León XIV reclama una responsabilidad compartida para que el progreso no deje “nuevas ruinas” y preserve la dignidad del trabajo

El Papa pide una “cultura de la negociación”, reclama que el trabajo y la dignidad sean medidas del éxito económico y sostiene que los acuerdos deben evaluarse por su impacto en quienes tienen menos poder para defenderse
León XIV ha situado la dignidad del trabajo, la negociación, la responsabilidad compartida, la justicia social y la protección de quienes tienen menos capacidad para defender sus intereses entre los criterios decisivos para afrontar las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas de nuestro tiempo.
Ante las personas participantes en el IV Encuentro Sinodal Fratelli tutti: diálogo socioambiental Norte-Sur, el Papa ha reclamado este sábado un diálogo capaz de atravesar los conflictos reales, ha pedido cultivar una auténtica “cultura de la negociación” y ha advertido de que el progreso deja “nuevas ruinas” cuando el trabajo pierde su dignidad, comunidades enteras quedan descartadas o la tecnología termina profundizando las divisiones que debería ayudar a superar.
Su mensaje, extenso y bilingüe –realizado en español y en inglés–, contiene, además, una exigencia particularmente relevante para el diálogo social: el valor de los consensos no puede medirse únicamente por el número de adhesiones alcanzadas, sino por “los intereses que logran proteger” y, especialmente, por las consecuencias que tienen sobre quienes disponen de menos poder para defenderse.
Para León XIV, un orden económico, social y político solo puede considerarse verdaderamente humano cuando permite a todas las personas, “particularmente las más débiles”, vivir una vida digna sin dejar a nadie atrás. La justicia social se convierte así en la prueba última de cualquier acuerdo.
El Papa ha introducido también un criterio directo para el mundo empresarial: reclama empresas que reconozcan “el trabajo y la dignidad como medidas del éxito”, junto a instituciones capaces de regular sin asfixiar, organizaciones sociales y populares y comunidades educativas que reconstruyan relaciones de confianza y una ciudadanía que cultive responsabilidad, moderación, discernimiento y sentido de la verdad.
La intervención pronunciada en la Sala del Consistorio ofrece de esta forma una hoja de ruta mucho más amplia que un respaldo al encuentro. León XIV plantea qué tipo de desarrollo debe construirse, cómo gobernar las transformaciones tecnológicas, qué función corresponde a empresas, sindicatos, instituciones públicas, universidades y organizaciones sociales y qué criterios permiten discernir si el progreso está verdaderamente al servicio de la persona.
En el centro aparece una pregunta que el pontífice formula a partir de su encíclica Magnifica humanitas. Ante el desarrollo tecnológico, sostiene, “la cuestión decisiva no es simplemente si aceptamos o rechazamos determinadas herramientas”, sino “qué humanidad queremos construir y qué lugar tendrá en ella cada persona”.
No es, por tanto, un debate exclusivamente técnico ni una disyuntiva entre aceptar o rechazar la innovación. La cuestión es quién orienta esas transformaciones, con qué finalidad, qué relaciones sociales producen y quién puede quedar excluido de sus beneficios.
Precisamente por la magnitud de esos cambios, León XIV considera insuficiente la actuación aislada de cualquier institución. Reclama recuperar “con nueva fuerza” la lógica de la subsidiariedad, reconociendo al mismo tiempo la responsabilidad específica de cada actor y la necesidad de trabajar conjuntamente.
El Papa ha respaldado en este sentido la Agenda de Responsabilidad Compartida Norte-Sur de Cooperación Multisectorial, desarrollada en este encuentro. Instituciones públicas, empresas, personas trabajadoras, universidades, comunidades y organizaciones sociales, ha señalado, pueden compartir sus conocimientos, capacidades y recursos al servicio del bien común.
Para el pontífice, esa cooperación convierte en práctica una convicción asentada en la Doctrina Social de la Iglesia: los grandes desafíos sociales reclaman responsabilidad compartida, participación y colaboración entre los distintos cuerpos de la sociedad.
Un diálogo que no esquive los intereses contrapuestos
León XIV ha concedido una importancia especial al significado del diálogo social. No lo presenta como una fórmula destinada a borrar las diferencias ni como una conversación basada únicamente en la cortesía entre instituciones.
