Pepe Laguna, teólogo: «La religión tiene su lógica soberana, tan distinta a la del mercado»

Pepe (José) Laguna, teólogo y una de las voces más incisivas de Cristianisme i Justícia, acaba de publicar Desconectados. Por una vida improductiva. Desde su experiencia en la educación no formal y su trayectoria comunitaria en Villaverde y Cáritas, propone una espiritualidad que reivindica la vulnerabilidad, el cuidado y el límite como formas de resistencia.
¿Qué te movió a escribir este cuaderno y cómo se relaciona con tus preocupaciones recientes recogidas en Dios impotente?
La necesidad de reflexionar desde la teología sobre este cambio de época y la crisis que lo caracteriza, junto con los discursos que nos han traído hasta aquí. Por otro lado, está la necesidad vital de orientarme en este contexto en el que hay tanta gente que lo pasa mal, para comprender el mundo, no solo para entenderlo, sino para hacerlo mejor.
¿Qué mutación de fondo supone el «capitalismo vampírico» en relación al tecnofeudalismo, capitalismo de vigilancia, economía de la atención o inmaterial?
El homo sapiens de la Ilustración decía: atrévete a saber. Luego llegó el homo laborens en la Revolución Industrial y el ser humano se valora porque trabaja. Ahora surge el homo digitalis, que hace otras cosas.
El cambio de tecnología no es solo utilizar más herramientas digitales. Sigue alimentando la misma dialéctica extractivista que nos ha llevado a donde estamos. No es tanto entender por qué usamos más la tecnología, sino a qué lógica responde y qué consecuencias tiene. Se puede decir que la mano invisible del mercado ha mutado como tecnología, pero sigue en la misma dialéctica.
¿Qué tiene de particular la nueva tecnología precisamente en este tiempo acelerado, sobre todo en su efecto más antropológico, en el sistema cognitivo de las personas y en las dinámicas sociales?
Toda herramienta es, de alguna manera tecnología, un martillo es «tecnología». Hay tecnologías cognitivas como puede ser un libro, que media el conocimiento con sus propias reglas. Abres uno, te paras y te sientas a leer… La tecnología digital condiciona la manera de pensar y entender el mundo. En un libro, la intriga te permite hablar del pasado, presente y futuro. Lo cierras y acabas. Lo que hayas aprendido se queda en ti.
La tecnología digital no quiere
que salgas, te atrapa en un tiempo
instantáneo en el que todo
acontece a la vez
La tecnología digital no quiere que salgas, te atrapa en un tiempo instantáneo en el que todo acontece a la vez y es instantáneo. Compras algo y quieres que te llegue inmediatamente. Este modo de entender el tiempo, instantáneo y simultáneo, impacta en cómo pensamos en el futuro, en el progreso, condiciona nuestra percepción de la realidad.
¿Qué puede enseñarnos la historia de los movimientos obreros que defendieron el tiempo improductivo y, junto al pan, reclamaban también las rosas?
Además de mejores condiciones de trabajo y disputar la productividad, también pedía que se deje de trabajar, poner freno, para dedicarse al ocio, la conciliación… Cuando se diluyen las fronteras, nadie te dice cuando se abre y se cierra «la fábrica digital», no hay separación entre la actividad mercantil y la vida. Sin un sujeto educado, el capital se frota las manos, porque nos pone a trabajar continuamente. Aquí el movimiento obrero y el sindicalismo tienen que replantearse esta nueva realidad: la de una fábrica que se ha hecho omnipresente.
¿Cómo encaja el arte y la conmoción ante la belleza y el misterio en la resistencia al productivismo?
Nuestros espacios vitales tienen actividades que no son mercantiles, muchas, la mayoría. Trabajamos para ganarnos las habichuelas, vale, hay que hacerse con las bases materiales de la vida. Pero gran parte de lo que hacemos, el cuidado de la familia o la búsqueda de la belleza por la belleza no es cuantificable en términos económicos.
Necesitamos una mirada lúcida, porque como no estemos atentos, el neoliberalismo araña e invade todos esos espacios no productivos..
Tu propuesta de «amurallar la vida», de dejar de comportarnos como «mineros auto explotados» y alejarnos del «utilitarismo» suena tan contracultural como disruptiva tras siglos de progreso tecnológico…
Reivindico, incluso aunque parezca derrotista, que toda nuestra historia como seres humanos está acompañada por una historia más pequeñita, no solo de resistencia, sino de cuidado, de belleza, de vida improductiva. Esta es una tradición oculta frente a la producción, los grandes logros, la gran historia. Para que alguien haya llegado a la luna, ha habido alguien que ha tenido cuidar de los hijos, hacer la comida, lavar la ropa.
Quiero poner en valor todas esas prácticas que reproducen la vida frente a prácticas que la van consumiendo. Tengo mucho empeño en rescatar la vida desnuda, improductiva, que es la que sostiene la vida. Los grandes proyectos no se sustentan en el aire sino sobre cadenas de cuidados que sostienen la realidad.
¿Cómo pueden las tradiciones religiosas ampliar los ámbitos no mercantilizables y evitar servir al mercado-algoritmo?
