La política como servicio a la dignidad humana

La política como servicio a la dignidad humana
De Selbymay - CC BY-SA 3.0 wikimedia

La presencia del Papa en el Congreso tiene una fuerza simbólica evidente. No porque la política tenga que mezclarse con la religión, que no se trata de eso, sino porque en un momento de tanto ruido, tanta bronca y tanta deshumanización conviene recordar que la política debería servir para cuidar la vida de la gente.

Lo digo desde mi experiencia como concejal de Izquierda Unida, desde mi sensibilidad cristiana y también desde mi vinculación a la HOAC, donde aprendemos que la dignidad del trabajo, la vida de la clase trabajadora y el compromiso con las personas empobrecidas no son cuestiones secundarias, sino el centro de cualquier sociedad que quiera ser justa.

Hasta ahora, este Papa se ha mostrado cercano a las luchas por tierra, techo y trabajo, que son las grandes reivindicaciones de los movimientos populares. Y eso, para quienes venimos de la izquierda, tiene mucha importancia. Porque hablar de tierra, techo y trabajo es hablar de vivienda, de derechos laborales, de justicia social, de barrios dignos, de personas empobrecidas y de una economía que no puede seguir descartando gente.

Además, su primera encíclica, Magnifica humanitas, insiste precisamente en la necesidad de custodiar a la persona humana en un tiempo marcado por la inteligencia artificial y por enormes cambios tecnológicos. Esa mirada también interpela a la política: no podemos permitir que la economía, la tecnología o las instituciones funcionen al margen de la dignidad humana, como si las personas fueran piezas sustituibles de una maquinaria.

Sería un error leer esta visita en clave de partidos, como si viniera a dar la razón a unos contra otros. Puede servir precisamente para lo contrario: para recordarnos que la política no puede hacerse desde el odio, desde el miedo, desde la mentira o desde la indiferencia ante el sufrimiento.

El Papa puede poner encima de la mesa algunas realidades que demasiadas veces quedan arrinconadas: las personas empobrecidas, quienes no pueden pagar una vivienda, las personas migrantes, quienes viven en la calle, los jóvenes que no ven futuro, las familias que llegan agotadas a final de mes, las víctimas de las guerras y quienes sufren soledad o abandono.

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Ojalá ese discurso sirva también para cuidar la democracia. Porque la democracia se debilita cuando se convierte en puro enfrentamiento, cuando deja de escuchar a la gente y cuando las instituciones se alejan de los problemas reales. Necesitamos una política capaz de dialogar, de respetar al adversario y de buscar acuerdos cuando sea posible, sin renunciar a las propias convicciones.

En el fondo, la visita puede dejarnos una idea sencilla: una sociedad se mide por cómo trata a quienes peor lo están pasando. Y la política, cuando se olvida de eso, deja de ser servicio público y se convierte en otra cosa.

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