Las periferias madrileñas que visitará el papa León XIV

Las periferias madrileñas que visitará el papa León XIV
León XIV, en su primer día en Madrid, pasará en cuestión de horas de saludar a las máximas autoridades del país a adentrarse, aunque sea por un rato, en las periferias reales de la ciudad donde la especulación inmobiliaria, la falta de trabajo decente y la indiferencia social marcan la vida de gran parte de sus habitantes.

Tras pisar las mullidas moquetas del Palacio Real, el pontífice será conducido al sur de la ciudad, a un territorio donde se acumulan los problemas sociales y donde también germinan proyectos que tratar de suturar las heridas.

En el distrito de Latina, limítrofe con Carabanchel y el Centro y Moncloa Aravaca, se encuentra el Centro de Emergencia y Atención Integral (CEDIA), gestionado por Cáritas Madrid.

Allí, en las instalaciones de la Parroquia de la Crucifixión, funciona un dispositivo abierto 24 horas, siete días a la semana, para personas que viven en la calle y buscan un refugio temporal que no solo ofrezca techo, sino también acompañamiento.

A pocos metros, décadas atrás, se levantaba un poblado chabolista que dio paso a viviendas sociales, instalaciones deportivas e infraestructuras públicas.

Hoy, pese a las operaciones policiales que periódicamente saltan a los medios, el tráfico de drogas no ha desaparecido del todo.

“Nada más entrar en el barrio se ve que son zonas de periferia, no solo geográfica; de mucha vulnerabilidad”, explica el obispo auxiliar Vicente Martín, que subraya el sentido del gesto papal.

Añade, “la visita del Papa a España y a la Iglesia de Madrid comienza con un acercamiento a los más pobres, a la realidad de la exclusión”.

Para Juan José Gómez Escalonilla, responsable de CEDIA, el paso de León XIV por el centro expresa el deseo de “llevar la luz y la alegría del Evangelio para que alcancen a esas personas que sufren”.

El proyecto, recuerda, es “de primera atención” ante la “exclusión pura y dura”. Solo en 2025 acompañó a 2.534 personas, una cifra que crece año tras año en un contexto marcado por el aumento del sinhogarismo y la exclusión residencial.

Para la Iglesia en Madrid, el CEDIA se ha convertido en una muestra de su compromiso con quienes viven en los márgenes y su labor por restaurar la dignidad herida de las personas, a través del acompañamiento, la escucha y el respeto.

En la última década, el fenómeno del sinhogarismo ha crecido de forma sostenida, alimentado por el encarecimiento de la vivienda, la precariedad laboral, la insuficiencia de rentas mínimas y la fragilidad de las redes familiares.

Las personas en situación de calle cada vez son más jóvenes, aumenta la presencia de mujeres, aunque por la dureza de su situación recurren a estrategias menos visibles, pero también las personas con trabajos precarios, tanto en la economía formal como en actividades sumergidas.

Voluntarios del Centro de Emergencia y Atención Integral (CEDIA) de Cáritas Diocesana de Madrid.

“Sentirme persona”

Laura llegó al centro con una mochila emocional pesada. “Mi familia no me veía como un ser humano, sino como un proyecto, una máquina”, afirma.

Su paso por CEDIA le ha permitió detenerse, respirar y recomponer su autoestima: “Me ha ayudado a levantarme, a sentirme una persona”.

Aspira a obtener un certificado como validadora web especializada en accesibilidad. Está a punto de terminar un curso que desea que le ayude a á estabilizar su vida. “En cuanto pueda, me gustaría vivir en un piso asequible, con mi sueldo”.

Carlos habla con serenidad, pero sin ocultar la dureza de lo vivido. “Vivir en la calle no es grato; hay gente que quiere joderte”, resume.

Llegó al centro gracias a un amigo y encontró algo que no esperaba.

“La gente es muy atenta”, comenta en referencia a sus compañeros, pero también del personal de Cáritas.

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“Ojalá no necesitara más este tipo de centros”, confiesa, aunque reconoce que ha encontrado “un rayito” de esperanza. “Aquí te sientes acompañado y puedes volver a confiar”.

En CEDIA, el acompañamiento no se limita a ofrecer cama, ducha o comida.

Lo explica Esther, técnica de empleo e integradora en la primera acogida: “Esto no es un albergue simplemente para dormir, lavar la ropa y ducharse”.

“Aquí se desarrolla un proceso de intervención personalizado orientado a que cada persona pueda mejorar su situación”.

El itinerario incluye descanso, aseo, apoyo emocional, búsqueda de empleo y preparación para las entrevistas de trabajo.

“Con la cabeza despejada y un mínimo de estabilidad es más fácil encontrar oportunidades”, señala.

Mujeres, jóvenes y trabajadores pobres

Las personas que acompañan tienen perfiles muy diversos, desde personas LGTBI expulsadas de su entorno a migrantes sin papeles que no tienen permiso de trabajo, pasando por trabajadores que buscan empleo en la hostelería, la construcción o la agricultura.

También empleadas del hogar internas que se alojan en las casas donde prestan sus servicios de cuidado. Los puestos de trabajo que suelen encontrar están mal pagados, resultan inestables o a jornada parcial.

Las plataformas digitales de reparto, a veces, son la única opción de obtener ingresos, cuando no queda otra.

“Las cuentas se alquilan a cambio de que el titular se lleve un porcentaje. No hacen falta papeles, solo querer trabajar el tiempo que salga. Rara vez la jornada completa”, añade Ester.

“El objetivo inmediato puede ser ahorrar el primer sueldo para pagar la fianza por una habitación o el primer mes”, reconoce. La estancia en el centro no puede ser indefinida, aunque sí es flexible, según los ritmos y las necesidades de cada persona.

El equipo acompaña en la búsqueda de empleo y asesora para cumplir los trámites. Sin embargo, hay ocasiones en lo fundamental es asegurar el descanso por la noche y el aseo antes de la jornada laboral, para poder rendir o estar presentable como candidato a los trabajos.

León XIV podrá escuchar testimonios como estos, además de hablar con los profesionales y voluntarios que atienden el CEDIA, para luego continuar su gira por España.

Será una ocasión para conocer a personas que no acaparan focos, ni tienen recursos ni influencia, pero pelean a diario por hacer valer su dignidad y de proclamar que allí donde se cuestionan los derechos inherentes a la persona la Iglesia no quiere pasar de largo.

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