El ministerio de la caridad y de la justicia y otros posibles perfiles, cristianos o no (y IV)

El ministerio de la caridad y de la justicia y otros posibles perfiles, cristianos o no (y IV)

En anteriores aportaciones he recodado el núcleo cristológico y eclesial del ministerio de la caridad y de la justicia: seguimiento explícito de Jesús, reconocimiento de su «carne» en los pobres y pertenencia a una comunidad que discierne, reconoce y envía. E, igualmente, he recordado la existencia de “otros perfiles próximos y valiosos que pueden participar en su desarrollo. En esta Ocasio me detengo en tres: el «cristiano anónimo» o «practicante» de la caridad y de la justicia; el seguidor de Cristo en la liturgia que descuida u olvida su «carne» pero incorporado a una comunidad o iglesia; y el seguidor de un Jesús «con carne», pero sin comunidad.

El perfil del “cristiano anónimo” o “practicante”

Cuando nos encontramos con personas particularmente comprometidas con la caridad y la justicia, pero que no reconocen explícitamente a Jesús ni pertenecen a una comunidad cristiana, no cabe afirmar sin más que desconozcan su programa. Su actuación puede estar objetivamente en sintonía con las Bienaventuranzas y con la parábola del juicio final, aunque no vivan ni interpreten ese compromiso como una relación consciente con el Nazareno. Este perfil también resulta relevante para comprender el alcance y la importancia de la propuesta aprobada por los obispos españoles en la 129.ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal.

Desde una interpretación cristiana, estas personas viven la caridad y la justicia sin una referencia explícita a Jesús ni una pertenencia formal a la comunidad eclesial. Sin embargo, su conducta puede estar objetivamente en sintonía con el programa de las Bienaventuranzas y, a la luz de la identificación de Jesús con los pobres, puede describirse teológicamente como una relación implícita o atemática con el Nazareno presente en los parias de nuestro mundo.

Esta persona, sea creyente o no en determinadas verdades, no suele ser practicante litúrgica ni pertenecer a una comunidad de seguidores del Nazareno. Sin embargo, en sintonía con la aportación de K. Rahner, puede ser caracterizada como «cristiano anónimo» o, a la luz de la identificación de Jesús con los pobres y de la parábola del juicio final, como «practicante» de la caridad y de la justicia. Desde una lectura cristiana, su atención a la «carne» del Nazareno permite reconocer en su conducta una forma implícita de seguimiento, aunque la propia persona no se identifique como seguidora de Jesús ni esté integrada en una comunidad cristiana. Su participación en un programa de intervención eclesial podría ser semejante a la que prestaría en una ONG aconfesional o partidaria de una laicidad positiva, respetuosa con la pluralidad religiosa y de cosmovisiones.

Suele ser bastante frecuente que muchos -o algunos- de estos “cristianos anónimos” o “practicantes de la caridad y de la justicia” se sumen a los encuentros oracionales o de formación teológica sin plantear problemas de ninguna clase. Es más, no faltan las ocasiones en las que pueden llegar a mostrarse particularmente interesados.

No hay que descartar que, respetando siempre la libre autoidentificación de la persona en cuestión, quien así entiende y vive su compromiso en favor de la caridad y de la justicia, puede llegar a ser reconocida y tipificada -desde el punto de vista teológico y pastoral- como “cristiano anónimo” o “practicante de la caridad y de la justicia” por los compañeros y compañeras que explícitamente lo sean y, en el caso, de que desempeñe tal compromiso en una institución u organización eclesial dedicada a la caridad y a la justicia.

Obviamente, es patente que no puede ser un ministro o ministra de la caridad y de la justicia, aunque puede colaborar como voluntario o voluntaria, siempre que respete la formación teológica y las celebraciones -sacramentales, piadosas o de otro tipo- de los seguidores de Jesús que puedan formar parte del equipo responsable de la caridad y de la justicia de toda comunidad cristiana o parroquia. E, igualmente es patente que puede ser un excelente profesional integrado, por ejemplo, en un modelo de Cáritas que sea profesional y, por ello, no ministerial, aunque sí de inspiración cristiana.

El perfil del seguidor de Jesús “sin carne”, pero con comunidad

Hay también cristianos que tienen dificultades para acoger —o simplemente rechazan— la identificación de Jesús con los pobres y entienden que seguir al Nazareno consiste principalmente en participar en la eucaristía dominical, en celebraciones litúrgicas —como la adoración eucarística— y en otros actos de piedad, junto con la realización de algunas obras de caridad. Este perfil permite reconocer el riesgo señalado en el debate con Clodovis Boff: afirmar la centralidad de Cristo sin integrar su identificación con los pobres y la exigencia de la justicia.

