Las trabajadoras en la Transición

La conmemoración del 8 de Marzo, Día Internacional de las Mujeres, comenzó como reivindicación de la mujer trabajadora.
En esta fecha recordamos a mujeres extraordinarias, pero también es el momento de reivindicar el papel que tuvieron muchas mujeres anónimas de clases trabajadoras en la consecución de un país más igualitario y democrático. Mujeres con muchas contradicciones, que ejemplifican una agencia femenina en un contexto muy difícil para ellas, como fue la dictadura franquista.
La legislación del «nuevo Estado», salido de la Guerra Civil, limitó el trabajo de las mujeres y consagró su dependencia jurídica y económica del varón proveedor de la familia. Esta ideología de género contó con el beneplácito de la Iglesia que, por su parte, la apoyó sobre la base de la teoría de la complementariedad de los sexos: los varones en el espacio público y laboral y las mujeres en el espacio doméstico, responsables del cuidado de la familia y el hogar.
Pero claro, la realidad es más compleja, y las mujeres articularon estrategias para salir del hogar y actuar en los espacios públicos y en el mercado de trabajo. Utilizaron los medios que tenían a su alcance, los espacios que les estaban permitidos gracias a su rol doméstico y a la extensión social de su responsabilidad en los cuidados, aceptado socialmente en entornos como el de la religión o el consuelo a enfermos, pobres y dependientes.
Por otra parte, las mujeres de las clases trabajadoras tuvieron que emplearse por un salario en incontables ocasiones, a veces en el mercado regular, otros en el irregular, pero siempre en unas condiciones laborales deficientes e inferiores a sus compañeros varones, incluso cuando realizaban los mismos trabajos.
En este contexto, las obreras cristianas pertenecientes a la Hermandad Obrera de Acción Católica Femenina (HOACF), a la HOAC mixta y a la Juventud Obrera Cristiana (JOC), desarrollaron su compromiso temporal y evolucionaron hacia la reivindicación de justicia social, democracia e igualdad.
Las mujeres pobres, durante el franquismo, contaban con muy pocas oportunidades de educación y de relación social fuera de las paredes de su hogar y de sus empleos precarios, sobre todo en el campo y en el servicio doméstico. De esta manera, las reuniones celebradas en los locales de la HOAC o en las parroquias, sobre todo gracias a la formación cultural, el debate y la acción social, fueron espacios donde estas mujeres reflexionaron sobre su papel en la sociedad y fueron tomando consciencia de las desigualdades que sufrían.
Este compromiso apostólico se trasladó a la realidad concreta a través de su actuación en el movimiento obrero que se iría articulando en los años sesenta a través de las Comisiones Obreras (CCOO). Muchas obreras participaron en las elecciones sindicales y se integraron en el sindicato vertical, al tiempo que se comprometían con las reivindicaciones más políticas a través del sindicato semiclandestino.
Destacadas dirigentes de CCOO ya en la legalidad tuvieron sus primeros contactos con la justicia social entre los distintos grupos de obreras cristianas y parroquias de curas obreros. El propio sindicato se nutrió en sus orígenes de militantes de ambos sexos de estas organizaciones católicas, que amparadas en el nuevo paradigma que había posibilitado el Concilio Vaticano II, se abrieron a colaborar con los y las militantes comunistas, principales sustentos del movimiento obrero antifranquista.
Las militantes obreras cristianas
defendieron los derechos laborales
de las trabajadoras y las capacidades
de las propias mujeres para
su desarrollo en sociedad
El compromiso cívico que se alentaba en la HOAC, tanto masculina, como femenina, se trasladó a las mujeres en un interés por la condición de vida en los barrios. Esta fue una problemática que también atravesó a la militancia comunista, que se integró en las asociaciones vecinales y de las miembros del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), que se integraron y desarrollaron las asociaciones de amas de casa como herramientas para llegar al mayor número de mujeres posible.
Como vemos, mujeres de diversa ideología usaron las posibilidades que tenían a su alcance en una sociedad fuertemente segregada en función del género, para difundir entre las españolas sus reivindicaciones de justicia social, democracia e igualdad con los varones.
Sería ya en los años setenta cuando las mujeres con una mayor conciencia feminista lucharon dentro de sus organizaciones por sus reivindicaciones específicas, tanto en lo referente a la discriminación laboral, como a las desigualdades en la legislación civil y penal, y en los derechos sexuales y reproductivos. Esto sucedió, sobre todo, en los partidos de izquierda y en los sindicatos, como Comisiones Obreras, donde las militantes incluyeron sus reivindicaciones tanto en las plataformas de negociación colectiva de los sectores feminizados, como en los debates internos de la propia organización.
Por su parte, las militantes obreras cristianas defendieron los derechos laborales de las trabajadoras y las capacidades de las propias mujeres para su desarrollo en sociedad. Mujeres de la HOAC participaron en las I Jornadas de Liberación de la Mujer, celebradas en 1975.
Ahora bien, frente a las posturas más avanzadas del feminismo que se estaba desarrollando en esos años, mostraron una actitud ambigua o de rechazo en algunos temas. Quizá, desde una mirada actual, podemos interpretar tanto sus avances, como sus contradicciones, como un espejo de lo que pensaban una mayoría de mujeres españolas en aquellos momentos.
En este sentido, las mujeres de las organizaciones laicas cristianas se implicaron en la sociedad de su tiempo, fueron agentes en los debates sobre el papel de las mujeres en el mundo laboral, en la familia y en las instituciones. Lucharon para poder trabajar fuera del hogar con derechos laborales, para que los barrios obreros tuvieran las infraestructuras que las familias demandaban, para que las mujeres tuvieran voz propia y tuvieran un papel activo en la sociedad. De esta manera, lograron que sus organizaciones fueran más igualitarias, desde la perspectiva de clase y de género.
Quizá no estuvieron a la vanguardia de los cambios sociales que se articularon en la transición, pero fueron sustrato. Como nuestras madres y abuelas, posibilitaron que las generaciones más jóvenes de mujeres pudieran acceder a mejores estudios, mejores cualificaciones profesionales, y pudieran mantenerse en el empleo remunerado.
Los espacios religiosos permitieron que transgredieran los mandatos de género franquistas, no se quedaron «en casa con la pata quebrada», y posibilitaron que las nuevas generaciones fueran más allá en la conquista por la democracia y la igualdad real. •
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Doctora en Historia. Fundación 1º de Mayo