“El diálogo verdadero exige algo más que cordialidad”, ha afirmado. Obliga a “permanecer en la conversación cuando aparecen intereses contrapuestos y cuando las decisiones reclaman renuncias concretas”.
La formulación reconoce expresamente que el diálogo social transcurre en medio de intereses distintos y que las decisiones pueden exigir cesiones. Las diferencias, por tanto, no desaparecen por sentarse a una mesa.
De hecho, el Papa considera que una agenda de responsabilidad compartida debe ayudar precisamente a impedir que las diferencias legítimas terminen convirtiéndose en fragmentación.
La experiencia sinodal de la Iglesia ofrece, a su juicio, una enseñanza en este terreno: escuchar verdaderamente las diferencias no significa diluirlas, sino aprender a discernirlas y buscar desde ellas aquello que pueda ponerse al servicio del bien de todos.
Este ejercicio resulta particularmente necesario en un momento en el que las “narrativas polarizadas” encuentran una amplificación inmediata y el enfrentamiento puede transformarse fácilmente en “instrumento de poder”. Frente a esta dinámica, la decisión misma de personas e instituciones diferentes de sentarse juntas contiene ya una responsabilidad.
León XIV ha recuperado el “No tengan miedo” repetido por sus predecesores para aplicarlo a las tensiones propias de este proceso. “No debemos dejarnos intimidar por las tensiones o las diferencias”, porque estas pueden convertirse en “fuerzas creativas” si se orientan mediante una responsabilidad compartida.
El conflicto, por tanto, no es necesariamente un fracaso. Puede convertirse en un espacio de construcción siempre que no sea utilizado para fracturar, excluir o acumular poder.
En este contexto, el Papa ha reivindicado expresamente la negociación. “La negociación forma parte de ese trabajo”, ha dicho, relacionándola con una “mejor política” capaz de buscar el bien común por encima de intereses particulares.
Por eso ha pedido cultivar una “cultura de la negociación” que consiga abrir caminos allí donde las diferencias parecen clausurar cualquier posibilidad de encuentro. Y ha ampliado el alcance de esa propuesta: esa capacidad negociadora puede contribuir también a la “diplomacia de paz” que necesita el mundo.
La afirmación adquiere especial relevancia por la composición del encuentro, donde conviven representantes sindicales y empresariales, responsables eclesiales, instituciones públicas, organismos multilaterales, bancos regionales de cooperación, universidades, fundaciones, comunidades organizadas y organizaciones sociales y populares.
El pontífice ha valorado precisamente esta amplitud de sectores porque permite afrontar con mayor realismo problemas que afectan al futuro común.
Ha dado la bienvenida a presidencias, vicepresidencias y secretarías generales de centrales sindicales y cámaras empresariales de las Américas, a responsables de redes eclesiales latinoamericanas y caribeñas, a comunidades organizadas de Norteamérica y a redes universitarias de ambos hemisferios. También ha agradecido la presencia de organismos internacionales, bancos regionales de cooperación, representantes empresariales y fundaciones.
Esta pluralidad expresa, según León XIV, la voluntad de avanzar hacia “modelos de desarrollo más humanos, sostenibles y solidarios”, capaces de proteger la dignidad de cada persona y de prestar una atención particular a quienes corren el riesgo de quedarse al margen.
La doctrina social como discernimiento, no como recetario
El Papa ha encuadrado todo este proceso dentro de la propia misión de la Iglesia.
Ha recordado que, al comienzo de su pontificado, en su encuentro con el Colegio Cardenalicio del 10 de mayo de 2025, defendió la necesidad de un “diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades”.
Ese diálogo “pertenece a la misión misma de la Iglesia”, ha insistido ahora, porque anunciar el Evangelio supone iluminar las realidades concretas de cada tiempo y mirar de frente la vida de las personas y de los pueblos.
La dimensión pastoral de esa misión impide una mirada neutral sobre las consecuencias de los grandes cambios. El imperativo evangélico de cuidar a las personas pobres exige prestar una atención especial a quienes sufren más gravemente las consecuencias de las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas.
