Cuando la oración se apaga: claves para recuperar y reavivar la relación con Dios

Cómo relacionarnos con Dios
José Antonio Pagola
PPC, Madrid, 2025
136 págs.
En la presentación de este libro se dice que el objetivo de esta obra es ayudar a los cristianos a recuperar y reavivar la oración. Hay cristianos que han abandonado prácticamente la oración. Han aprendido a vivir sin relacionarse con Dios. Ya no se comunican con él. Para muchos otros la oración es algo rutinario que “no alienta ni transforma su vida”, rezan sin hablar con Dios, comulgan sin comulgar con Cristo, oyen la lectura del evangelio sin escuchar la Buena Noticia de Jesús, rezan el padrenuestro sin sentir a Dios como Padre, ni a los demás como hermanos… “su oración está hecha de fórmulas repetidas” (p. 31).
Algunos se dan cuenta de su situación, pero no saben cómo reaccionar. Incluso sienten necesidad de rezar en momentos de apuro y dificultad, pero no aciertan a orar. No les sale nada de su interior. ¿Qué se puede hacer después de muchos años sin rezar?
El objetivo de esta obra es que estas personas puedan reavivar su oración y para ayudar al lector en esta pretensión Pagola aborda diversos temas: el primero es saber qué es orar, a lo que se responde que es “invocar a Dios como nuestro Padre. Dialogar con Dios confiando siempre que él nos escuchará”. Para ello se acude —segundo tema— a una referencia sustancial: ¿cómo oraba Jesús? ¿Cómo era la relación de Jesús con su Padre? ¿A qué le mueve en la vida esa relación? El tercer tema plantea cómo recuperar nuestra capacidad de orar y cómo reavivar la oración partiendo desde la vida, desde la experiencia que vamos viviendo en cada momento y desde la experiencia de la fraternidad a que nos convoca nuestra condición de hijos e hijas de un mismo Padre, para que como en la oración de Jesús el Reino sea un contenido central.
Pagola señala la necesidad de reavivar la oración y que para ello hemos de aprender a meditar, a pensar sobre lo que nos sucede, «de tal manera que nos lleve a Dios» y apunta que orar requiere cuidar el silencio interior para poder escuchar a Dios; hemos de recuperar y encontrar el sentido de la oración vocal, encontrar una frecuencia y unas condiciones externas que posibiliten ese diálogo con Dios, que es de lo que se trata en la oración.
Para ello, Pagola nos recuerda que habremos de volver a la oración de Jesús, a sus momentos, a su modo, a su estilo de oración desde la vida, desde los sencillos y los pequeños, al servicio del Reino de Dios y su justicia.
Desde la experiencia de santa Teresa de Jesús, y la invitación a cuidar nuestra actitud orante, Pagola ofrece algunas sugerencias prácticas, centrándose sobre todo en la lectura orante del evangelio de Jesús, la lectio divina, y en la oración contemplativa desde el silencio del corazón.
Termina este pequeño libro ofreciendo un elenco de oraciones sencillas que hizo para que su hermana pudiera relacionarse con Dios “cuando le faltaban pocos días para encontrarse con él”.
En el trasfondo de toda experiencia orante, dado que la oración es la primera consecuencia de la fe, la primera necesidad que surge consustancial a la fe, es la de vivir una experiencia vital como la de Jesús: la experiencia del amor del Padre; saberse y sentirse amado incondicionalmente por Dios, experimentarlo en la vida cotidiana, más allá de una emotividad superficial o instantánea. Es la experiencia que sostiene la vida creyente, y la experiencia a la que ayudar a llegar las búsquedas de tantas personas en este tiempo.
Nuestro ritmo de vida acelerado, superficial, provisorio no facilita precisamente la oración, el diálogo calmado y sin prisas, la escucha. Nuestro mundo ahíto de ruidos que ensordecen no propicia los espacios de silencio y encuentro con uno mismo, con los otros, con la creación y la existencia, con Dios, en fin. Orar desde la vida no puede hacerse sin la escucha de Dios y la escucha de la creación, sin la escucha de lo que el Espíritu va suscitando en nosotros, y de lo que la existencia cotidiana va gritando a nuestro paso. Necesitamos esos espacios y tiempos, pero, en la raíz, necesitamos ser hombres y mujeres de oración. No se trata de momentos concretos, que también son necesarios, sino de la actitud de nuestra vida; se trata de ser hombres y mujeres de oración que vivimos las veinticuatro horas del día en la presencia amorosa de Dios.
Eugenio Merino, que fue el primer consiliario general de la HOAC, decía a los militantes: “No recéis tanto, orad”. Hemos de aprender a dar el paso desde la recitación de oraciones de otros, que también pueden ayudar, pero que quizá no ayudan del todo a expresarnos en ese dialogo íntimo con Dios, a formular nuestra propia oración, desde las situaciones que vivimos cada día, desde lo que somos y hacemos, desde nuestras alegrías y nuestras penas, en las que también se comprenden las de nuestras hermanas y hermanos. La oración cristiana siempre es oración por los otros.
Habremos de aprender a encontrar nuestras palabras, y también nuestros silencios, porque para bastantes personas, nos recuerda Pagola, “Dios ha podido quedar irreconocible cuando se presenta bajo un cierto lenguaje religioso” (p. 25). Quizá el problema no es solo que Dios resulte irreconocible, sino que terminemos quedándonos, como advertía Juan Martín Velasco, con imágenes deformadas de Dios, que terminan por trastocar o pervertir la relación con él. El culmen de nuestra oración es el silencio que no necesita palabras, que simplemente nos dispone a la escucha del amado, al encuentro personal e íntimo con él. El silencio cristiano “es abrirnos al misterio de Alguien que nos ama sin fin”.
Pero para ello es necesario cultivar algunas actitudes básicas que permitan acoger a Dios en nuestra vida y nuestra oración (p. 26): recogernos, cuidar la atención interior que hace posible el encuentro con Dios; pasar de la superficialidad a la autenticidad, porque “soy yo el que ha de encontrarse con Dios”. Pasar de la evasión a la disponibilidad; se trata de dejar espacios por los que Dios pueda llegar hasta nosotros. Convertir la oración en un dialogo personal con Dios, y estar dispuestos a orar siempre en la oscuridad, porque “aprender a orar es aprender a vivir ante el misterio de Dios” (p. 29) y la oración que se hace en medio de la oscuridad, la duda, el vacío, o la sequedad “es uno de los caminos más reales para crecer en la fe y para acercarnos realmente a Dios” (p 30).
Se trata de redescubrir la oración como trato de amistad con Dios, como el “estar con Dios” y de sentir todo lo que es parte de nuestra vida como motivo de oración. “Todas nuestras oraciones y rezos van cobrando otra vida cuando recogen y expresan nuestro vivir diario” (p. 34) ya que la oración es siempre algo personal y si “se me prestan las palabras, yo he de hacerlas vibrar en mi corazón” (p. 35).
Para todo esto no hay recetas, sino que cada cual busca su camino como Jesús buscó y encontró el suyo. Para los cristianos es necesario descubrir cómo oraba Jesús porque “su oración es el modelo que ha de inspirar la oración de sus seguidores” (p. 41).
Esta obra de José Antonio Pagola nos ayuda, a buen seguro a encontrar ese camino, porque impulsa a buscar.
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De comienzo en comienzo. Ahora teólogo y vicario parroquial. Director de la Escuela de Formación Social de la Archidiócesis de Madrid