En momentos de crisis, aparece la opción del repliegue y de las identidades fuertes. Hay una tendencia a recurrir a la religión como fuente de seguridades. La religión, es verdad, puede utilizarse para alimentar un orden injusto, la exclusión y el choque de identidades. Lo estamos viendo ahora mismo. El peligro del Dios omnipotente es convertirlo en garante de ese orden injusto. Por eso, me interesaba hablar de un Dios impotente que cuestione e interpele. Recuperar otra declinación de lo religioso que aparece como una configuración alternativa del espacio y del tiempo, con su propia lógica soberana tan distinta a la lógica del mercado. La liturgia nos introduce otra lógica en ese mismo espacio y tiempo, pero se abren a la gratuidad, al compartir, a la de fraternidad, al considerar a los seres humanos como hermanos y no como meros individuos. Es una idea de religión como oasis de prácticas diferentes, que estimula prototipos de vida con otros usos, otras temporalidades y otros lugares. Lo religioso, no como evasión y refugio de lo mal que va el mundo, aparece como alternativa. Esto siempre ha estado ahí. Es importante explorar los recorridos políticos de esa religión «impotente».
¿Qué elementos y experiencias específicas de la tradición judeocristiana impulsar la liberación, en este caso, de las cadenas digitales?
Las religiones tienen toda una tradición del cuidado. Se puede leer el Génesis y quedarte en aquello de multiplicar y dominar la Tierra, con esa lógica, que en el otro relato que, también está ahí, de cultivar y cuidar la Tierra. Han predominado unas interpretaciones sobre otras.
No vivimos solo para cubrir
necesidades, no existimos solo para
sobrevivir, sino que deseamos también
una vida buena
En los propios milagros de Jesús ha predominado lo maravilloso de cambiar una situación, vinculado al poder, pero también hay otra orientación que nos habla de que alguien excluido de la sociedad a través de la sanación se reintegra en ella. Si hacemos una reinterpretación, si volvemos a leer con una mentalidad más débil, desde la impotencia y no desde el poder, podemos encontrar muchas claves. Lo religioso está asociado también a la productividad, a solucionar algo. Pero es también un acceso diferente al mundo de la vida.
La lectura de la parábola del samaritano incluso fuera del contexto eclesial sigue siendo válida como semántica sociopolítica para gente no creyente. El propio papa Francisco lo señaló así en Fratelli tutti.
¿Hasta qué punto consideras necesario cambiar la mirada del deseo, e incluso el erotismo, desde la ascesis cristiana y el voluntarismo militante?
¡Claro que hay muchas cosas que cambiar, injusticias contra las que luchar, condiciones materiales que lograr! ¡Vida digna para todo el mundo! Ahí hay que estar desde luego, pero hay otros elementos que, a veces, se nos olvidan en religiones muy éticas, en militancias muy aguerridas, y es que los seres humanos somos animales deseantes.
El deseo, que se ha interpretado solo como negativo a veces, también implica el deseo de una vida feliz, plena, justa, buena y bella para todos. No vivimos solo para cubrir necesidades, no existimos solo para sobrevivir, sino que deseamos también una vida buena. Hay que contar con ese deseo, porque si no la militancia se vuelve, por justa que sea, agotadora.
Tal vez, una misión como creyentes puede ser también reapropiarnos del deseo como energía positiva. Eso es también el banquete del Reino y el hijo pródigo. No solamente hay que resolver el hambre material, dar de comer al hijo que vuelve. El padre le organiza un fiestón. En el banquete están el tullido, el ciego…, celebrando una fiesta. No es solo una cuestión nutricia, junto a la comida hay una fiesta. Necesitamos el pan y también las rosas.
¿Cuál ha sido la consecuencia más perniciosa de la histórica incomprensión eclesial de la dimensiones afectivas y emocionales?
Cuando se incorpora la reflexión política y social feminista, aparece la reivindicación de lo corporal, como entramado de lo político. Incorporar el cuerpo en la vida es también contar con sus deseos, su placer, su sufrimiento, su vulnerabilidad, todo…
Cuando los cristianos decimos que Dios se encarna, solemos tomar solo una parte, lo que tiene que ver con la justicia y el bien, digamos… ¿Qué pasa con el deseo, con el cuerpo, con el placer? No quiero ser ingenuo aquí, hay que contar con que el deseo tiene aspectos peligrosos y perversos. Pero no podemos quitar esta dimensión, sin perder lo humano. La persona sufre, llora, canta y goza… Si eliminamos el gozo, estaremos ante un dios o un robot, pero no del ser humano.
No conviene confundir pulsión con deseo. Lo tecnológico es muy pulsional, muy emotivista también. El recurso a lo emocional, que es instantáneo, el aquí y el ahora, inflama el alma, pero tiene poco recorrido comunitario, político, biográfico… El deseo es más grande, apunta hacia el horizonte de la plenitud. Hay un peligro en recurrir a la emocionalidad rápida, en lo que las redes son un aliado fundamental. Eso alimenta la pulsión, pero no tanto el deseo verdadero. •
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