La tarea doméstica que tiene León XIV por delante

El 1 de julio de 2026 se acaba de consumar el cisma o la ruptura de la unidad de los llamados “lefebvrianos” con la Iglesia católica en Ëcône (Suiza). La causa ha sido la ordenación de cuatro nuevos obispos sin el permiso del papa León XIV.
Esta congregación ultraconservadora fue fundada en 1970 por el arzobispo francés Marcel Lefebvre porque disentía tanto de los acuerdos (“errores” sostendrán) aprobados en el Concilio Vaticano II (1962-1965) como de su aplicación durante el pontificado de Juan Pablo II. Concretamente, rechazaba la reforma litúrgica; la libertad religiosa; el diálogo entre cristianos (ortodoxos, luteranos, anglicanos, etc.) y con otras religiones; la defensa de la dignidad de la persona o del humanismo; la separación entre Iglesia y Estado.
Y por si eso pudiera parecer poco, les resultaba especialmente insoportable el encuentro interreligioso de Asís (1986), entre otra razones, porque, además de evidenciar que la pertenencia a la Iglesia católica no era indispensable para la salvación, se daba pie para entender que ya no era condenable la participación en cultos dirigidos –según sostenían– a dioses falsos.
Este 2 de julio el Vaticano comunicaba –de nuevo– la excomunión o expulsión de la Iglesia de los seis obispos “lefebvrianos”, de los sacerdotes y de todos los laicos que se “se adhirieran formalmente” a este colectivo. Y digo “de nuevo”, porque el primero de los cismas se dio en 1988, el año en el que el arzobispo Marcel Lefebvre ordenó los primeros cuatro obispos sin el consentimiento de Juan Pablo II.
Con tal decisión, además de no aceptar –como he indicado– algunas de las aportaciones más importantes del Concilio Vaticano II y del magisterio eclesial posterior, estaba rechazando, de hecho, la autoridad del Papa. La excomunión fue inmediata, llegando hasta 2009, año en el que Benedicto XVI la levantó, reintegrándolos en la Iglesia católica. Esta fraternidad cuenta en la actualidad con más de 700 sacerdotes, 250 seminaristas y medio millón de fieles repartidos por todo el mundo.
A la luz de estos datos, se me ocurre que, quizá, no esté de más realizar una doble mirada –de puertas afuera y de puertas adentro– sobre la unidad y el poder en la Iglesia católica; y sobre su gestión.
Creo que son muy pocas las personas que, de puertas afuera de la Iglesia, tienen dificultades para saber y reconocer que el anhelo de una paz estable y duradera ha sido –y sigue siendo– el primero de los objetivos del papa León XIV como también lo es su insistencia en cuidar la dignidad de la persona y en prestar la debida atención a los parias del mundo.
Pero me parece que pueden ser bastante más las que desconozcan que la articulación entre unidad y poder es, a la vez, el mayor problema y la mayor virtud de la Iglesia a lo largo de la historia y, por tanto, también en nuestros días. Eso quiere decir que no hay unanimidad –por muy deseable que pueda ser– sobre la comprensión y el ejercicio del papado. O, con más propiedad, que es manifiestamente mejorable el actual modelo de mantener la unidad de fe y la comunión eclesial de 1.400 millones de católicos.
En el Concilio Vaticano II se tomó la decisión –confirmada por Pablo VI– de superar la manera unipersonal, absolutista y monárquica de entender, justificar y ejercer el papado en favor de otra colegial: la plenitud del poder –se acordó– descansa en el Papa con los obispos. Curiosa y sorprendentemente, fue un acuerdo conciliar que –tras ser ratificado por Pablo VI– el mismo papa Montini bloqueó sosteniendo que el obispo de Roma podía proceder –cuando tocara implementar el “poder colegial” aprobado en el aula conciliar– ad placitum y propia discretio, es decir, como buenamente le pareciera.
He aquí la clave que permite conocer cómo funciona, desde entonces, la conjunción de unidad y poder en la Iglesia: es evidente que en el aula conciliar se da un paso adelante propiciando la comprensión colegial del poder y de la unidad. Pero también lo es que, a la vez, se bloquea cuando se implementa jurídicamente: no se toca el modelo unipersonal, absolutista y monárquico de comprensión y ejercicio del papado, aunque se reconozca que la plenitud del poder en la Iglesia es colegial.
De aquellos polvos vienen muchos de los actuales lodos, empezando por la famosa encíclica de Pablo VI sobre el control de la natalidad (1968) y continuando con el abandono silencioso o explícito, ya sea mediante exilios interiores o mediante las llamadas “migraciones e hibridaciones religiosas” hacia absolutos tales como, por ejemplo, el partido político, el equipo de fútbol; la patria o el país; la calidad de vida; el dinero; el cuerpo y un largo etcétera. Y sin descuidar, por supuesto, los abandonos explícitos y rotundos.
Por tanto, muchas bajas eclesiales no son solo –como se suele escuchar– consecuencia de la llamada secularización. También lo son de una –crecientemente inaceptable– forma de implementar la articulación entre unidad y poder no solo entre el Papa y los obispos del mundo, sino también y, en particular, con todos los bautizados y bautizadas, empezando por la manera de ejercer dicha conjunción de unidad y poder por parte de los obispos que –no elegidos y, por ello, impuestos– nos son más cercanos: un calco de la implementación unipersonal, absolutista y monárquica liderada por Pablo VI y no alterada en la bienintencionada apuesta del papa Francisco por una “sinodalidad escuchante”; nunca codecisiva.
Sería deseable que la segunda excomunión de los “lefebvrianos” no ocultara ni despistara de este creciente –y, al parecer, imparable– abandono “doméstico” de muchos católicos, precisamente, por esta desafortunada manera de entender e implementar la articulación entre unidad y poder que atenaza y obnubila a la Iglesia, particularmente a la jerárquica, desde 1964 hasta nuestros días.
Vamos a ver si el papa León XIV, en lo referente a este asunto, permite echar las campanas al aire, a pesar de que algunas de las decisiones tomadas hasta ahora no inviten a ello: lectura restrictiva de las bendiciones de parejas gays; nombramiento de la nueva prefecta del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano; negativa a que los laicos y laicas puedan predicar en la misa; confirmación del bloqueo del acceso de las mujeres al ministerio ordenado.
Estoy con Oliver Wintzek, catedrático de Teología Dogmática y Fundamental en la Universidad Católica de Ciencias Aplicadas de Maguncia, cuando sostiene que deberíamos preocuparnos bastante más por este asunto que por perder un grupo disidente tradicionalista que se considera fuera del tiempo.
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Sacerdote de Bilbao. Catedrático emérito en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria). Autor del libro Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad «con carne» (Ed. HOAC, 2021)