Suele ser el perfil de quienes, ciertamente, siguen de manera explícita a Jesús, pero puede ser -o acabar siendo- un seguimiento de Jesús “sin carne” porque su fundamento no es dicha identificación con los pobres ni, de manera explícita y primera, lo dicho, hecho y encomendado por el Nazareno, sino, ante todo y casi exclusivamente, la eucaristía y las prácticas de piedad religiosa, así como la limosna o donativos a la iglesia para obras de caridad en favor de los más necesitados. Ni suele tener mucho interés en cuidar la erradicación de las causas que provocan la miseria y necesidad, aunque eso no quiere decir que no practique la caridad

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Desde el punto de vista teológico y pastoral se trata de una persona creyente de verdades y piadosa que sigue a un Jesús “sin carne” y lo hace perteneciendo a una comunidad cristiana o parroquia en la que se favorece tener un cierto compromiso en favor de la caridad, aunque no necesariamente en favor de la justicia. Hasta ahí -y en eso- suele consistir y llegar su seguimiento de Jesús y pertenencia comunitaria.

Este suele ser el perfil de cristianos a los que la sociología religiosa más habitual denomina “practicantes” porque lo son del culto y de otros sacramentos, de algún acto de piedad, no siendo extraño que algunos de ellos se comprometan en la realización de actos de caridad sin justicia o, lo que es lo mismo, con poca “carne” o con descuido de la misma.

Cuando este modo de entender la vida cristiana se consolida, el riesgo principal no es el abandono explícito de Jesús, sino la reducción de su seguimiento a una experiencia predominantemente cultual y devocional. La pertenencia eclesial permanece, pero la identificación del Nazareno con los pobres y la centralidad práctica de la justicia quedan insuficientemente integradas en la vida de fe.

Por eso, el desafío que presenta la atención teológico-pastoral de personas con este perfil pasa por ayudarlas a articular la celebración, el programa evangélico y el encuentro con Cristo en los últimos de nuestro mundo. Solo así el seguimiento podrá desplegar toda su riqueza cristológica, espiritual y comunitaria.

En consecuencia, mientras permanezca esta comprensión parcial del seguimiento, tales personas podrán colaborar en el equipo responsable de la caridad y de la justicia e incluso desempeñar profesionalmente tareas en una Cáritas de inspiración cristiana; pero no parece adecuado reconocerlas como ministros de la caridad y de la justicia, ya que este ministerio exige una articulación explícita entre Jesús, su “carne” y la comunidad que envía.

El perfil del seguidor de Jesús “con carne”, pero sin comunidad

Existe, además del «cristiano anónimo» o «practicante» de la caridad y de la justicia y del seguidor de Jesús en la liturgia que descuida u olvida su «carne», un tercer perfil: la persona que confiesa explícitamente a Jesús, reconoce su presencia en los pobres y asume el compromiso con la justicia, pero no pertenece de manera explícita y efectiva a una comunidad cristiana o parroquia.

Este perfil tampoco puede ser reconocido y enviado como ministro de la caridad y de la justicia, pues no puede representar a una comunidad cristiana ante el mundo de la injusticia ni llevar a esa comunidad la voz de quienes sufren. Su compromiso «con la carne» de Jesús es valioso, pero el ministerio exige además pertenencia, reconocimiento y envío comunitarios. Con esta última distinción queda completo el marco necesario para formular la conclusión.

Conclusión

Reitero la importancia del acuerdo adoptado por la Conferencia Episcopal Española y la necesidad de desarrollarlo como una estrategia teológico-pastoral de caridad y justicia «con Jesús», «con carne» y «en comunidad».

La creación de este ministerio permitiría integrar institucionalmente la caridad y la justicia en la pastoral ordinaria y articularlas con el anuncio, la celebración y la presidencia. También ofrecería un marco para redefinir la relación entre las comunidades cristianas y las organizaciones profesionales de acción social, de modo que la colaboración respete tanto la competencia técnica como el liderazgo pastoral de la comunidad.

De la adecuada comprensión e implementación de este ministerio puede depender, en buena medida, la posibilidad de propiciar y consolidar comunidades vivas, estables, corresponsables y con futuro.

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