Britanny Corral: “No aspiro a emanciparme pronto porque quiero vivir en mi barrio”

La joven ilicitana, secretaria de la asociación “San Antón quiere vivir”, relata el desalojo de la casa familiar y las dificultades para construir un proyecto autónomo en el barrio donde ha crecido. Su experiencia pone rostro a la denuncia de Iglesia por el Trabajo Decente ante una crisis de vivienda que condiciona también la vida laboral y la emancipación de la juventud.
Britanny Corral tiene 25 años y quiere seguir viviendo en San Antón, el barrio de Elche donde ha crecido. Pero no cree que pueda emanciparse allí. Los precios de la vivienda se lo impiden y, antes incluso de poder plantearse su propio proyecto residencial, ha tenido que afrontar el desalojo de la casa familiar en la que vivió durante 23 años, un traslado forzoso y una nueva carga económica para su familia.
“No aspiro a emanciparme pronto porque me encantaría vivir en mi barrio”, explica. El problema es que, con su situación económica como joven trabajadora precarizada, ve prácticamente imposible acceder allí a una vivienda. “Si mi situación económica ya es como joven, precarizada, ya es difícil”, tener que contribuir además a la nueva situación familiar hace que todo resulte “el doble de difícil”.
Su experiencia ofrece un rostro concreto a una de las denuncias con las que Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) llega este 7 de octubre a la Jornada Mundial por el Trabajo Decente: tener empleo ya no garantiza disponer de una vivienda digna ni poder desarrollar un proyecto autónomo de vida.
El manifiesto de la iniciativa eclesial advierte de que los alquileres y precios inasumibles obligan a muchas personas trabajadoras a compartir vivienda, endeudarse o retrasar sus proyectos vitales. “Cuando el derecho a la vivienda se subordina a la lógica especulativa, el trabajo pierde su capacidad de sostener una vida digna”, sostiene ITD.
La situación golpea especialmente a la juventud, señala el manifiesto, que contrapone las expectativas de generaciones anteriores con una realidad actual marcada por empleos precarios, dificultades para llegar a fin de mes y alquileres que impiden independizarse.
La historia de Britanny está estrechamente ligada con la tarea que la Juventud Obrera Cristiana (JOC) viene realizando sobre el derecho a la vivienda. Durante el acto central de su campaña celebrado recientemente en Elche, militantes y participantes visitaron precisamente el barrio de San Antón para acercarse a una realidad en la que vivienda, juventud, precariedad y arraigo aparecen estrechamente relacionados.
Cinco minutos para dejar la casa
San Antón fue construido para acoger, entre otras familias, a población llegada a Elche durante el crecimiento de la industria del calzado. Britanny recuerda un barrio levantado con rapidez y unas viviendas cuyo deterioro se fue agravando con el paso de las décadas. Hoy conviven allí una población envejecida, familias migrantes y pocos jóvenes que puedan permitirse continuar viviendo en el barrio cuando intentan emanciparse.
Ante la lentitud del proceso de renovación urbana nació la asociación “San Antón quiere vivir”, de la que Corral es secretaria. Su objetivo se centra específicamente en el problema habitacional. “Veíamos cómo nuestros vecinos se mueren, nuestras vecinas se mueren sin poder bajar a los parques, sin poder disfrutar de su vivienda”, recuerda.
Ella misma vivía en una casa con grietas, humedades y un suelo irregular. “No eran condiciones dignas para vivir ni para desarrollar un proyecto de vida”, resume.
La situación llegó al límite cuando comenzaron a aparecer daños especialmente graves en una de las viviendas. Una vecina llamó angustiada porque ya no podía dormir allí. Cuando Britanny y su familia acudieron a verla, comprobaron que el desnivel era tal que un vaso de agua colocado sobre la mesa de la cocina se desplazaba hasta caer al suelo. Tras la intervención de los técnicos municipales comenzaron los desalojos de distintas escaleras.
Pocos días después le tocó a su familia. Britanny estaba trabajando cuando recibió la llamada de su hermano: necesitaban su DNI porque tenían que abandonar la vivienda.
“Salgo corriendo del trabajo, voy a casa, hago una maleta con lo que puedo”, relata. Entre las pocas cosas que decidió salvar estaban, sobre todo, las fotografías familiares.
