Eugenia Relaño Pastor: “No habrá comunidad verdadera sin pluralidad reconocida”

Eugenia Relaño Pastor: “No habrá comunidad verdadera sin pluralidad reconocida”
Foto | Kristauak gipuzkoan
La profesora de Filosofía del Derecho Eugenia Relaño Pastor en su participación en el XXXV Congreso de Teología compartió una reflexión sobre la pluralidad, el reconocimiento de las diferencias y la necesidad de construir sociedades más igualitarias frente a las dinámicas de exclusión y uniformidad, en la primera sesión.

La profesora de la Universidad Complutense de Madrid defendió que no puede existir una auténtica comunidad sin el reconocimiento de la pluralidad ni una sociedad verdaderamente igualitaria sin la protección efectiva de las diferencias.

Partiendo de una conocida reflexión de Hannah Arendt, Relaño recordó que “la pluralidad es la ley de la Tierra” y que la condición humana se caracteriza por una doble realidad: la igualdad y la distinción.

A su juicio, la convivencia democrática y la comunión cristiana solo son posibles cuando ambas dimensiones se mantienen unidas.

La jurista advirtió de la tentación, presente tanto en la sociedad como en las instituciones religiosas, de resolver la diversidad mediante la absorción del otro en una identidad única.

En diálogo con el filósofo Emmanuel Lévinas, subrayó que la comunidad no puede construirse anulando la alteridad, sino reconociendo el rostro y la dignidad de cada persona.

La pluralidad como fundamento de la comunión

Una parte central de su intervención estuvo dedicada a reivindicar la tradición cristiana que entiende la comunidad como un espacio de diversidad reconciliada. Apoyándose en la imagen paulina del cuerpo con muchos miembros, defendió que la unidad cristiana no exige uniformidad, sino que se enriquece con la pluralidad de dones, carismas, culturas e identidades.

“La comunión cristiana originaria no teme la pluralidad, la necesita”, afirmó, señalando que la riqueza de la comunidad surge precisamente de la diversidad de quienes la integran.

Relaño recordó asimismo que el Concilio Vaticano II asumió esta visión al reconocer la existencia de “legítimas diferencias” dentro de la Iglesia y considerar que su protección forma parte de la misión de quienes ejercen responsabilidades eclesiales.

Sin embargo, reconoció que la historia del cristianismo no siempre ha sido fiel a ese ideal. Durante siglos, explicó, la unidad se identificó con frecuencia con la homogeneidad doctrinal, cultural o disciplinar, mientras que la diversidad fue tratada como una amenaza o una anomalía.

Una crítica al individualismo y a las identidades excluyentes

La ponente conectó esta reflexión teológica con los desafíos actuales. Retomando algunas de las ideas planteadas por Juan José Tamayo con motivo del Congreso, denunció los efectos del neoliberalismo y del individualismo contemporáneo, que erosionan los vínculos comunitarios y fomentan una cultura del “sálvese quien pueda”.

Según explicó, esta fragmentación social convive paradójicamente con el auge de identidades colectivas excluyentes, marcadas por la xenofobia, los nacionalismos cerrados y la desconfianza hacia quienes son percibidos como diferentes.

Frente a estas dinámicas, defendió una “teología capaz de tejer de nuevo comunidad” mediante la solidaridad, el cuidado mutuo y la esperanza compartida.

Derecho a la diferencia y reconocimiento

Uno de los aspectos más originales de la conferencia fue su defensa de un modelo de ciudadanía basado no solo en la igualdad formal de derechos, sino también en el reconocimiento efectivo de las diferencias.

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Relaño sostuvo que la identidad forma parte de la dignidad humana y que las democracias deben superar tanto el asimilacionismo, que obliga a las minorías a adaptarse a la cultura dominante, como el diferencialismo que las mantiene separadas y sin influencia real en el espacio público.

En este contexto reivindicó el “derecho a la opacidad”, formulado por el pensador caribeño Édouard Glissant, según el cual el reconocimiento del otro no exige comprenderlo plenamente ni reducirlo a nuestras propias categorías culturales.

“Reconocer al otro no significa hacerlo transparente a nuestra lógica”, resumió, defendiendo una convivencia donde las distintas identidades puedan coexistir sin verse obligadas a renunciar a su singularidad.

Una ciudadanía desde la justicia y el reconocimiento

La profesora insistió en que una sociedad democrática necesita articular dos dimensiones inseparables: la redistribución económica y el reconocimiento cultural.

Citando las aportaciones de Nancy Fraser y Martha Nussbaum, afirmó que la justicia exige combatir al mismo tiempo las desigualdades materiales y las formas de exclusión simbólica que afectan a colectivos vulnerables.

En la parte final de su exposición, apostó por una «laicidad abierta» que garantice la libertad religiosa y valore positivamente el pluralismo cultural y espiritual, evitando tanto los privilegios de las mayorías como la marginación de las minorías.

“No habrá comunidad verdadera sin pluralidad reconocida”

Como conclusión, Relaño cerró el círculo entre teología y ciudadanía afirmando que la comunión cristiana posee una dimensión pública que obliga a defender a quienes quedan en los márgenes: personas migrantes, minorías religiosas, mujeres y colectivos empobrecidos.

“No habrá comunidad verdadera sin pluralidad reconocida, y no habrá sociedad igualitaria sin protección efectiva de las diferencias”, aseguró.

Con esta llamada a construir espacios de convivencia basados en la hospitalidad, el reconocimiento y la justicia, la profesora inauguró un Congreso que durante los próximos días reflexionará sobre cómo recomponer los vínculos comunitarios y fortalecer una ciudadanía inclusiva en un tiempo marcado por la fragmentación social y el auge de los nacionalismos excluyentes.

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