El Patronato de los Obreros de Sestao: un siglo de comunidad, conciencia y compromiso

El Patronato de los Obreros de Sestao: un siglo de comunidad, conciencia y compromiso
El Patronato de los Obreros de Sestao nació en 1901 como respuesta a un cambio histórico. La industrialización acelerada atrajo a miles de familias obreras a un municipio que crecía sin descanso y que necesitaba espacios de acogida, educación y vida comunitaria.

Financiado por el industrial y político José María Urquijo e Ibarra y levantado en la calle Chabarri, el Patronato se convirtió en un referente social, educativo y religioso: albergó una iglesia muy activa, el primer centro de secundaria del pueblo —el colegio Berriotxoa—, un frontón, un salón de actos que funcionaba como cine y el germen del movimiento scout local. Durante décadas fue el corazón de la infancia y la juventud obrera de Sestao.

Ese legado, aunque los edificios fueron derribados en 1989, para dar lugar a las primeras viviendas públicas de la ciudad, además de la ahora Parroquia del Sagrado Corazón, sigue vivo.

El 125 aniversario lo recupera con una exposición fotográfica, conferencias y una web que reúne imágenes, vídeos y testimonios. Entre ellos, el de Clara Zabalo, antigua militante de la JOC y la HOAC, que vivió el Patronato desde dentro y lo recuerda como una escuela de vida.

Un pueblo obrero y un refugio comunitario

En los años cincuenta y sesenta, Sestao estaba rodeado de fábricas: Altos Hornos, La Naval, Aurrerá, Babcock Wilcox, General Eléctrica o la cementera Portland. La llegada masiva de trabajadores generó hacinamiento, largas jornadas y conflictos laborales. En ese contexto, el Patronato era un espacio de encuentro imprescindible.

“Las gallinas que traían de los pueblos y que estaban en los balcones se volvían blancas”, recuerda Clara, por el polvo de la cementera.

La vida allí era intensa. “No cabíamos por las escaleras”, explica. Había formación, reuniones, actividades culturales, tiempo libre, cine, teatro y catequesis. Los sacerdotes vivían en comunidad y mantenían una relación cercana con la gente. “Teníamos un trato familiar, metíamos muchas horas”, afirma.

El salón de actos del Patronato fue durante décadas un centro cultural de referencia. Clara recuerda conferencias que “te ayudaban a tener conciencia de lo que pasaba”, obras de teatro con mensaje social y los llamados “cuadros plásticos dialogados” en Semana Santa. El cine, abierto a todo el pueblo, era un acontecimiento semanal.

La formación cristiana convivía con una intensa vida asociativa: JOC, HOAC, grupos escout, catequesis y pequeños grupos de reflexión. Cada movimiento tenía su consiliario: Tasio Olabarria en la HOAC, Luis Etxebarria en la JOC y Floren Llorente en los escout.

La JOC y la HOAC jugaron un papel decisivo en la conciencia obrera de Sestao. Clara lo vivió desde dentro: “Cuando había huelgas, íbamos por las casas buscando quién estaba en huelga. Se hacían listas que luego se entregaban en el Patronato. Se creaban cajas de resistencia. Estábamos siempre al día”.

La Iglesia local, inspirada por la Rerum Novarum y más tarde por el Concilio Vaticano II, denunciaba las condiciones de vida y trabajo. Ese compromiso tuvo consecuencias: “A Tasio Olabarria y Martín Hormaeche los llevaron a la cárcel de Zamora”, recuerda Clara. Otros militantes fueron desterrados o detenidos cada víspera del 1º de mayo.

La metodología jocista marcó profundamente a Clara y a su generación. “Partíamos de hechos concretos de nuestra vida, los analizábamos, los poníamos en relación con el Evangelio y nos comprometíamos con algo concreto”, explica. Era una pedagogía que unía fe y vida, reflexión y acción.

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Ese aprendizaje la llevó a experiencias como el campo de trabajo en Murcia, donde convivió con trabajadores de una fábrica de conservas: “Comíamos con ellos en la calle. Las mesas y las sillas eran las cajas de fruta”, recuerda.

Colonias, montaña y vida juvenil

El Patronato también fue un motor de ocio educativo. Se organizaban salidas al monte, excursiones a la playa —“de Sestao a Plentzia andando”— y las célebres colonias de Puente Arenas, con tandas de quince días para chicos y chicas. Clara acompañaba a las mayores. “Fue una experiencia muy rica de convivencia, juegos, excursiones… Eso me ha permitido tener una muy buena relación con personas que luego han tomado caminos distintos, pero con esa inquietud por la vida del pueblo”, comenta.

Con la desindustrialización de los años ochenta, el espíritu del Patronato volvió a activarse. La HOAC, Cáritas y vecinos del pueblo impulsaron el Organismo de Parados, que creó empleo recogiendo vidrio para reciclar. Más tarde surgieron el Centro de Urbínaga y La Bariega, espacios de acogida y formación para personas en exclusión.

Las Aulas Sociales de los años noventa mantuvieron vivo el debate comunitario sobre elecciones, desempleo, paz, la guerra del Golfo o los cambios en el trabajo.

Clara siguió vinculada a la HOAC y participó en la Asamblea Diocesana de 1984-1987. Ya jubilada, aceptó ser concejala de Mujer y Cooperación en Sestao. “La forma de trabajar que aprendí en el Patronato —dar participación, estar atenta a los problemas, trabajar en equipo— fue mi manera de funcionar”, detalla.

Aunque el Patronato fue derribado, su espíritu permanece en la memoria colectiva y en iniciativas actuales: la labor social de Cáritas, que continúa en el cercano centro de La Bariega, los proyectos educativos con los Hermanos de La Salle y la propia parroquia alojada en los bajos del edificio que se levantó en sus terrenos. “Aprendí una manera de entender la vida y el compromiso, a unir la fe con la vida”, concluye Clara.

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