En huelga de hambre contra el secuestro de la Global Sumud: “Estamos anestesiados y cuesta empatizar con lo que percibimos como lejano”

En huelga de hambre contra el secuestro de la Global Sumud: “Estamos anestesiados y cuesta empatizar con lo que percibimos como lejano”
Laura Vacas, de 38 años, emprendió hace dos días una huelga de hambre por la liberación de las personas detenidas –más bien secuestradas– que navegaban dentro de la Global Summit Flotilla con dirección a Gaza. Su presencia en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Málaga y después en la de Educación ha servido de recordatorio de las prácticas autoritarias que el Estado de Israel emplea contra quienes denuncian el genocidio y la violación de derechos humanos del pueblo palestino.

La reacción diplomática tras la difusión de vídeos en los que se observa al ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, humillando a los activistas de la flotilla, parece haber acelerado las gestiones para repatriar a las 44 personas de nacionalidad española que se estiman han sido interceptadas durante su misión humanitaria y pacífica, por lo que la acción no violenta de Laura podría acabar en breve. “Si no vuelven todas las personas detenidas, seguiré”, afirma.

¿Por qué iniciaste la huelga de hambre? ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?
Fue en solidaridad con las 87 compañeras y compañeros —entre los 440 detenidos y secuestrados por Israel— que iniciaron una huelga de hambre. Muchas personas en distintos continentes decidimos acompañarles solidariamente hasta su liberación.

¿Conoces a otras personas en el Estado o en otros países que también estén en huelga?
Sé de algunos nombres: una compañera palestina, Hassani, palestina inglesa, fue un poco el corazón de esta iniciativa. También hay personas en Francia y en muchos otros lugares. Es un movimiento muy amplio, distribuido en más de 100 países.

¿Habías hecho algo parecido antes? ¿Cómo valoraste el riesgo?
Nunca. Ni se me había pasado por la cabeza. Entiendo que hay riesgo, pero me inspiran mucho las compañeras de la flotilla cuando dicen: “Me da más miedo vivir en un mundo en el que se pueda bombardear a niñas y niños inocentes… en el que se acepte un genocidio”. Esa reflexión me hizo replantear qué es realmente temible.

¿Cómo reaccionó tu entorno cercano?
El apoyo ha sido conmovedor. Mi madre vino desde Córdoba para acompañarme y verificar mi estado. Pensaba que tendría que justificarme, pero lo que encontré fue cariño y solidaridad abrumadora. De ahí saco mucha fuerza.

¿Tuviste que dejar compromisos laborales?
Soy profesora de español para extranjeros, en una escuela de Málaga. Tengo una relación muy buena con la escuela y una organización flexible del trabajo. Vivo de forma austera y puedo priorizar mi actividad social.

¿Qué primeros cambios has notado gracias a esta acción y al movimiento global?
He visto que algunas personas que no habían encontrado la fuerza para mirar hacia Gaza lo han hecho a través del afecto o la simpatía personal. A nivel mediático, ya en la anterior intercepción se vio un cambio: países como Alemania empezaron a insinuar que no todo lo que hace Israel está bien.

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En esta nueva intercepción, más países se atreven a alzar la voz porque sienten que el pueblo empuja en esa dirección. Incluso dentro del propio Estado israelí empiezan a escucharse disidencias. Estamos tristes por el precio tan alto pagado, pero notamos una inflexión clara en el discurso institucional y un apoyo social muy amplio a la causa palestina.

Cuando dices “precio tan alto”, ¿a qué te refieres?
Al daño físico y moral sufrido por nuestras compañeras y compañeros. Hay docenas de personas con costillas rotas, agresiones físicas, sexuales, verbales, humillaciones… y es público. Si eso lo hacen delante de cámaras con personas respaldadas por sus Estados, imagina lo que viven los palestinos o ahora los libaneses.

¿Cómo te conecta esta experiencia con el sufrimiento del pueblo palestino?
Totalmente. Es experimentar en la propia carne lo que sufren. Si me siento débil, pienso en el hambre en los campamentos, en las familias expulsadas de sus hogares. Nuestros compañeros ponen el cuerpo para permitirnos conectar con ese dolor. A veces estamos anestesiados y cuesta empatizar con lo que percibimos como lejano. Pero cuando son tus amigos quienes lo viven, se te rompe el corazón y, a la vez, encuentras combustible para seguir.

¿Dónde estás realizando la huelga? ¿Has podido mantenerte en un mismo lugar?
Me he tenido que mover porque me han ido echando. El primer día estuve en la Facultad de Comunicación, donde parecía que se entendía la acción, pero me encontré con una rigidez estructural impenetrable. Luego fui a Educación y ocurrió lo mismo, aunque con formas más amables. Al final tuve que irme a casa, perdiendo el valor simbólico de hacerlo en un espacio público. Hoy sigo adelante. Si los compañeros continuaran, lo volvería a intentar con más apoyo.

¿Qué red de apoyo tienes detrás?
En Málaga hay una coordinadora de espacios de solidaridad con Palestina que es brutal, hay muchas redes. También mis compañeros humanistas, mi familia, mi madre, y mis compañeras y compañeros del Global Sun Flotilla, con quienes siento una hermandad total.