La regularización extraordinaria en España: una mirada humanista sobre dignidad, justicia y futuro compartido

La discusión sobre la regularización extraordinaria de personas migrantes en España es mucho más que un debate político o administrativo, en el fondo, representa una pregunta profundamente humana: ¿qué tipo de sociedad queremos construir?. En tiempos marcados por la incertidumbre económica, los discursos de miedo y la polarización social, resulta fácil olvidar que detrás de cada cifra migratoria existe un rostro, una familia, una historia de sacrificio y esperanza. Hablar de migración no debería reducirse únicamente a estadísticas o fronteras; debería comenzar siempre desde el reconocimiento de la dignidad humana, en relación a esto el maestro Jesús enseñó precisamente esa mirada hacia el otro cuando dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 39). En esa frase no existen nacionalidades ni distinciones; existe únicamente el llamado a reconocer humanidad en cada persona.
Miles de personas viven actualmente en España en situación irregular, trabajan en el campo, en la construcción, en la hostelería, en el cuidado de personas mayores y en muchos otros sectores fundamentales para el funcionamiento cotidiano del país. Sin embargo, a pesar de su contribución silenciosa, viven atrapadas en una realidad marcada por el miedo, la incertidumbre y la exclusión.
La irregularidad administrativa no elimina su presencia; simplemente las empuja a la invisibilidad social, esa invisibilidad las convierte en víctimas fáciles de explotación laboral, abusos y precariedad. Muchas aceptan jornadas interminables, salarios injustos o condiciones indignas porque carecen de protección legal y temen ser expulsadas. Frente a esa realidad resuena la enseñanza de Jesús: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5, 6). La justicia social comienza precisamente cuando una sociedad decide no ignorar el sufrimiento de quienes viven en la vulnerabilidad.
Frente a esta realidad, la regularización extraordinaria aparece no como un acto de debilidad del Estado, sino como una decisión de humanidad, de justicia y también de inteligencia social. Regularizar significa reconocer que esas personas ya forman parte de la sociedad española y que mantenerlas en la marginalidad perjudica no solo al migrante, sino al conjunto de la nación. Una persona regularizada puede trabajar legalmente, cotizar a la seguridad social, alquilar una vivienda dignamente, abrir un negocio, consumir y contribuir plenamente a la economía, esta medida fortalece el sistema en lugar de debilitarlo, porque reduce la economía sumergida y permite una integración real y ordenada. Jesús expresó una profunda sensibilidad hacia quienes eran excluidos cuando afirmó: “No he venido para llamar a justos, sino a pecadores” (Lucas 5, 32), mostrando que la verdadera grandeza moral consiste en acercarse a quienes viven marginados y no en apartarlos.
España enfrenta además importantes desafíos demográficos, la baja natalidad y el envejecimiento poblacional amenazan la sostenibilidad futura de sectores laborales y del propio sistema de pensiones. Muchos trabajos esenciales dependen ya de la mano de obra de personas migrantes, ignorar esta realidad sería negar el funcionamiento cotidiano del país, la migración, lejos de ser una amenaza inevitable, puede convertirse en una oportunidad de renovación económica, cultural y humana cuando existe voluntad política para integrarla adecuadamente. Jesús habló del valor de construir juntos cuando dijo: “Toda casa dividida contra sí misma no permanecerá” (Mateo 12, 25). Una sociedad cohesionada necesita integración y solidaridad para mantenerse fuerte y estable.
Sin embargo, el verdadero valor de una regularización no puede medirse únicamente en términos económicos, existe una dimensión moral que ninguna cifra puede reemplazar, una democracia madura no se define solamente por sus leyes o por la fortaleza de sus instituciones, sino también por la manera en que trata a las personas más vulnerables. Los derechos humanos no deberían depender exclusivamente de un permiso de residencia, toda persona posee una dignidad intrínseca que antecede a cualquier documento o frontera. Jesús recordó constantemente el valor sagrado de cada vida humana cuando preguntó: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios” (Lucas 12, 6). Si nadie es olvidado ante Dios, tampoco debería ser invisible ante la sociedad.
El mensaje cristiano ofrece además una reflexión profundamente vigente sobre la acogida y la compasión, Jesús nunca construyó discursos basados en el rechazo al extranjero, al contrario, su vida estuvo marcada por la cercanía hacia quienes eran excluidos, rechazados o considerados inferiores por la sociedad de su tiempo. En el Evangelio de Mateo aparece una de las enseñanzas más conmovedoras sobre la relación con el prójimo: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25, 35). La fuerza de esta frase reside en que Jesús se identifica directamente con el extranjero, con el vulnerable y con quien necesita acogida, la hospitalidad deja entonces de ser un gesto opcional y se convierte en una expresión profunda de humanidad.
