Cristianos y cristianas del medio rural reclaman un desarrollo que traiga verdadera vida a los pueblos

Los movimientos Rural Cristiano (MRC) y Jóvenes Rurales Cristianos (MJRC) han hecho público este 15 de mayo su manifiesto anual con motivo del Día del Mundo Rural, una declaración en la que reivindican un modelo de progreso que no reduzca el desarrollo a infraestructuras o crecimiento económico, sino que ponga en el centro a las personas, los pueblos y la sostenibilidad del territorio.
El texto, elaborado tras un proceso de reflexión comunitaria, parte de que “no todo lo que nos proponen, e incluso nos imponen, al Mundo Rural como progreso es un verdadero desarrollo” . Frente a ello, los movimientos rurales cristianos afirman que el desarrollo auténtico debe ser integral, solidario y ecológico, por lo que defienden:
“Queremos un desarrollo rural que traiga verdadera vida para nuestros pueblos” .
El manifiesto subraya que el progreso no puede limitarse a indicadores económicos. “No podemos pensar que solo con tener más dinero y más infraestructuras ya hemos avanzado conquistando el futuro”, señalan, recordando que las personas necesitan también “cultura, afectos y espiritualidad” . Por ello, reclaman políticas que atiendan todas las dimensiones de la vida humana.
Los movimientos de Acción Católica Especializada denuncian que muchos proyectos que llegan al medio rural excluyen a personas, territorios o generaciones futuras. “El progreso que deja al margen a alguna persona (o a pueblos enteros) no es el tipo de desarrollo que queremos para el Mundo Rural” , afirman, insistiendo en que la solidaridad debe ser un criterio irrenunciable.
Cuidar la “casa común”
El manifiesto alerta también contra modelos de desarrollo que deterioran el entorno natural. “Avanzar sin tener en cuenta el mundo que nos rodea es retroceder hacia el ocaso de la vida”, advierten, reivindicando un enfoque ecológico que proteja la tierra y garantice futuro para las próximas generaciones .
El documento concluye con tres peticiones. A los gobernantes, que velen por el bien común y no sean “cómplices de un progreso basado en el tener a costa de los más débiles y del expolio de la naturaleza”.
Pero también a las gentes de los pueblos, a que analicen críticamente los proyectos que se implantan en sus territorios para no caer en “falsas promesas de desarrollo que llenan nuestros bolsillos, pero vacían nuestros corazones”, y la misma Iglesia, para que no abandone a las pequeñas comunidades rurales y fortalezca la Pastoral Rural misionera como fuente de esperanza.
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