El mito del absentismo: cuando enfermar se convierte en sospecha

El mito del absentismo: cuando enfermar se convierte en sospecha
Foto | Titiwoot Weerawong (vecteezy)
Cada cierto tiempo, como si de una coreografía perfectamente ensayada se tratara, leemos y escuchamos desde los altavoces de la cúpula empresarial titulares alarmantes sobre los miles de millones de euros que las empresas pierden porque las plantillas «no van a trabajar».

El fantasma del absentismo se nos presenta como una plaga, casi como un sabotaje a la economía nacional y aparece cíclicamente como conflicto social entre patronal y sindicatos.

Sin embargo, para quienes frecuentan el suelo de las fábricas, las oficinas, los andamios o los supermercados, la realidad se aprecia de manera bien distinta. Y, sobre todo, con otro nombre. La obsesión empresarial por el absentismo es un debate que los sindicatos suelen desmontar con datos, pero que la patronal se niega a cerrar. Y no lo cierra porque mantener vivo este discurso no es un error de cálculo, sino una estrategia muy pensada para desviar la atención de las verdaderas fracturas del mercado laboral. Hoy, cuando la epidemia del estrés, la ansiedad y los riesgos psicosociales derivados del propio trabajo asfixia a un número cada vez mayor de personas, la dirección de las empresas prefiere culpar a la persona trabajadora. Es una forma de eludir su responsabilidad en esta crisis de salud mental y, de paso, criminalizar un derecho fundamental: el derecho a enfermar y a curarse.

La gran trampa de las palabras y los números

El primer paso para desmontar esta campaña es entender la trampa lingüística sobre la que se sostiene. Cuando las organizaciones empresariales hablan de «absentismo», en ocasiones meten en una misma coctelera realidades que no tienen nada que ver. Suman las ausencias injustificadas –que son estadísticamente residuales y minoritarias– con los permisos retribuidos, las horas sindicales y, sobre todo, las bajas médicas por incapacidad temporal (IT).

Llamar «absentismo» a una trabajadora de 55 años que está de baja por un tratamiento oncológico, a un albañil con una lumbalgia incapacitante o a una cajera con una depresión por sobrecarga de trabajo es una perversión del lenguaje. No están «ausentes» por voluntad propia ni por desidia. Al fusionar el escaqueo con la enfermedad, el discurso empresarial logra sembrar la sospecha sobre cualquier persona trabajadora que entrega un parte de baja, convirtiendo un problema de salud en un problema disciplinario.

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