La siniestralidad laboral no es inevitable

La siniestralidad laboral no es inevitable
FOTO | El papa León XIV recibe a Esperanza Ocaña, vicepresidenta de AVAELA en la audiencia del V Encuentro Mundial de Movimientos Populares (23.10.2025). Vía Vatican Media
El 17 de abril de este año se cumplen 18 años de aquel día. El día que lo cambió todo. Tenía 33 años. Una vida por delante. Una familia. Un hijo de ocho años al que le faltaban diez días para hacer la Primera Comunión.

Todo estaba preparado: la ropa, el restaurante, la ilusión. Habíamos ahorrado para que fuese un día perfecto. Nada hacía presagiar que una fecha cercana –el 17 de abril– quedaría grabada para siempre en mi cuerpo y en mi memoria.

Se acerca también el 28 de abril, Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, una jornada en la que la OIT y el movimiento sindical reclaman algo que, quienes hemos sufrido la siniestralidad laboral, sabemos de memoria: la necesidad urgente de un cambio cultural que sitúe la prevención en el centro.

No como trámite, no como discurso vacío, sino como prioridad real. Si ese cambio hubiera existido entonces, quizá mi historia sería distinta.

Cinco años antes, mi marido y yo habíamos comprado nuestra casa. Pagábamos una hipoteca y un préstamo para adecuarla. Trabajábamos doce horas al día, en turnos que a menudo nos impedían vernos: uno entraba cuando el otro salía.

Coincidíamos en la misma obra, la construcción de una presa en nuestro pueblo. Era duro, sí, pero las horas extras y la constancia nos permitían soñar con terminar pronto el préstamo y lograr la tan ansiada estabilidad. Era una ilusión sencilla, la que sostiene a tantas familias trabajadoras.

Y ese día, todo se vino abajo.

Lo recuerdo con una precisión que duele: el chasquido, la piedra cayendo como un misil, la sangre mezclada con la tierra. Los gritos. La desesperación de mi compañero intentando sacarme de allí.

La cadena de manos que me rescató del foso, sus rostros descompuestos, su intento desesperado de darme calma. Nadie que no haya vivido algo así puede imaginar lo que queda grabado en el cuerpo.

No olvidaré la cara de mi marido cuando llegó. No sabía si me encontraría viva o muerta.

Ese gesto de miedo y amargura se me tatuó en la memoria. Y siguió ahí durante meses: noches de ansiedad, sobresaltos, medicación que calmaba, pero borraba recuerdos. Hasta hoy tengo lagunas. No recuerdo con nitidez la Primera Comunión de mi hijo. Y eso también duele.

Mientras yo luchaba por recuperarme, el país entraba en la crisis del ladrillo. Mi marido se quedó sin trabajo. Y yo, entre muletas y dolor, veía cómo nuestros ahorros se agotaban sin saber qué sería de nuestra casa.

Fueron cinco años de angustia, hasta que él logró otro empleo. La indemnización del seguro ayudó, sí, pero la herida era más profunda que cualquier reparación económica.

A lo largo de estos años he aprendido algo fundamental: lo que llamamos «accidente laboral» muchas veces no es un accidente, sino la consecuencia de una cadena de omisiones. Y los datos lo confirman.

En 2025 se notificaron en España más de un millón cien mil accidentes laborales, más de 3.000 cada día. 4.650 fueron de gravedad y 735 mortales. Aunque esta última cifra ha descendido ligeramente, siguen siendo dos muertes diarias. Dos familias cada día que se rompen para siempre.

Los números son fríos, pero sus historias no lo son. Cada vez que desde la Asociación de Víctimas de Accidentes y Enfermedades Laborales de Andalucía (AVAELA) atendemos a un nuevo caso, se repite la misma sensación: esto se podía haber evitado.

Porque detrás de cada víctima hay una secuencia reconocible: protocolos que no se aplicaron, medidas preventivas recortadas, inspecciones que no llegaron, formaciones dadas por supuestas. Y siempre, de fondo, la misma sombra: prisas, presión, precariedad y silencio.

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En AVAELA lo sabemos bien. No hablamos desde la teoría: hablamos desde la experiencia, desde el dolor que lleva nombre y apellido, desde la lucha porque ninguna familia viva lo que nosotras vivimos.

Por eso nuestra labor va mucho más allá del acompañamiento emocional –que es esencial–. También ofrecemos asesoramiento jurídico, apoyo en trámites, grupos de ayuda mutua, talleres de prevención, campañas de sensibilización y presencia activa en instituciones. Somos memoria, denuncia y propuesta.

Porque la siniestralidad laboral no es inevitable. No es parte natural del trabajo. Es el síntoma de un sistema que todavía no ha entendido que ninguna producción justifica un solo fallecimiento.

Hablamos desde la experiencia,
desde el dolor que lleva nombre y
apellido, desde la lucha porque ninguna
familia viva lo que nosotras vivimos

La verdadera raíz del problema no está solo en la falta de recursos o en la complejidad normativa; está en quienes maquillan datos, relativizan responsabilidades o convierten la seguridad en un eslogan vacío.

Cambiar esta realidad requiere más que discursos del 28 de abril. Exige inversión en prevención, evaluaciones de riesgos reales, planes actualizados, inspecciones con medios, participación de las personas trabajadoras y formación continua que no se limite a firmar un papel. Exige, en definitiva, que la vida esté siempre por encima del beneficio.

Después del accidente volví a ser madre. Ese nuevo comienzo fue un empujón vital, una fuerza que aún hoy me sostiene. Todo este recorrido –el dolor, la incertidumbre, la lucha– me ha transformado. Aquella roca que destrozó mi pierna la he convertido, de alguna manera, en luz para otras personas que no tuvieron mi suerte: la de poder contarlo.

Por eso estoy aquí. Porque hay quienes no regresaron a casa. Porque hay familias que no tuvieron una segunda oportunidad. Porque detrás de cada número hay una silla vacía en una cocina, una mochila que ya no se cuelga en un perchero, un futuro roto.

Yo sobreviví. Pero mi vida cambió para siempre.

Dieciocho años después, sigo luchando, desde AVAELA y desde mi propia historia, para que nadie más tenga que tatuarse en la memoria un día como aquel 17 de abril.

Porque todos los días salimos a trabajar. Y todos los días debemos poder volver a casa.

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