Yayo Herrero: “Necesitamos volver a poner la vida en pie”

La ecofeminista y antropóloga Yayo Herrero, en su participación en el 45º Congreso de Teología partió de la idea de que “el capitalismo ha declarado la guerra a la vida”, por lo que abogó por una “transición ecosocial justa” que sitúe la vida en el centro de las decisiones económicas, políticas y culturales.
Durante su intervención, titulada “El capitalismo en guerra contra los vínculos y las relaciones”, la pensadora atribuyó la crisis ecososial a la ruptura con la base ecológica de la vida, las condiciones materiales de existencia de las personas y los vínculos que permiten sostenerla.
A su juicio, el extravío de la cultura occidental se asienta sobre el falso mito de la emancipación de la naturaleza, de los vínculos sociales y de la propia vulnerabilidad humana.
El crecimiento ilimitado, en un mudo finito, la autosuficiencia individual que niega la vulnerabilidad de la condición humana pasan por ser fantasías que niegan que los seres humanos son al mismo tiempo “radicalmente ecodependientes” de la trama de la vida e “interdependientes” entre sí, ya que necesitan de los cuidados, del agua, del aire, de los alimentos y de la energía para sobrevivir.
Desde su punto de vista, la gestión de las migraciones y la conflictividad bélica no dejan de ser expresiones de tres dimensiones de la guerra contra la vida”: la destrucción de las bases biofísicas que sostienen la existencia, el aumento de las desigualdades y la precarización de la vida humana, y la ruptura de los vínculos y relaciones comunitarias.
Por ello, defendió un enfoque centrado en la sostenibilidad de la vida y reclamó “construir políticas, culturas y economías que pongan la vida en el centro”.
Una respuesta basada en el reparto y la justicia
Buena parte de su intervención estuvo dedicada a presentar alternativas. Herrero sostuvo que las sociedades tendrán que adaptarse a un escenario con menos recursos materiales y energéticos debido a su agotamiento, pero subrayó que la cuestión decisiva es cómo afrontar ese proceso.
“Los seres humanos vamos a vivir globalmente con menos minerales, menos energía y menos recursos de la Tierra”, señaló.
A su juicio, las alternativas autoritarias y belicista plantean una solución a los límites ecológicos que requiere de “territorios de sacrifico” y personas que “sobran”.
“Hay una parte de la política que está actuando, está criminalizando y está deshumanizando para poder abordar esta crisis que afrontamos como si el problema fuera que sobra alguna gente”, denunció.
Ante ello, defendió un enfoque centrado en la sostenibilidad de la vida y reclamó “construir políticas, culturas y economías que pongan la vida en el centro”.
Según explicó, la transición ecosocial justa consiste en “un proceso planificado, deseado y compartido” orientado a organizar la vida común teniendo en cuenta los límites ecológicos del planeta y la dignidad de todas las personas.
Herrero recordó que la vida humana depende permanentemente de tareas de atención, acompañamiento y sostenimiento que, sin embargo, permanecen invisibilizadas o infravaloradas.
En este sentido, criticó una economía que ignora el trabajo necesario para sostener la existencia cotidiana y defendió reconocer los cuidados como una responsabilidad colectiva y no como una carga asumida mayoritariamente por las mujeres. “La vida humana no se sostiene sola, hay que sostenerla intencionalmente”, afirmó.
Una política del amor
En el tramo final de su intervención, la ecofeminista llamó a reconstruir los vínculos rotos con la naturaleza y entre las personas mediante una cultura basada en la corresponsabilidad y el cuidado mutuo.
“Necesitamos volver a poner la vida en pie”, sostuvo, antes de defender “una política, una economía y una cultura de amor”, no como “una noción ñoña”, sino una práctica basada en “la responsabilidad social, en la reciprocidad” y en el reconocimiento de que “unas nos hemos de ocupar de otras para poder mantener la vida en pie”.
Como síntesis de su propuesta, Herrero reivindicó una nueva mirada sobre la condición humana, consciente de la vulnerabilidad, la interdependencia y la pertenencia a una comunidad de vida más amplia.
A modo de síntesis y conclusión, abogó por un nuevo redactado para el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que habla de la igualdad en dignidad y derechos y apela a la fraternidad, por otro “más largo, “brutalmente más hermoso”, que, aunque difícil implica una “reivindicación del amor en todas sus dimensiones”.
“Todos los seres humanos nacen vulnerables e indefensos en el seno de una madre y llegan a nacer libres e iguales en dignidad y derechos siempre y cuando recibamos una enorme cantidad de atenciones, de cuidados y de afectos que han de ser proporcionados por personas de otras géneros y generaciones en una tarea civilizatoria sin la cual no podemos existir”.
“En caso de recibirlos”, continúa, “llegaremos a estar dotados de razón que nos permita vivir fraternalmente los unos con los otros, conscientes de que habitamos un planeta con límites físicos que compartimos con el resto del mundo vivo y que estamos obligados a conservar”.
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