Flores para la paz en el corazón de Madrid

Durante una hora, entre las seis y las siete de la tarde, decenas de personas pertenecientes a distintas tradiciones religiosas, organizaciones sociales y colectivos ciudadanos participaron este domingo en el acto “Unidos por la Paz”, una convocatoria interreligiosa e intercultural celebrada en vísperas del Día Internacional de la Paz.
Católicos, evangélicos, musulmanes, budistas y personas vinculadas a diferentes corrientes espirituales compartieron un mismo espacio para expresar públicamente su rechazo a la guerra, a los discursos de odio y a todas las formas de violencia que atraviesan nuestras sociedades.
Las palabras se alternaron con momentos de silencio. Tras cada intervención, la plaza guardaba unos instantes de recogimiento que invitaban a escuchar no solo los mensajes pronunciados desde el micrófono, sino también aquello que cada persona llevaba dentro.
A lo largo del encuentro, convocado entre otras entidades por la Asociación Cristianía-Monacato Laico, el Colectivo Noviolencia, la Asociación Séneca Falls, Encuentro y Solidaridad, COMECAM, la Sangha de Thich Nhat Hanh, Casa Emaús, En Común, Iglesia por la Paz, Justicia y Paz, la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Madrid y el Círculo de Espiritualidad y Derechos Humanos de Podemos, resonó una idea compartida por las distintas intervenciones: la paz no puede reducirse a la ausencia de guerra. Necesita justicia, reconocimiento y respeto a la dignidad humana.
Uno de los mensajes más significativos recordó que “cuando se vulnera la dignidad, se abren las puertas al odio”. La afirmación conectaba la violencia armada con otras formas de exclusión que, aunque menos visibles, también erosionan la convivencia: la pobreza, el racismo, la discriminación, el rechazo a las personas migrantes o la negación de derechos fundamentales.
Por ello, otro de los llamamientos lanzados desde Sol fue directo y exigente: “Que este acto no acabe en aplausos, sino en compromisos de paz”.
Del diálogo frente a las armas
Las intervenciones insistieron en la importancia de traducir los valores espirituales en compromisos concretos con los derechos humanos, la justicia social y la transformación de las estructuras que generan sufrimiento.
“Defendemos que la espiritualidad es una parte fundamental del ser humano, profese o no alguna religión; que los derechos humanos se tienen que respetar”, se afirmó durante el acto.
Desde esa convicción se expresó un deseo que atravesó toda la convocatoria: que el diálogo reemplace a las armas, las negociaciones a las guerras, el gasto social al gasto militar, la compasión al odio y la esperanza al miedo.
No se trataba de una llamada a la pasividad ni de una apelación sentimental. Las diferentes intervenciones subrayaron que la paz requiere afrontar las causas profundas de la violencia y trabajar activamente por relaciones más justas entre personas, pueblos y comunidades.
Una representación para imaginar otra forma de convivir
La palabra cedió también espacio al lenguaje simbólico. Una breve representación teatral mostró dos maneras opuestas de relacionarse: la lógica de la confrontación y la guerra frente a la posibilidad de cooperar y construir conjuntamente.
Los gestos escénicos permitieron visualizar de manera sencilla una cuestión de gran actualidad. En sociedades cada vez más polarizadas, donde con frecuencia el discrepante es percibido como una amenaza, la representación invitó a reconocer la interdependencia humana y la necesidad de buscar soluciones compartidas.
El público siguió la escena con atención. Algunos transeúntes que atravesaban la plaza se detenían unos minutos para observar lo que estaba ocurriendo. Otros permanecieron durante todo el encuentro, atraídos por una propuesta que combinaba espiritualidad, ciudadanía y compromiso social.
Una paloma construida entre todos
El momento más emotivo llegó al final de la convocatoria. Los asistentes habían sido invitados previamente a llevar una flor. Rosas, margaritas, claveles y flores silvestres fueron depositándose poco a poco sobre el suelo para rellenar la silueta de una gran paloma de la paz.
La imagen fue tomando forma lentamente. Cada participante aportaba su flor hasta completar una figura multicolor construida colectivamente.
El gesto sintetizaba el sentido de toda la jornada. Ninguna persona, organización o religión puede construir la paz por sí sola. Es una tarea compartida que necesita de la contribución de todos.
Las flores conservaban sus formas, tamaños y colores distintos, pero juntas componían una única imagen. La escena se convirtió en una metáfora de la diversidad humana: diferencias que no desaparecen, pero que tampoco tienen por qué transformarse en fronteras o enfrentamientos.
Frente a los símbolos que a menudo delimitan identidades enfrentadas, la flor apareció como un signo de fragilidad, cuidado y esperanza.
Espiritualidad y compromiso
Más allá del carácter simbólico del acto, el encuentro puso de manifiesto una determinada comprensión de la espiritualidad. Las personas participantes reivindicaron una experiencia religiosa e interespiritual que no se desentiende de los problemas del mundo, sino que encuentra precisamente en ellos una llamada al compromiso.
En ese sentido, el diálogo entre religiones, culturas y sensibilidades diferentes fue presentado no como un ejercicio de mera tolerancia, sino como una colaboración activa en favor de la dignidad humana y de la paz.
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Redactor jefe de Noticias Obreras



