Trabajadoras y trabajadores cristianos de Castellón consideran una obligación moral “cuidar a las mujeres que cuidan”

Trabajadoras y trabajadores cristianos de Castellón consideran una obligación moral “cuidar a las mujeres que cuidan”
La regularización extraordinaria de personas inmigrantes se ha convertido en un primer paso para reconocer la dignidad, y los derechos inherentes a toda persona, muy particularmente a las mujeres que cuidan de nuestros menores, dependientes o mayores. Fue una de las conclusiones del encuentro el encuentro organizado por la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de Segorbe-Castellón, en el marco de la campaña “Cuidar el trabajo, cuidar la vida

Alrededor del 90% de quienes trabajan en los cuidados son mujeres y más del 60% personas migrantes, según las estimaciones. A pesar de realizar labores fundamentales, siguen siendo invisibles para la mayoría de la sociedad, con el agravante de que la irregularidad administrativa empuja a muchas mujeres a empleos “informales, en negro”, lo que suele implicar inseguridad, salarios bajos y ausencia total de derechos laborales.

Aunque empresas y administraciones emplean legalmente a mujeres para prestar este tipo de servicios, en condiciones legales, pero no siempre suficientemente dignas, un número muy elevado de mujeres trabajan en domicilios particulares sin contrato, sin protección y sin posibilidad de acceder a los derechos de ciudadanía, por encontrarse en situación administrativa irregular.

Este es el caso de Claritza, venezolana y aún en situación irregular, que, según contó durante la jornada, ha trabajado en cuidados tanto en domicilios como en hospitales. En ocasiones tuvo que dejarlo porque los fallecimientos le afectaban demasiado

“La implicación emocional es aún mayor cuando vienes de fuera y tienes a tu familia lejos”, reconoció. Ahora acompaña a personas con discapacidad y realiza horas de limpieza, todo en la economía sumergida. Le gustaría formarse y trabajar en otros sectores, como hacía en su país, pero por ahora no tiene opciones. Confía en que el proceso de regularización le abra nuevas oportunidades.

Incluso con la documentación y con el respaldo de las empresas, las personas que reciben los servicios no siempre reconocen el valor de este trabajo. Beatriz, de Castelló, que lleva 12 años en el Servicio de Ayuda a Domicilio, explicó que “a veces las familias la tratan como “chica para todo”, pese a su formación específica.

Su desempeño, a menudo, está acompañado por la soledad del trabajo en domicilios y la carga emocional que implica acompañar a personas mayores, muchas de ellas profundamente solas.

A pesar de haber tenido oportunidades de empleo mejor remunerado, continúa por vocación: “Qué harían si no voy”, se pregunta. Acompañar a un usuario con Alzheimer en el momento de su muerte fue una experiencia que la marcó profundamente.

Ana, una joven enfermera de un centro residencial para personas con discapacidad, ahondó en la ambivalencia de este tipo de profesiones. “Es un trabajo precioso y duro a la vez”, matizó y quiso resaltar la importancia de acompañar a las familias y de estar presente en momentos decisivos: “Es un privilegio acompañar a una persona en el momento de la muerte”.

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En cambio, Karla, hondureña, que trabajó siete años como interna, lo dejó  porque “era muy duro” y le impedía tener vida propia. Ha cuidado a niños y a personas mayores, y aunque valora los momentos de afecto y gratitud, denuncia que estos trabajos “tan importantes están infravalorados” y que las diferencias de clase se hacen muy visibles.

La implicación emocional es inevitable: “Se les coge cariño… y cuando fallecen es un duelo”. Aun así, no se arrepiente de haberlos cuidado “como si fueran de su familia”.

Karina, también hondureña, reclamó mayor valoración, comprensión y respeto hacia los trabajos de cuidado, más allá de la mejora de las condiciones de trabajo. Señaló, también, la necesidad de espacios de acompañamiento emocional para las trabajadoras,  donde compartir experiencias, elaborar duelos y aprender a “cortar” con el trabajo al llegar a casa.

El encuentro dejó muy claro que queda mucho por hacer para “dignificar y sacar a la luz a todas esas personas que realizan un trabajo tantas veces oculto” y todavía más para promover un cambio de paradigma que situé a las personas por encima del beneficio económico.

En un país con una población cada vez más envejecida y una sociedad donde los vínculos sociales de debilitan, aumenta la preocupación por encontrar mecanismos e instituciones sociales capaces de afrontar los cuidados, escuchar las demandas de las trabajadoras y apoyar las buenas prácticas que ya existen.

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