Una reforma necesaria de la prevención… en un diálogo social roto y un Parlamento fragmentado

Treinta años después de la aprobación de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales (LPRL), el debate sobre su reforma llega por desfase histórico.
Fuentes sindicales subrayan que la ley «es buena» y que «contiene las responsabilidades y garantías para evitar los riesgos en el trabajo», pero reconocen que resulta insuficiente ante un mundo laboral profundamente transformado, en el que «aparecen nuevas formas de afectación por las condiciones de trabajo».
La prevención, que se pensó para un empleo más industrial, estable y presencial, convive hoy con plataformas digitales, trabajo a distancia, cadenas logísticas intensivas, envejecimiento de las plantillas y un impacto creciente del cambio climático sobre las condiciones laborales. No actualizar la norma sería aceptar que la siniestralidad laboral –que desde el ámbito sindical se califica sin rodeos de «inaceptable», como no podría ser de otra manera– siga siendo un daño colateral del sistema productivo.
Desde este punto de partida, la propuesta de modificación de la LPRL y del Reglamento de los Servicios de Prevención avanza en una dirección coherente: ensanchar el concepto de riesgo, visibilizar los factores organizativos y psicosociales, e integrar de forma transversal la perspectiva de género. No es un detalle menor, según explican fuentes sindicales, pues no se trata solo de un cambio terminológico, sino de reconocer «las particularidades de sexo y género (…) para evaluar y aplicar mejoras en la actividad preventiva». La prevención deja así de ser neutra para reconocer desigualdades reales que atraviesan el mundo del trabajo.
Especialmente relevante es el giro hacia riesgos hasta ahora secundarios en la normativa: el estrés, la doble presencia, la violencia –también en entornos telemáticos–, la edad, la reincorporación tras una incapacidad o el impacto del calor extremo. El anuncio de futuros desarrollos reglamentarios específicos sobre riesgos psicosociales y sobre cambio climático confirma que la prevención empieza a mirar de frente problemas estructurales del empleo actual.
Otro de los ejes de la reforma apunta al corazón del sistema preventivo: la excesiva externalización, que en no pocos casos formaliza los procesos sin más. Por eso, desde las organizaciones de trabajadoras y trabajadores se insiste en la necesidad de «interiorizar la actividad preventiva en el seno de las empresas», evitando que los servicios de prevención ajenos se conviertan en la opción automática y, por lo tanto, carente de garantías. La reducción de los umbrales para obligar a contar con servicios de prevención propios y el refuerzo de la figura de las personas trabajadoras designadas van en esa línea: más prevención integrada, menos burocracia externalizada.
En este marco, se inscribe una de las medidas más novedosas y, previsiblemente, más discutidas: la creación del agente territorial de prevención, concebido para actuar en empresas sin representación legal de las personas trabajadoras. Su función, supervisar y controlar la ejecución de la prevención en estos centros de trabajo, apunta directamente a uno de los grandes vacíos del sistema preventivo español. Allí donde no hay delegados ni comités, la prevención suele diluirse y con ella, la protección de la salud y la seguridad de millones de personas.
La prevención deja de ser neutra
para reconocer desigualdades reales
que atraviesan el mundo
del trabajo
Durante el proceso de negociación, y según ha podido saber quién escribe, las organizaciones sindicales han ido compartiendo el estado del proceso y de las conversaciones con colectivos de víctimas de la siniestralidad laboral, entre ellos la Asociación de Víctimas de Accidentes y Enfermedades Laborales de Andalucía (AVAELA). Un intercambio significativo: la reforma de la prevención –al menos desde posiciones sindicales– no se ha pensado de espaldas a quienes sufren las consecuencias más duras de su incumplimiento.
Sin embargo, el principal condicionante político sigue siendo evidente: el diálogo social está roto. Tras más de 18 meses de reuniones, la patronal se ha descolgado del proceso, obligando al Gobierno a avanzar únicamente con el respaldo sindical. Este hecho no es menor. Una reforma de este calado, sin acuerdo tripartito, además de no asumir su implementación, nace ya debilitada en su recorrido parlamentario. Más si cabe, cuando el principal partido de la oposición ya se ha excusado de que rechazará cualquier texto que no venga con consenso.
En este sentido, nos encontramos ante una realidad en la que la aritmética parlamentaria, los equilibrios entre bloques o simplemente la lógica neoliberal que rechaza el avance de derechos pueden dejar por el camino algunas de las medidas más ambiciosas. La salud y seguridad de las personas trabajadoras corre el riesgo de convertirse en moneda de cambio política.
El desacuerdo más explícito entre las partes de la negociación se sitúa en torno a la financiación de la formación preventiva obligatoria. Desde las organizaciones sindicales se rechaza que pueda ser bonificada con cargo a la Seguridad Social, defendiendo que se trata de una obligación empresarial que no debe socializarse. La pregunta que surge es ¿quién asume el coste de cuidar la vida y la salud en el trabajo?
En conclusión, la reforma apunta en la dirección correcta: actualizar la prevención a los riesgos reales del trabajo actual, reforzar el control en pequeñas empresas y situar la dignidad del trabajo en el centro. Pero también deja al descubierto sus límites. Sin consenso social amplio y con un Parlamento fragmentado, el avance no está garantizado. La prevención de riesgos laborales vuelve así a ocupar el lugar que le corresponde: un campo de disputa política sobre el modelo de trabajo y de sociedad que pasa necesariamente por cuidar a las personas trabajadoras donde se ganan la vida. •
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



