Paz y naturaleza

Ante el Día de la Madre Tierra (22 de abril)
Vincular paz y naturaleza es hoy una necesidad, pues rescata y reúne dos realidades habitualmente postergadas, sea por descuido o porque estorban dentro de un modelo económico y político en el que, como muestran los acontecimientos recientes, rige la ley del más fuerte. Sin embargo, ya al inicio de nuestro siglo se presentó un documento de capital importancia: la Carta de la Tierra. Elaborada en tiempos distendidos (uno de sus artífices fue Mijail Gorbachov, que además de promover el diálogo político fue presidente y fundador de la organización ambiental Cruz Verde Internacional), señalaba la Comunidad de Vida como punto de partida y horizonte de una nueva cultura que integra todos los seres sintientes y promueve una ética biocéntrica superadora de la puramente humana.
Mas, la Carta de la Tierra no solo apunta a la conservación y guarda de la naturaleza, sino que se adentra en las relaciones sociales promoviendo la justicia, la democracia, la paz y la no violencia, así. en una sola palabra, porque no es oposición ni contrario, sino actitud ante la vida y eficaz vía para la resolución de los inevitables conflictos. La paz, por otra parte, es fruto de la justicia, de tal manera que no puede lograrse mientras los desequilibrios predominen. No bastan, pues, los nobles, y a veces ingenuos, deseos de paz si no van acompañados de un compromiso decidido por reducir la desigualdad, la mentira y el expolio como formas de dominio.
En los conflictos bélicos actuales, el medio ambiente es otra de sus víctimas. Se queman bosques, se destruyen acuíferos, se contamina el aire, se envenenan los suelos, se matan animales. En Afganistán se han registrado tasas de deforestación del 95%. Algo similar ha ocurrido en Gaza. En Haití la degradación ambiental, el cambio climático y la inestabilidad sociopolítica se refuerzan mutuamente. Y en los países de África donde se han vivido conflictos bélicos, el medio ha quedado devastado. Mientras, las emisiones de gases invernadero procedentes de la industria militar se sitúan entre el 5-6% del total. No necesita el mundo mayores presupuestos militares sino cultura de paz y de justicia.
Junto con el trabajo por la paz, la reconexión con la naturaleza debe ser otro de los ejes de este tiempo. Ignorando que somos parte de ella nos hemos distanciado, inmersos en frías urbes donde aparecen disfunciones que hoy ya conocemos como Trastornos de Déficit de Naturaleza (TDN). Y es que sabemos que la naturaleza enseña, educa, sana y renueva a todos los que se adentran en ella con espíritu receptivo. Si el término educación procede de “educere” –sacar fuera- la naturaleza extrae lo mejor de cada uno generando paz, equilibrio, entusiasmo…, y despertando el asombro ante la belleza, una cualidad que se percibe porque la llevamos dentro. Se conecta con el misterio y se rompe la sensación de soledad al descubrirse fraternalmente unidos a la poderosa trama de la vida que a todos impulsa.
Vivir cerca de parajes o entornos naturales mejora a los convalecientes, previene enfermedades, reduce el estrés y rebaja la agresividad. Sin embargo, sufren la indiferencia y el abandono, cuando no las agresiones directas por parte de un modelo de crecimiento insaciable que convierte la naturaleza en objeto de explotación y abuso De ahí que trabajar a su favor lo sea también por la paz, y a esta hermosa tarea, de la que depende cada vez más nuestro futuro, están llamadas todas las personas de buena voluntad, hombres y mujeres que anhelen la renovación de este viejo sistema.
Albert Scheweitzer, premio Nobel, también encontró esta vinculación y la formuló a través de una inteligente advertencia: “Mientras que la compasión no abarque a todas las criaturas el ser humano no encontrará la paz”. Ser humano y naturaleza comparten pues, desde hoy, desde siempre, un destino común. De nosotros, en lo personal y lo comunitario, depende que sea favorable.

Doctor en Química
Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental



