Emilio José Gómez Ciriano, coautor de “La hora de la ciudadanía”: «No hay paz sin estructuras justas»

Emilio José Gómez Ciriano, coautor de “La hora de la ciudadanía”: «No hay paz sin estructuras justas»
Emilio José Gómez Ciriano, profesor de la Facultad de Trabajo Social en la Universidad de Castilla-La Mancha y recién elegido presidente de Justicia y Paz, firma, junto al recordado Federico Mayor Zaragoza el libro La hora de la ciudadanía. Dignidad, derechos humanos y cultura de paz. Una obra que nace de la urgencia de despertar conciencias ante el avance del miedo, la desigualdad y los discursos de odio.

¿Cómo nació este libro y cómo se gestó la colaboración con Federico Mayor Zaragoza?

Todo comenzó con una llamada del entonces presidente de Justicia y Paz, quien me comunicó que desde la HOAC querían impulsar un libro sobre cultura de paz y ciudadanía. Enseguida comprendí que esa propuesta tenía pleno sentido para mí: llevaba tiempo investigando y escribiendo sobre ciudadanía consciente, democracia y derechos humanos. Conocía a Federico Mayor Zaragoza porque había prologado libros míos anteriores. Cuando le llamé su reacción fue la de siempre: entusiasmo absoluto, disponibilidad inmediata y una generosidad que te desarmaba. Me dijo: «Por supuesto, me pongo ya mismo». Y lo hizo. En pocos meses me envió su capítulo, lleno de lucidez, esperanza y convicción. Yo aún necesitaba más tiempo. Cuando llegó el 19 de diciembre de 2024 recibí su felicitación navideña; esa misma tarde me comunicaron su fallecimiento. Ese golpe emocional me hizo comprender la profundidad de lo que estábamos haciendo: este libro era ya, sin saberlo entonces, su obra póstuma. Terminé mi capítulo con la sensación de que estábamos custodiando algo valioso. La HOAC acogió el manuscrito con un cuidado exquisito.

Federico Mayor dejó una huella profunda en muchas generaciones. ¿Qué preocupaciones detectabas en él en sus últimos años?

Tenía una lucidez que impresionaba. Una capacidad para ver los riesgos del presente, pero también para mantener viva la esperanza. Le preocupaban especialmente la deshumanización, el auge del miedo, el debilitamiento del multilateralismo y el retroceso en derechos fundamentales. Y al mismo tiempo insistía en que la humanidad posee una capacidad creativa inmensa, que nunca debe darse por derrotada. Yo lo había tratado en distintos momentos: cuando dirigía la Fundación Cultura de Paz, cuando colaboró con Justicia y Paz o cuando aceptó venir a la universidad para actos de derechos humanos. Siempre respondía que sí, incluso cuando no teníamos un euro para invitarle. Su pasión por la dignidad humana era genuina. Y eso está muy presente en su capítulo.

Los mensajes recientes del papa Francisco y de León XIV sobre la renuncia definitiva a la «guerra justa» resuenan con vuestro libro. ¿Cómo dialogan estas perspectivas?

Dialogan de forma natural. Tanto Federico como estos mensajes coinciden en que la humanidad debe abandonar los paradigmas de dominación. Federico lo formulaba con una frase muy suya: «Hay que pasar de la razón de la fuerza a la fuerza de la razón». Esa visión conecta con la paz desarmada y desarmante que propone León XIV: una paz que no justifica la violencia, que busca el encuentro y que apuesta por la comunidad. El magisterio de la Iglesia y el mismo Mayor Zaragoza insistían en que no se trata solo de evitar guerras, sino de construir condiciones de justicia, igualdad y reconocimiento mutuo. La paz es un proyecto ético y político que exige transformar estructuras, no un mero deseo ingenuo. Y eso es lo que el libro intenta transmitir.

Insiste en que la educación en derechos humanos es esencial para contrarrestar el miedo. ¿Percibes esa madurez cívica entre tu alumnado?

Nos han hecho creer que ser ciudadano es votar cada cuatro años. Esa idea empobrece enormemente la democracia. La ciudadanía implica conocer los derechos humanos, ejercerlos y reclamarlos. Y eso se educa. Intento transmitirlo siempre: un trabajador social no es solo alguien que gestiona prestaciones, sino un promotor de derechos humanos. Tiene que comprender las necesidades de las personas y situarlas en clave de derechos, no como carencias individuales. En mi alumnado veo deseo de cambiar cosas, preocupación por la realidad y ganas de implicarse. Incluso cuando llegan muy influidos por redes sociales o narrativas simplificadoras, están abiertos al diálogo y a dejarse interpelar. El miedo se combate con conocimiento, con pensamiento crítico y con experiencia de participación real.

El libro afirma que paz y justicia social son inseparables. ¿Qué efectos tiene el incremento del gasto militar sobre esa ecuación?

Tiene efectos evidentes. Cuando un Estado destina una parte importante de su presupuesto al armamento, necesariamente detrae recursos de ámbitos esenciales: sanidad, servicios sociales, educación, vivienda, políticas de igualdad. Es una relación directa. Pero, además, la desigualdad que se genera alimenta frustración, miedo y tensiones sociales. Y esas tensiones son terreno fértil para discursos autoritarios. Sin embargo, la cuestión va más allá del Estado de bienestar: nuestras economías siguen basándose en lógicas que perpetúan desigualdades globales, en herencias coloniales y en una estructura centro-periferia que impide el desarrollo pleno del sur global. Hablar de justicia social exige cuestionar profundamente esas dinámicas. La cultura de paz de Naciones Unidas lo deja claro: no hay paz sin estructuras justas. Y esa es una verdad que conviene repetir.

