizando, conspirando por el bien. Cuidado, socorro, protección: prácticas revolucionarias en un mundo devastado por el odio, el sufrimiento, la injusticia y la desigualdad convertidas en sistema.

Es cierto, como dice el papa León, que un puñado de tiranos devasta el mundo, pero una multitud de hermanos y hermanas “lo sostiene”. Francisco, gran reformador porque estaba convencido de que la primera que debe “convertirse” es la Iglesia, está en el origen de una nueva teología política: una que se libere de la “cristiandad” tan fiel al poder del “reino de los hombres” como traidora del Evangelio, y que viva el cristianismo como “trauma” para el mundo, herejía para el poder del dinero y forma de vida de multitudes que no están dispuestas a resignarse.

El problema no es creer o no creer en Dios. El problema es seguir buscando. Y Francisco camina con nosotros.