Enrique Angelelli, el obispo asesinado hace 50 años

En La Rioja, Argentina, el pasado 1 de agosto, miles de personas conmemoraron el martirio del obispo Enrique Angelelli (1923-1976) junto con otros tres beatos: Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera. La celebración fue presidida por el obispo Marcelo Colombo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, junto con el obispo Dante Braida de La Rioja. En ese acto, se renovó la solicitud de canonización de los cuatro mártires. Con motivo del 50 aniversario del asesinato de Angelelli (4 de agosto), beatificado en 2019, Francesco Strazzari destaca su figura como pastor y testigo.
El 4 de agosto de 1976 Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, regresaba de Chamical a La Rioja con pruebas de la desaparición, tortura y asesinato de los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Dios Murias y del laico Wenceslao Pedernera.
Al llegar a Punta de los Llanos, un Peugeot blanco lo obligó a realizar una maniobra brusca. El auto derrapó. El sacerdote que viajaba con él perdió el conocimiento. Angelelli yacía muerto, con los brazos cruzados y el cráneo destrozado, a 25 metros de distancia. Muchos años después (2012) se descubrió que el accidente fue provocado y que el obispo fue asesinado deliberadamente.
El controvertido nuncio Pío Laghi y diez obispos asistieron al funeral. Fue un asesinato, como el cardenal Eduardo Francisco Pironio le confirmó posteriormente al teólogo argentino José Míguez Bonino en Roma. La Santa Sede estaba segura de ello, pero la Conferencia Episcopal Argentina guardó silencio.
Pastor y profeta
El 2 de agosto de 1986, el obispo de La Rioja, Bernardo Enrique Witte, declaró que había llegado el momento de investigar la vida, la obra, las virtudes y la «reputación de santidad o martirio» de su predecesor, Enrique Angelelli. Se constituyó una comisión diocesana integrada por teólogos, juristas, pastoralistas, sacerdotes y laicos. «Sin duda, fue un verdadero pastor y profeta en la tempestad. Fue un signo de contradicción según el Evangelio».
Algunos sucesos dramáticos e impactantes. El 24 de marzo de 1976, los tres comandantes de las fuerzas armadas argentinas decidieron destituir a Isabelita Perón, de cuyo gobierno represivo y corrupto habían formado parte. Se prohibieron los partidos políticos, se reprimieron numerosos sindicatos y se pisotearon todas las libertades democráticas. Treinta mil personas, pero según algunas fuentes cincuenta mil, desaparecieron, fueron arrestadas y asesinadas por un régimen del que el arzobispo Arns de São Paulo, Brasil, dijo que “luchó más allá del bien y del mal”. La situación económica se salvó por la fuerza, privando a los trabajadores de sus indemnizaciones y negándoles atención médica. Fue en este contexto que la junta decidió llevar a cabo una diabólica eliminación de los líderes de la oposición.
El 9 de agosto de 1976, el padre Leonardo Cappelluti, sacerdote dehoniano y presidente de la Conferencia de Religiosos, y el secretario, el padre jesuita Víctor Rubio, posteriormente relevado de sus funciones, enviaron una extensa y detallada carta al cardenal Raúl Francisco Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. El propio Cappelluti me entregó el texto el 8 de abril de 2013 en la casa dehoniana de Buenos Aires. En ella solicitaban enfáticamente la intervención de la jerarquía porque «se sospecha que los colegios católicos difunden doctrinas ajenas a sus principios e incluso se ven obligados a entregar a las autoridades militares —no a las educativas— listas de su personal, información sobre actividades especiales con los estudiantes y material de catequesis, incluyendo la Biblia utilizada en dichas instalaciones».
Escribieron al cardenal Primatesta informándole de torturas, desapariciones y muertes. Hicieron hincapié en la importancia de que todo el episcopado se hiciera oír en circunstancias tan dramáticas. Tres días después, llegó la respuesta del cardenal. Un llamado a la sencillez de las palomas y la prudencia de las serpientes. Un ataque contundente e insolente: «Convencido de que hay un tempus loquendi y un tempus tacendi, un tiempo para hablar y un tiempo para callar».
Como si dijera: ajustemos nuestra conducta a la búsqueda efectiva del bien común. Muchos años después, durante un informe sobre la relación entre la jerarquía eclesiástica y la junta militar, encontré al padre Cappelluti, un excelente teólogo y escritor refinado, todavía furioso.
Una Iglesia perseguida
A partir de la década de 1970, el ejército argentino persiguió a sectores progresistas de la Iglesia católica. Los obispos Jaime de Nevares, Enrique Angelelli y Alberto Devoto fueron considerados enemigos de la patria y sometidos a constantes ataques y amenazas de muerte.
En 1974, comenzó una sangrienta persecución religiosa como nunca antes había experimentado la Iglesia en Argentina. Hasta el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, los crímenes se caracterizaron por la triple A: Alianza Anticomunista Argentina.
Entre 1974 y 1983, dieciséis sacerdotes católicos, quizás diecisiete, fueron asesinados o desaparecieron. A ellos se suman los obispos Enrique Angelelli de La Rioja y Carlos Horacio Ponce de León de San Nicolás de los Arroyos, víctimas de incidentes orquestados por las fuerzas armadas.
La Iglesia de La Rioja comenzó a distinguirse de otras diócesis con la llegada del obispo Enrique Ángel Angelelli, un sacerdote cordobés nacido en 1923. Había estudiado en el Colegio Latinoamericano Pío de Roma y fue ordenado sacerdote en 1949. Colaborador activo de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de Acción Católica, fue nombrado obispo auxiliar en 1960 y obispo residente de La Rioja en 1968.
En su primer mensaje, dijo: «Tengo un oído para el Evangelio y el otro para el pueblo». Se identificó con las tradiciones del pueblo riojano y se preocupó especialmente por los pobres. Implementó las directrices del Concilio con valentía y tenacidad. Reorganizó las cooperativas agrícolas, hostigando a los terratenientes, quienes hicieron todo lo posible por expulsarlo y desterrarlo. La diócesis de La Rioja fue blanco de las fuerzas armadas, aliadas con los terratenientes. Algunos sacerdotes fueron asesinados.
Angelelli escribió al Nuncio prediciendo que su hora había llegado. Falleció el 4 de agosto de 1976. Fue beatificado el 27 de abril de 2019, junto con otros tres mártires de Río de Janeiro. Durante la celebración eucarística del 1 de agosto, presidida por el Arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, un grito se alzó entre la inmensa multitud, obispos, sacerdotes y religiosos presentes: «¡Santos ahora y mártires!».
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Texto publicado originalmente en la revista italiana Settimana News. Traducción al español de Jesús Martínez Gordo
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Estudios de Teología en el Seminario de Vicenza. Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Padua. Actualmente es redactor y enviado de SettimanaNews. Miembro del equipo de la unidad pastoral de Sovizzo-Tavernelle (Vicenza) Italia.



