Tejer fraternidad: un oasis de encuentro en una sociedad fragmentada

En estas dos últimas semanas he viajado a tres comunidades autónomas para asistir a varios actos y he podido experimentar con mucha fuerza una realidad que contrasta claramente con el ritmo cotidiano de nuestra sociedad. Vivimos marcados por la prisa, el individualismo y los encuentros superficiales.
Viajar de una región a otra me ha permitido constatar que, más allá de las distancias geográficas o de las particularidades de cada territorio, la militancias hoacistas compartimos un mismo idioma invisible: la fraternidad.
Es el lenguaje de la comunión, de la escucha atenta y de la hospitalidad sincera. Llegar a una comunidad que no es la tuya y ser recibido no como un extraño, sino como una hermana de camino, es una experiencia profundamente transformadora.
Mientras el mundo nos empuja constantemente a mirarnos a nosotros mismos, a competir y a encerrarnos en nuestro propio ombligo, estos espacios de encuentro nos invitan a descalzarnos ante la vida del otro, a compartir las alegrías, los cansancios del trabajo diario y las esperanzas de la clase obrera. Como dice Francisco: “Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia adelante»” (Fratelli tutti, 8).
Este dinamismo es lo que llamamos “tejer fraternidad”. No es un concepto abstracto ni una mera declaración de intenciones; es un trabajo artesanal, hilo a hilo, que se realiza en el cara a cara. Frente al descarte y al aislamiento que genera el sistema actual, la HOAC propone una cultura del encuentro que sana y humaniza.
En cada conversación pausada, en cada sobremesa compartida durante estos días, he sentido cómo se fortalecían las redes de resistencia frente a la deshumanización que a veces sufrimos en los entornos laborales y sociales. Es un tejido firme que sostiene y da sentido a nuestra militancia. Hace que el ir y venir constante se convierta en una experiencia gozosa, capaz de mitigar el cansancio y las dificultades que supone hacer y deshacer la maleta, madrugar y trasnochar.
Ha sido también la constatación de que otra forma de relacionarnos es posible y de que el compromiso por la justicia social nace, inevitablemente, de la autenticidad de los vínculos compartidos.
Estos encuentros no se quedan solo en un plano afectivo –que en sí mismo ya es importante–, sino que esta fraternidad que tejemos nos impulsa hacia fuera, hacia el compromiso con quienes más sufren la precariedad y la exclusión. Nos carga las pilas para seguir siendo Iglesia encarnada en el mundo del trabajo.
Acompañarnos y acompañar la vida de las personas de nuestro trabajo, de nuestro barrio y de las organizaciones en las que militamos, nos sostiene y sostiene también a muchos hermanos y hermanas que nos rodean. Así visibilizamos la fraternidad y la comunión; hacemos creíble lo que decimos, generamos confianza y permitimos que los demás se fíen y confíen. Que juntos podamos caminar con la seguridad que da una vida acogida y compartida.
Solo puedo estar agradecida. Y, como decimos en la HOAC, mi agradecimiento es también el compromiso de seguir apostando por esos vínculos que nos humanizan, nos unen, nos fortalecen y nos alientan.
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Presidenta general de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)



