La otra orilla

La otra orilla

Oración para no negar la importancia de las estadísticas, pero negarse a que las personas queden reducidas a ellas. El paso de las cifras al nombre, del dato al rostro, y del miedo a “la otra orilla” del cuidado, del proteger, del promover… Termino la oración con el grito de Pedro, entendido como una llamada a la responsabilidad y no a la evasión. Está inspirada en las decisiones que Laura y Gloria, fueron capaces de tomar… y no fuimos capaces de evitar el “naufragio-muerte”.

 

Señor,
dicen que la violencia se dispara.

Lo dicen los gráficos,
las estadísticas,
las curvas que suben sin descanso.

Pero Tú no pronuncias porcentajes:
Tú llamas por su nombre.

Laura.
Gloria.

Dos mujeres.
Dos madres.
Dos hogares heridos.

Dos intentos de seguir viviendo,
de afrontar el conflicto,
de proteger a sus hijos,
de cruzar hacia una orilla donde el miedo
no dictara el mañana.

Y el viento volvió a levantarse.

Hoy tu Evangelio no nos invita
a contar naufragios,
sino a caminar sobre las aguas del miedo,
sin apartar los ojos del Reino.

Haznos escuchar,
como Elías,
tu voz en la brisa pequeña;
y cuando sintamos que todo se hunde,
enséñanos a gritar contigo:
«¡Señor, sálvanos!»

No para dejar en tus manos
lo que nos corresponde hacer,
sino para despertar nuestra imaginación,
hacer más valiente nuestro compromiso
y más creativas nuestras comunidades.

Llévanos a la otra orilla:
la del cuidado que acompaña,
la de la justicia que protege,
la de la ternura que previene,
la de la esperanza que nunca renuncia
a que toda mujer pueda vivir
sin miedo,
con dignidad,
como imagen amada de Dios.

 

Epílogo

Quizá el Evangelio de este domingo no nos pide contemplar desde lejos el eclipse, ni refugiarnos en la fría distancia de las estadísticas. Nos llama a escuchar la voz tenue de Dios en el clamor de las víctimas, a no apartar la mirada, a pasar a la otra orilla del cuidado, de la protección y de la promoción de toda vida. Laura y Gloria ya no son un número: son nombre, historia y tierra sagrada que interpela nuestra responsabilidad y nuestra esperanza. Frente al terror que pretende paralizarnos, seguimos diciendo: «¡Señor, sálvanos!», para que ensanche nuestro corazón, agudice nuestro ingenio y haga de nuestras comunidades lugares donde ninguna mujer tenga que cruzar sola la tormenta.

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