León XIV ha conectado esta perspectiva con la catequesis pronunciada el pasado 2 de septiembre sobre Gaudium et spes, cuando recordó que la Iglesia está llamada a “asumir la realidad” y a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social contemporánea.
En el discurso de este sábado vuelve a insistir en la misma idea: la Iglesia no puede observar desde fuera las transformaciones que atraviesan a la sociedad.
Ese compromiso, ha añadido, hunde sus raíces en la propia fe cristiana. Dios ha entrado en la historia y, en Jesucristo, ha asumido la humanidad. Desde las Escrituras hasta grandes figuras como san Ambrosio y san Agustín, la tradición cristiana ha aprendido a discernir dentro de la historia “aquello que sirve verdaderamente al hombre y aquello que termina por volverse contra él”, ha dicho.
La innovación, por tanto, no constituye por sí misma una medida suficiente del progreso. Tampoco la capacidad de generar riqueza, productividad o eficiencia. Todo avance debe someterse al discernimiento sobre sus efectos reales sobre la persona.
Esta es también la función que León XIV atribuye a la Doctrina Social de la Iglesia.
El Papa ha destacado que muchas de las organizaciones presentes en Roma la conocen, la estudian y contribuyen a difundirla. Pero ha introducido una precisión relevante: “No es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un proceso de discernimiento compartido”.
Sus principios no sustituyen las decisiones concretas que deben adoptar quienes participan en la vida económica, política y social. Proporcionan, más bien, criterios para determinar si esas decisiones respetan verdaderamente la dignidad humana y están orientadas al bien común.
El Papa vincula además esta forma de responsabilidad compartida con la “amistad social” desarrollada por su querido Francisco en Fratelli tutti. Para las personas creyentes, la fraternidad encuentra su fundamento último en una verdad anterior a cualquier acuerdo: “tenemos un mismo Padre”.
Como recordaba Francisco, “sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad”.
Entrar en “las obras de la historia”
La última parte del discurso reúne buena parte de estas ideas en la figura bíblica de Nehemías, que incorpora como modelo en Magnifica humanitas.
Ante una Jerusalén destruida, Nehemías escuchó el sufrimiento de su pueblo, lo presentó ante Dios, discernió lo que debía hacerse, buscó los recursos necesarios y organizó una reconstrucción que solo podía llevarse adelante con la participación de muchas personas.
León XIV propone esa misma imagen para comprender los desafíos actuales.
También hoy, afirma, existen grandes construcciones que se derrumban allí donde el progreso deja de servir a la persona, “donde el trabajo pierde su dignidad”, donde comunidades enteras son descartadas o donde la tecnología profundiza las divisiones que tendría que contribuir a superar.
La respuesta no consiste en retirarse de esos ámbitos, sino precisamente en entrar en ellos.
El Papa invita a entrar en “las obras de la historia”: los laboratorios de investigación, las empresas tecnológicas, las escuelas, los medios de comunicación, las instituciones y las comunidades locales.
Allí, sostiene, es donde debe reconstruirse “lo que se ha derrumbado” y protegerse “lo que está amenazado”.
Esta tarea requiere también dejarse interpelar por los signos de los tiempos y acoger las aportaciones de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas para discernir posibles caminos.
La referencia a Nehemías permite a León XIV terminar con una idea de responsabilidad concreta. El profeta no reconstruyó Jerusalén en solitario: convocó al pueblo y cada persona trabajó en la parte que le correspondía.
El Papa pide a quienes participan en el encuentro que identifiquen qué parte de esa obra común les ha sido confiada.
Finalmente, León XIV ha advertido que el progreso de nuestro tiempo “no deje nuevas ruinas a su paso” y que aquello que se construya pueda ser realmente “casa y refugio para todos, comenzando por quienes más lo necesitan”, ha concluido.
El discurso coloca así ante las organizaciones reunidas en Roma una prueba bastante más exigente que la capacidad de formular declaraciones compartidas. Sus iniciativas deberán medirse por la forma en que transformen decisiones económicas, sociales y tecnológicas concretas; por su capacidad para mantener el diálogo cuando aparezcan intereses contrapuestos; por el lugar que concedan al trabajo y a la dignidad humana; y, especialmente, por la protección que sean capaces de ofrecer a quienes tienen menos poder para defender sus propios intereses.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