En el libro no ofrecéis «recetas», pero sí «claves». ¿Cuáles consideras imprescindibles para empezar a construir una ciudadanía activa?

Más que recetas, hablamos de desafíos que hay que afrontar: primero, frenar el mercado desaforado. El neoliberalismo sin límites destruye el tejido social y genera exclusiones. Segundo, cuestionar la meritocracia mal entendida. Si una persona fracasa, no es únicamente por su falta de esfuerzo: hay estructuras que condicionan profundamente la vida. Culpar al individuo es injusto y perjudicial. Tercero, enfrentarse al miedo. El miedo es un arma política potentísima que paraliza y lleva a la aceptación de discursos excluyentes. Cuarto, combatir la mentira. La información manipulada se difunde con enorme facilidad; por eso hay que enseñar a contrastar y a pensar por cuenta propia. Y añadiría algo más: recuperar las plazas. Las físicas, donde uno puede mirar al otro a los ojos, pero también las digitales, que deberían ser espacios de encuentro y no de aislamiento. La democracia se fortalece en la plaza, no en el aislamiento individual.

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Vivimos una polarización creciente. ¿Cómo se puede responder sin caer en dinámicas de enfrentamiento?

La polarización es real y proviene, sobre todo, de discursos extremistas que utilizan el miedo y la mentira como herramientas políticas. Pero la respuesta no puede ser replicar ese tono. Hay que cambiar de terreno: apostar por el diálogo, la escucha, la pregunta. La palabra sigue siendo una herramienta poderosa. Federico confiaba mucho en esto. También debemos cultivar la ciudadanía como responsabilidad: informarnos bien, no difundir bulos, participar en asociaciones, defender lo común y recordar que la democracia depende de cada gesto cotidiano. Una ciudadanía crítica es la mejor defensa.

La paz es un proyecto
ético y político que exige
transformar estructuras

Cuando las personas se encuentran cara a cara, sin pantallas de por medio, el diálogo cobra profundidad. Las personas jóvenes sobre las que pesan muchos estigmas no necesitaban estímulos digitales; necesitaban humanidad. El contacto entre personas de diferentes generaciones y de trayectorias diversas abren grietas en el aislamiento y ayudan a reconstruir comunidad. Recuperar espacios de lectura compartida, tertulias, encuentros en barrios, debates en institutos o universidades… son prácticas fundamentales para reactivar el pensamiento crítico. La cultura de paz crece en ese tipo de vínculos.

El gasto militar se ha disparado y no cesan los llamamientos a un continuo rearme que a se justifica, entre otras muchas otras razones, por estimular el crecimiento económico de los Estados y la generación de empleo. ¿Le preocupa esta asociación de ideas?

Comparto completamente esta preocupación. El aumento acelerado del gasto armamentístico plantea dilemas éticos muy serios. Hay trabajadores que sienten que contribuyen a una industria que produce muerte, pero necesitan ese sueldo para vivir. Esa tensión es cada vez más frecuente. Aunque España haga gestos valiosos en política internacional, la realidad es que se siguen destinando cantidades enormes a la industria militar. Y esto no puede ser ignorado. La cultura de paz exige transparentar estos debates y revisar nuestras prioridades colectivas. Si se invierte más en armas que en justicia social, el modelo de convivencia se resiente.

¿Qué pasos concretos pueden darse desde el ámbito universitario y la educación a favor de la paz?

Muchos. El docente debe asumir que tiene un papel crucial en suscitar preguntas, no solo en transmitir contenidos. Hay que acompañar al alumnado en procesos de reflexión profunda y crítica. También es importante que quienes investigan elijan abordar temas con enfoque de derechos humanos y perspectiva de género, que participen en comités éticos, en protocolos de igualdad, en órganos de decisión donde se juega parte de la calidad democrática de la institución. Escuchar al alumnado, apoyar sus reivindicaciones cuando son justas, fomentar su participación… todo esto construye ciudadanía. Y, por supuesto, es necesario revisar los planes de estudio para introducir más contenidos vinculados a derechos humanos, ética pública y pensamiento crítico.

Aunque España haga gestos
valiosos en política internacional,
la realidad es que se siguen destinando
cantidades enormes a la industria militar

¿Cómo frenar la desconfianza hacia instituciones como la justicia o los medios de comunicación?

La desconfianza es comprensible cuando la ciudadanía percibe que las instituciones no alcanzan a garantizar justicia o igualdad de trato. Pero la respuesta no puede ser retirarse o asumir la impotencia. De nuevo, la clave es fortalecer la ciudadanía crítica: exigir transparencia, reclamar reformas, participar en movimientos sociales y sindicales, y construir espacios comunitarios donde se generen alternativas. Una sociedad madura no se limita a lamentar las fallas institucionales, sino que se implica en corregirlas. Eso requiere formación, compromiso y organización.

Para terminar, ¿cuál sería el mensaje fundamental que quisieras dejar?

Es la hora de la ciudadanía. No podemos seguir permitiendo que el odio, la exclusión y el miedo ocupen el espacio público. Necesitamos lucidez, valentía, empatía y compromiso colectivo. Estamos aún a tiempo, pero no nos sobra tiempo. Si no actuamos ahora, si no nos implicamos en defender los derechos humanos y en construir justicia social, seremos cómplices de un deterioro que luego será difícil revertir. La ciudadanía no es un adorno democrático; es la fuerza que puede transformar la realidad.

Federico Mayor lo resumía con una claridad desarmante: «Estamos a tiempo, pero casi fuera de tiempo». La hora es ahora.

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