Estúpido

Con toda la prisa que tengo, voy y me pillo atasco. Qué mala suerte tengo, todo me tiene que tocar a mí, es increíble. Y encima, hoy está el jefe, con la manía que me tiene, seguro que me echa una bronca monumental por llegar tarde. ¿Qué culpa tengo yo? Todas estas malditas personas que me ponen en medio, es que parece que no tienen prisa, están de paseo ¿o qué? ¡Pues que dejen pasar a los que hacemos algo en la vida!
Buf, y me acabo de acordar de que tengo que hablar con Luis, que no hizo bien el pedido y ahora que habrá que repetir la fabricación. ¡Si es que es un puñetero incompetente! Le echaría ya mismo si fuera su jefe. Todo es un desastre: el trabajo, mi vida, la gente, este asqueroso atasco…
¡Eh, eh, eh! Pero ¿y este pijo del Golf? ¡Será gilipollas! No pensará colarse en mi carril, ¿no? ¿De qué va? (1)
***
En la calle 5, con el número 749, Derek Redmond calienta sus piernas con pequeños rebotes mientras prepara su mente para la semifinal de 400 metros. El cámara enfoca a los ocho atletas que competirán en la prueba mientras los altavoces pronuncian sus nombres en un estadio abarrotado.
La competencia es muy fuerte, pero también sabe que es uno de los favoritos. En menos de un minuto, se jugará la dura preparación de cuatro años con su padre como entrenador, pero todo su cuerpo espera este momento con vehemencia. La gloria o la derrota, así de simple.
Los ocho hombres se colocan en su posición y cuando el pistoletazo marca la salida, una inyección de adrenalina recorre sus cuerpos y corren vertiginosos en un esfuerzo extremo.
Apenas han pasado dieciséis segundos cuando un relámpago de dolor intenso sacude la pierna derecha de Derek y le frena en seco. Su mano aprieta con desesperación la corva, donde se ha desgarrado el tendón, mientras el resto de atletas siguen la carrera como si nada. Solo le faltaban 250 metros para terminar.
«Por favor, no, ¡NO!» suplica mientras cae a la pista abatido y los viejos fantasmas de Seúl en 1988 se desploman sobre él. En aquella ocasión, ni siquiera pudo participar en la clasificación. Hunde su cabeza entre las rodillas con desesperación. Su sueño se ha esfumado en el aire en un chasquear de dedos.
La cámara móvil persigue a los primeros corredores, ajena al drama de Derek, y todos los espectadores observan cómo Steve Lewis atraviesa la línea de meta en primer lugar tras 44,50 segundos de carrera.
Mientras, los servicios médicos se acercan a Derek, pero en ese instante, contra todo pronóstico, él se incorpora y rechaza su ayuda. Ante los ojos atónitos de sesenta y cinco mil personas, reanuda la marcha hacia la meta a trompicones y en su rostro se refleja una estremecedora mezcla de dolor, rabia y decisión. Los espectadores se levantan de sus asientos y el rugido cada vez más atronador de los aplausos vibra en el aire caliente.
Entonces, un hombre corpulento se abre paso entre la multitud, sortea a árbitros y médicos y le rodea la cintura para sujetarlo. Es su padre.
—No necesitas hacer esto —le implora—. Eres un campeón, no tienes nada que demostrar.
Pero Derek continúa la carrera abrazado a él y responde:
—Papá, quiero acabar. ¡Ayúdame!
—De acuerdo —asiente—, empezamos esto juntos y lo acabaremos juntos.
Solo cuando atraviesan la meta, Derek se lleva las manos a la cara y rompe a llorar ante la ovación del público emocionado.
***
Y yo aquí. Despotricando contra esta vida de mierda porque he pillado un atasco. •
1 Ampliado de uno de los relatos del libro El mundo a rayas.
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Militante de la HOAC de Burgos



