Derecho a techo en una casa común sostenible y habitable

Derecho a techo en una casa común sostenible y habitable
FOTO | Acampada en Sol. Vía A. Pérez Meca, Europa Press

Todos somos conscientes de los problemas que supone no disponer de una vivienda adecuada. A lo largo de estas semanas hemos podido ver en diversas ciudades de España cómo cientos de personas están saliendo a la calle para reclamar el derecho a una vivienda digna y en condiciones.

Muchos jóvenes no pueden emanciparse, hay familias que no encuentran un alquiler asequible económicamente, hay personas mayores que viven con el miedo de perder su casa.

Conocemos también a personas sin techo, sin trabajo, sin percibir un sueldo digno, muchas de ellas migrantes, desplazadas o refugiadas. Y también otras que malviven hacinadas en pisos o en habitaciones insalubres.

La vivienda no es un lujo ni un bien solamente económico; es una condición fundamental para poder llevar una vida digna. Todos los seres humanos tenemos derecho a una vivienda en condiciones.

Y dado que Dios creó el mundo para que viviéramos en él de manera ordenada y sostenible, no como dueños de la creación sino como administradores de la misma, deberíamos caer en la cuenta de que nuestra vida en la tierra se desarrolla en la casa común, reconociéndonos hermanos los unos de los otros.

En los últimos años hemos sufrido las consecuencias del volcán de La Palma, la dana en Valencia, los incendios devorando bosques, viviendas y paisajes; inundaciones y otros fenómenos que han obligado a muchas personas a abandonar sus hogares e incluso su pueblo o ciudad habitual, etc.

Los seres humanos padecemos el deseo de una ambición desmedida, lo cual nos lleva a ser injustos, a poner el poder al servicio de intereses particulares, y de esta forma deterioramos el estado de bienestar y fomentamos –por desgracia– un sistema económico que genera pobreza, miseria y desigualdad.

La crisis de la vivienda y la crisis ecológica no son realidades independientes ni aisladas. Cuando un espacio deja de ser habitable las personas sufren. Cuando una persona pierde su hogar también se rompe una parte importante de su mundo.

Cuidar la creación significa, entre otras cosas, cuidar las casas, los barrios, los pueblos, las ciudades, el medio, la naturaleza, los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos.   Y sobre todo, cuidar a las personas, particularmente a las más débiles.

Durante su visita a España en junio de 2026, el papa León nos recordó algunos criterios fundamentales para la vida social: la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, la paz, el cuidado de la casa común.

En una comunidad verdadera nadie se queda solo, porque la alegría y el dolor de cada uno son la alegría y el dolor de todos. El Evangelio de Jesucristo nos arranca de nuestro puesto como espectadores y nos sitúa ante el hermano que llega.

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Los miembros de la Iglesia de Jesús no queremos ver esta realidad desde la distancia. Estamos cerca y esa cercanía nos hace testigos de primera mano.

A través de nuestros centros sociales, parroquiales, asistenciales, promocionales, a través de proyectos de acogida y acompañamiento, recursos para personas sin hogar, familias, migrantes, niñas y niños, personas mayores o ancianas, etc, escuchamos cada día historias concretas de precariedad, de pérdida, de sufrimiento, de dolor, de miedo, pero también historias de resistencia, esperanza, ilusión y superación.

Queremos vivamente que las voces de los más frágiles sean escuchadas. No queremos hablar en su lugar, sino abrir espacios y tiempos para que puedan expresar lo que viven y reclamar lo que les corresponde:  dignidad, derechos, oportunidades, una familia, un hogar, hermanas y hermanos.

Tengamos en cuenta que, detrás de cada situación de exclusión, hay personas humanas que sufren y merecen ser respetadas en su inalienable dignidad.

Pedimos a los responsables de la vida social que la vivienda no sea una cuestión de confrontación partidista, sino una causa común al servicio del bien del conjunto de la sociedad, al servicio del bien común.

Cada parroquia y cada comunidad cristiana debe abrir puertas, acompañar procesos, defender la dignidad de todas las personas, construir espacios donde nadie se sienta descartado.

Oremos y trabajemos en favor de vivienda adecuada para todos, de un hogar digno, de una casa común sostenible y habitable.

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