León XIV en España. Crónica anticipada de una visita

León XIV en España. Crónica anticipada de una visita

La próxima visita de León XIV a España llega en el momento perfecto para estudiar sociología comparada sin pagar matrícula universitaria.

El pontífice aterrizará en un país donde uno puede discutir simultáneamente sobre vivienda y desahucios, memoria histórica e impuestos, banderas y corrupción, reguetón y tortilla con cebolla antes de que el camarero traiga el café. Y ahí aparece él: un Papa que está convirtiendo la moderación en un deporte escandaloso.

Mientras medio planeta se reorganiza entre guerras, populismos y dirigentes que escriben en redes sociales como si comentaran un partido de fútbol, León XIV insiste en conceptos peligrosamente vintage: diálogo, dignidad humana y fraternidad. Una provocación en este 2026.

La prioridad nacional: bronca, cañas y banderas patria

En España, además, pisa terreno delicado. Porque aquí la política hace tiempo que dejó de consistir en mejorar la vida de la gente para convertirse en el noble arte de impedir que el rival parezca humano. El Congreso recuerda ya menos a las Cortes de Cádiz que a una comida de Navidad retransmitida en directo.

Y ahí estará el Papa diciendo algo escandalosamente revolucionario: que gobernar sirve para que la gente viva mejor. No para ganar zascas. No para acumular palmípedos. No para medir la libertad nacional según el número de cañas que uno pueda beber en una terraza climatizada.

Quizá convenga redefinir eso de “la prioridad nacional” y “política para adultos”. Porque una nación no se sostiene solo con banderas gigantes, broncas televisadas y patriotismo de sobremesa. También cuentan la vivienda imposible, la precariedad juvenil, las listas de espera o los inmigrantes pendientes de regularización, aunque todo eso genere menos clics que un diputado insultando al adversario en el Parlamento.

La Iglesia española: entre la caridad y el catastro

León XIV también aterriza en una Iglesia española que parece un ecosistema diseñado por varios guionistas enfrentados: Uno, bien asentado en el centro; otro, ninguneado en la periferia. Conviven religiosas que sostienen barrios enteros, sacerdotes que hacen más trabajo social que algunos ayuntamientos, colectivos como CCP, Redes Cristianas o La Revuelta de Mujeres en la Iglesia sirviendo y mentalizando con gratuidad, y movimientos ultraconservadores que siguen considerando el Concilio Vaticano II una travesura desafortunada del Espíritu Santo.

Y, por supuesto, aparecerán los viejos fantasmas. La pederastia clerical seguirá ahí, incómoda y persistente, recordando que la credibilidad moral no se recupera con comunicados ambiguos ni comisiones eternas. El verdadero escándalo no fueron solo los abusos, sino demasiados años de silencio administrativo bendecido con mitra y báculo.

También regresará el debate sobre las inmatriculaciones: ese milagro jurídico mediante el cual miles de bienes acabaron registrados a nombre de la Iglesia con una facilidad desconocida incluso para el mismo Pablo de Tarso, haciendo colectas entre las comunidades para ayudar a los pobres. En España uno puede tardar meses en conseguir una cita administrativa, pero hubo épocas en que registrar una ermita, un cementerio o una catedral, parecía casi un sacramento notarial instantáneo.

Y luego están los acuerdos preconstitucionales con la Santa Sede, supervivientes jurídicos del tardofranquismo que muchos consideran tan contemporáneos como un teléfono de rueda. Cada vez más sectores reclaman revisarlos o directamente superarlos para adaptar las relaciones Iglesia-Estado a una democracia madura y plural.

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El Evangelio no era exactamente un programa identitario

La paradoja promete escenas memorables: dirigentes ultraderechistas reivindicando raíces cristianas mientras esquivan con notable agilidad los muchos lugares del Evangelio relacionados con pobres, migrantes, mujeres o misericordia.

León XIV probablemente insistirá en algo incómodo para esa cierta nueva derecha europea: que el cristianismo no nació para levantar muros entre los pueblos, no establecía fronteras Schengen. Y ahí empezarán las matizaciones. Que si contexto histórico. Que si prudencia. Que si orden. Que si “no es tan sencillo”.

Muchos citarán al Papa con entusiasmo… hasta que el Papa recuerde que Jesús nació en una familia desplazada y que las bienaventuranzas nunca mencionaron la identidad nacional como requisito de salvación.

Todos aplaudirán. Después llegará la traducción simultánea

Naturalmente, todos aplaudirán. España mantiene todavía un admirable espíritu ecuménico: aquí cualquier frase suficientemente abstracta recibe ovación cerrada.

Cuando León XIV hable de fraternidad universal, dignidad de las personas LGTBI+ o acogida, cada partido explicará después que respaldaba exactamente su programa electoral. Habrá expertos capaces de interpretar una homilía sobre los pobres como una defensa simultánea del libre mercado, como la justicia redistributiva y la bajada del IVA de las aceitunas rellenas. La política española tiene ese talento litúrgico: responder “amén” antes de escuchar el sermón completo.

Un hombre vestido de blanco en un país acostumbrado a gritar

Quizá León XIV no consiga convertir el Congreso en una comunidad de diálogo. Tampoco parece probable que algunos obispos descubran súbitamente el feminismo evangélico o que ciertos tertulianos abandonen la rentable industria del griterío permanente.

Pero su visita dejará al menos una imagen interesante: un hombre vestido de blanco entrando en un país acostumbrado a gritarse a sí mismo e intentando recordar algo casi extravagante en estos tiempos: Que el adversario no siempre es un enemigo. Que la dignidad humana no depende de la ideología.

Y que una sociedad no se mide solo por sus mercados, sus banderas o sus cañas al sol, sino por cómo trata a quien menos cuenta. Incluso aunque después nadie quiera admitir que el Papa iba exactamente por ahí.

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