El mar devuelve nombres

Las noticias sobre Ceuta y Canarias hablan de emergencia, de falta de recursos y de respuestas políticas necesarias. Pero, entre cifras, estrategias y debates, existe un riesgo aún mayor: que el silencio termine ocultando el rostro y el nombre de quienes han perdido la vida en el mar o de quienes se han visto obligados a abandonar su hogar para buscar un futuro.
Esta oración quiere situarse en ese lugar donde la fe escucha el clamor de los últimos. Se inspira en el Salmo 146, que proclama a un Dios que «protege al inmigrante, sostiene al huérfano y a la viuda», y en el Salmo 137, donde el pueblo exiliado llora lejos de su tierra recordando su hogar. Resuena también la voz de Miguel Hernández, que conoció el intento frustrado de cruzar una frontera, la prisión, el hambre y el dolor de la separación, y la esperanza obstinada que late en sus Nanas de la cebolla. Finalmente, la mirada contemplativa de san Juan de la Cruz nos recuerda que, incluso en la noche más oscura, el Amor de Dios sigue abriendo caminos de compasión y esperanza.
Que esta oración nos ayude a no acostumbrarnos al sufrimiento, a no dejar que el silencio cubra a quienes el mar devuelve sin nombre, y a mantener despierta una humanidad capaz de acoger, llorar, discernir y construir fraternidad (con esa dimensión política tan importante).
***
Señor de las orillas,
hoy el mar
ha devuelto sesenta cuerpos,
como quien devuelve
las cartas
que nadie quiso leer.
Pero no ha devuelto
sus nombres.
Ni el temblor de las madres.
Ni la voz del niño
que aprendió demasiado pronto
que el hambre
también tiene pasaporte.
Dicen:
emergencia nacional.
Y es verdad.
Hay ciudades desbordadas,
centros sin espacio,
manos agotadas.
Pero antes que los albergues
se desbordó el corazón del mundo.
Antes que las fronteras,
se rompieron las cosechas,
las escuelas,
la paz,
el derecho sencillo
de crecer donde uno nació.
¿Quién abandona
la sombra de su casa,
la risa de los hermanos,
la tumba de sus mayores,
si la tierra todavía
le llamara por su nombre?
Nadie se echa al mar
por capricho.
Solo quien ha visto
que detrás de él
arde la vida,
se atreve a confiar
su respiración
a las olas.
Y el mar,
que un día abrió caminos
para un pueblo esclavo,
hoy parece cerrarse
sobre tantos hijos tuyos.
Junto a los ríos de Babilonia
se sentaban a llorar
los desterrados.
Hoy,
junto a las playas de Ceuta,
junto a las costas de Canarias,
llora la misma humanidad
con otro idioma,
con otra piel,
con idéntica nostalgia.
También ellos
cuelgan sus arpas
en los árboles del miedo,
porque nadie canta
cuando la patria
queda detrás del horizonte.
Y Tú,
Dios de los caminos,
sigues pronunciando
el viejo salmo:
«Yo sostengo al emigrante,
hago justicia al oprimido,
no olvido al huérfano
ni a la viuda.»
Que no olvidemos nosotros
lo que Tú recuerdas.
Miguel,
pastor de Orihuela,
tú que conociste
la frontera cerrada,
la cárcel,
la cebolla
y el hambre hecha cuna,
enséñanos
que ninguna pobreza
puede apagar
la risa de un niño,
ni el derecho
a buscar un amanecer.
Porque toda patera
lleva escondidas
unas Nanas de la cebolla:
un hijo esperando,
una madre resistiendo,
un padre
que cambia la tierra
por una esperanza.
Y cuando el agua
se traga un cuerpo,
es la humanidad entera
la que pierde un latido.
San Juan de la Cruz,
compañero de noches oscuras,
susúrranos
que la noche
no tiene la última palabra;
que donde parece
acabarse el camino,
Dios sigue sembrando
una fuente escondida;
que el Amor
no conoce aduanas,
ni concertinas,
ni espigones;
y que la compasión
es la única frontera
que nunca debería cerrarse.
Haz, Señor,
que antes de contar llegadas,
sepamos llorar ausencias.
Que antes de discutir cifras,
pronunciemos nombres.
Que antes de levantar muros,
levantemos mesas.
Y que un día,
cuando ya nadie tenga que huir
para poder vivir,
el mar
deje de devolver cadáveres
y vuelva,
como en la primera mañana de la creación,
a devolver solamente
luz,
peces,
barcas
y esperanza.
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