El Congreso de Teología defiende una cultura del cuidado y una transición social justa que proteja a las personas más vulnerables

El 45º Congreso de Teología, organizado por la Asociación de Teólogas y Teólogos Juan XXIII bajo el lema “Crear comunidad, construir ciudadanía”, concluyó con un llamamiento a promover “una ciudadanía cosmopolita, intercultural e inclusiva” como alternativa a la creciente fragmentación social, las desigualdades y los procesos de exclusión que, a juicio sus participantes, caracterizan el contexto actual.
Durante tres días, especialistas de diferentes disciplinas, entre ellas sociología, antropología, filosofía, teología, ecología, ciencias políticas y jurídicas, reflexionaron sobre los desafíos que afrontan las sociedades contemporáneas y el papel de las comunidades en la construcción de una convivencia más justa.
En su mensaje final hacer una defensa de la “ciudadanía cosmopolita intercultural, interreligiosa e interétnica”, capaz de integrar las diferencias sin convertirlas en factores de división.
Las personas participantes, más de un centenar de diversos continentes, incluido Asia, coincidieron en reivindicar una sociedad en la que “las raíces no se conviertan en muros” y donde las identidades colectivas no se transformen en “fronteras morales” que excluyan a quienes son diferentes.
Frente a los repliegues identitarios y las dinámicas de exclusión, el Congreso propone un modelo de ciudadanía que amplíe el sentido de pertenencia más allá de las fronteras nacionales, culturales o religiosas, el reconocimiento de una humanidad común debe constituir la base de las relaciones sociales y políticas en un mundo marcado por la interdependencia global.
El documento defiende además una ciudadanía construida desde comunidades concretas que se reconocen como parte de esa humanidad compartida y rechazan cualquier forma de discriminación por motivos étnico-culturales, religiosos, nacionales, de clase social, género o identidad afectivo-sexual.
Para las personas congresistas, la ciudadanía debe ser ante todo una garantía efectiva del “derecho a tener derechos”.
El mensaje final extiende la crítica también a las instituciones religiosas, en particular, cristianas, por haberse configurado como “una estructura jerárquico-piramidal, patriarcal y clerical” que ha perdido los lazos comunitarios fraterno-sororales de sus orígenes y no fomenta el nacimiento y desarrollo de comunidades abiertas, participativas y respetuosas de las diferencias, como tampoco una ciudadanía crítica y activa”.
A su juicio, no puede haber comunidades auténticas sin reconocimiento de la pluralidad ni una sociedad verdaderamente igualitaria sin protección de las diferencias.
Por ello, defiende una comunidad plural como la única compatible con la dignidad humana y con el ideal evangélico de una fraternidad y sororidad universales, fundada en una defensa de la ciudadanía inclusiva, el encuentro, los vínculos afectivos y comunitarios, el fortalecimiento de una cultura del cuidado y la puesta en marcha de una transición social justa.
Desde una perspectiva cristiana, el Congreso llama además a traducir la fe en prácticas concretas de hospitalidad, reconocimiento y justicia, así como en la defensa de quienes permanecen en los márgenes de la ciudadanía, entre ellos las personas migrantes y refugiadas, los colectivos empobrecidos, las mujeres discriminadas, las minorías étnicas y religiosas y las personas perseguidas por su orientación o identidad.
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Redactor jefe de Noticias Obreras