La experiencia desmontó para ella uno de los discursos que responsabilizan individualmente a quienes sufren problemas de vivienda. “Me estaban echando de mi casa y no era porque yo no hubiera alzado la voz lo suficiente, porque no me hubiera organizado lo suficiente”, explica. Su lectura es clara: llegaron hasta allí porque los plazos previstos para la renovación no se cumplieron y el deterioro hizo imposible continuar viviendo en el edificio: “no es humano vivir allí”, subraya.
Durante aproximadamente una semana la familia vivió sin saber cuál sería su futuro. Hubo alojamiento en hoteles, comidas en comedores sociales y una obligación que no desapareció pese al desalojo: continuar trabajando. Corral recuerda también la contradicción de que su convenio laboral contemplaba un permiso por mudanza, “pero porque se te caiga la casa encima” no existía ninguna previsión.

Una vivienda mejor que todavía no es hogar
Finalmente, dentro del propio proceso de reurbanización, la familia accedió a otra vivienda. Pero la solución abrió nuevos problemas. La antigua casa era propiedad de sus padres porque los abuelos de Britanny habían podido comprársela. Ahora sus padres, con 55 años, afrontan la perspectiva de asumir una hipoteca para la nueva vivienda.
Durante aquellos días, recuerda también la red de apoyo que se activó a su alrededor. Familiares y vecinos ayudaron a las personas desalojadas y Britanny menciona expresamente la implicación de la JOC y la HOAC: “se volcaron todos en cuanto supieron la circunstancia”.
Materialmente, reconoce que ahora vive mejor. La nueva vivienda tiene ascensor y balcón y ha supuesto una mejora evidente de sus condiciones de vida. Pero eso no ha borrado la pérdida.
Fue durante un proceso psicológico cuando comenzó a entender que también había atravesado un duelo. “Yo no siento mi casa como un hogar”, explica. El desalojo alteró además las relaciones familiares: sus padres estuvieron alojados en un hotel, mientras ella y su hermano fueron a casa de su abuela junto con las mascotas, que no podían permanecer en los alojamientos hoteleros.
Hay una imagen que resume esa herida. La nueva vivienda está en San Antón y, desde ella, Britanny puede ver su antigua casa cuando toma el café por la mañana. El edificio todavía permanece en pie. Desde la ventana observa cómo otras personas entran y se llevan objetos que quedaron dentro y asegura que después ha reconocido por las calles algunas pertenencias de su familia.
Aun así, permanecer en San Antón sigue siendo importante para ella. Ahí está buena parte de la paradoja: Britanny lucha para que las personas del barrio puedan vivir dignamente en él, pero no sabe si ella misma podrá permitirse seguir allí cuando llegue el momento de emanciparse.
El proceso de transformación del barrio, además, está todavía lejos de concluir. Según relata, se encuentra iniciando la segunda de seis fases previstas. Eso hace que una de sus mayores preocupaciones sean las personas mayores que continúan esperando: “probablemente se muera sin ver su casa nueva, sin poder bajar a la calle, sin poder hacer compra”, dice sobre algunos de los vecinos que se acercan a preguntar por el futuro de las obras.
Cuando el salario ya no abre la puerta de una casa
La experiencia de Britanny permite comprender mejor por qué ITD ha unido este año la reivindicación del trabajo decente con el derecho a la vivienda.
“No puede desligarse del derecho a un techo digno”, afirma el manifiesto del 7 de octubre. Incluso existe ya, advierte, la paradoja de empresas que encuentran dificultades para contratar trabajadores porque quienes podrían ocupar esos empleos no pueden pagar una vivienda cerca del lugar de trabajo.
La iniciativa reclama salarios acordes con el coste de la vida, estabilidad laboral y políticas públicas que garanticen vivienda digna y asequible, amplíen el parque público, regulen los alquileres y frenen la especulación que expulsa a familias de sus barrios.
El propio gesto preparado para las convocatorias del 7 de octubre representa una puerta cerrada detrás de la que aparecen expresiones como “alquileres imposibles” o “miedo al desahucio”. Después, el trabajo decente se representa como la llave que permite atravesarla hacia otro escenario donde aparecen palabras como “proyecto de vida”, “hogar” y “un techo seguro”.
La vida de Britanny muestra que esa puerta no es una metáfora lejana. Tiene 25 años, trabaja, participa en la organización de su barrio y quiere construir allí su futuro. Pero todavía no sabe cuándo podrá hacerlo.
Y quizá ahí esté una de las expresiones más concretas de la crisis que se vive: querer emanciparse, querer permanecer en el barrio al que se pertenece y descubrir que trabajar no basta para conseguir ninguna de las dos cosas.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