Más adelante Jesús afirma: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25, 40). Estas palabras rompen cualquier intento de deshumanizar al migrante, ya no se trata de un número ni de un problema político abstracto; se trata de un ser humano cuya vida posee el mismo valor que cualquier otra, entonces la regularización, desde esta perspectiva, representa también un acto de reconocimiento moral hacia quienes buscan una oportunidad para vivir con dignidad. Jesús enseñó además: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5, 7). Una sociedad capaz de practicar la misericordia fortalece también su propia humanidad.
Ninguna persona debería vivir condenada al miedo por el simple hecho de haber nacido en otro lugar, la dignidad humana no tiene nacionalidad, y quizá una de las expresiones más altas de civilización sea precisamente la capacidad de tender la mano al extranjero y reconocer en él no una amenaza, sino un semejante que también sueña con vivir con paz, seguridad y esperanza
La historia de España debería despertar esa sensibilidad, durante gran parte del siglo XX, millones de españoles emigraron hacia otros países europeos y hacia América Latina buscando oportunidades, estabilidad y un futuro mejor para sus familias, aquellos migrantes españoles deseaban ser tratados con dignidad y respeto, muchos encontraron rechazo, pero también encontraron pueblos que les abrieron las puertas. Recordar ese pasado debería ayudar a comprender que migrar no es un delito ni una amenaza, sino una expresión humana de supervivencia y esperanza. Jesús mismo vivió la experiencia del desplazamiento cuando, siendo niño, tuvo que huir con María y José hacia Egipto para escapar de la persecución de Herodes, esa experiencia recuerda que incluso la Sagrada Familia conoció el miedo, el exilio y la necesidad de refugio.
Quienes se oponen a las regularizaciones suelen argumentar que estas pueden incentivar nuevas llegadas irregulares, sin embargo, la realidad demuestra que las migraciones responden principalmente a factores mucho más profundos: pobreza extrema, violencia, guerras, desigualdad o falta de oportunidades. Ningún ser humano abandona fácilmente su tierra, su cultura y su familia, migrar casi siempre implica dolor, incertidumbre y sacrificio, las políticas basadas exclusivamente en el endurecimiento de fronteras no eliminan la migración; simplemente la hacen más peligrosa y más cruel. Jesús advirtió sobre el peligro de juzgar sin comprender cuando dijo: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7, 1). Antes de condenar al inmigrante, toda sociedad debería preguntarse qué circunstancias pueden empujar a una persona a dejar atrás todo lo que ama.
La regularización no significa ausencia de control ni desorden, al contrario, puede ser una herramienta para ordenar la realidad desde un enfoque humano y racional, una sociedad cohesionada no se construye empujando personas hacia la clandestinidad, sino integrándolas dentro de un marco legal que permita convivencia, derechos y responsabilidades compartidas. Jesús expresó el valor de la paz social cuando afirmó: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5, 9). La integración y la justicia son caminos más sólidos para la paz que el rechazo y la exclusión.
Existe además un riesgo profundamente preocupante cuando el debate migratorio se alimenta desde el miedo: la pérdida gradual de la empatía, cuando una sociedad comienza a ver al extranjero únicamente como una amenaza, corre el peligro de deshumanizarlo. Y toda deshumanización termina erosionando también los valores democráticos y morales de esa misma sociedad. El problema nunca ha sido la diversidad humana; el verdadero peligro es la indiferencia frente al sufrimiento ajeno. Jesús denunció precisamente esa indiferencia en la parábola del buen samaritano, donde quien actúa con verdadera humanidad no es el poderoso ni el religioso, sino quien se detiene a ayudar al herido abandonado en el camino, la compasión aparece allí como la esencia misma del amor al prójimo.
La regularización extraordinaria representa, en el fondo, una elección ética, es decidir si se quiere construir una España basada en la exclusión o una España basada en la dignidad humana, es reconocer que la convivencia no nace del rechazo, sino de la integración, del respeto y de la justicia social. Una nación verdaderamente fuerte no es la que levanta más muros, sino la que logra mantener humanidad incluso en medio de los desafíos. Jesús lo resumió con una enseñanza sencilla y poderosa: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7, 12). Ese principio universal sigue siendo una de las bases más profundas de la convivencia humana.
Tal vez el mayor aprendizaje que deja este debate es que ninguna persona debería vivir condenada al miedo por el simple hecho de haber nacido en otro lugar, la dignidad humana no tiene nacionalidad, y quizá una de las expresiones más altas de civilización sea precisamente la capacidad de tender la mano al extranjero y reconocer en él no una amenaza, sino un semejante que también sueña con vivir con paz, seguridad y esperanza. Jesús dejó una última invitación que resume el espíritu de toda reflexión humanista: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).
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Profesor venezolano. Miembro de la Delegación de Migraciones de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz



