Ceuta, donde Europa se queda sin coartadas

Ceuta, donde Europa se queda sin coartadas

El espejo incómodo de una frontera que no solo separa territorios, sino que desnuda conciencias y revela hasta qué punto somos capaces de mirar sin ver.

Este no es un artículo sobre inmigración. Es un artículo sobre nosotros. Sobre la velocidad con la que una sociedad aparentemente civilizada consigue apartar de su conciencia a decenas de personas muertas. Sobre la facilidad con la que transformamos el agua tragada, el miedo, la asfixia y la desaparición en una discusión confortable entre quienes jamás tuvieron que nadar para salvar su vida. No me interesa ahora la contabilidad de la frontera, cuántos entraron, cuántos fueron devueltos, cuántos alcanzaron la orilla o cuántos quedaron en el mar. Todo eso deberá conocerse, investigarse y explicarse. Pero existe una pregunta mucho más inquietante: qué nos ha ocurrido para que, antes de guardar silencio ante los muertos, corramos a buscar una consigna con la que protegernos de ellos.

Vidas abandonadas

Porque también las consignas protegen. Protegen de la duda, de la responsabilidad y del peligro de pensar por cuenta propia. Quien encuentra rápidamente una frase política con la que interpretar una tragedia ya no necesita dejarse interpelar por ella. Puede situarse en el lugar correcto, señalar al adversario conveniente y regresar a casa convencido de haber cumplido con su conciencia. El muerto ha dejado de ser una presencia incómoda para convertirse en una prueba favorable. Ya no exige una respuesta humana, sino una reacción partidista. Su cuerpo no pesa. Sirve.
Esto es lo verdaderamente obsceno. No que existan opiniones distintas sobre las fronteras, la legalidad o la política migratoria, sino que la muerte se haya convertido en munición. Unos cadáveres se exhiben porque desgastan al contrario; otros se esconden porque perturban el relato propio. Unas víctimas reciben nombre, fotografía y biografía; otras apenas una cifra seguida de una nacionalidad. No todas las muertes encuentran el mismo espacio en nuestra conciencia. La igualdad proclamada se detiene, demasiadas veces, ante el origen, el color de la piel y la pobreza.
Quienes han muerto en las aguas de Ceuta desaparecerán dos veces. Primero bajo el mar. Después bajo nuestras palabras. Los llamaremos migrantes, irregulares, subsaharianos, fallecidos o cuerpos recuperados. Probablemente no conoceremos sus nombres, pero esa ignorancia no es inocente. Un nombre obliga. Un número, en cambio, puede archivarse. Un nombre tenía una madre, una historia, alguna habilidad, una persona a la que deseaba volver a abrazar. Un número no recuerda, no sueña, no reclama justicia. Por eso la deshumanización comienza siempre por el lenguaje. Antes de tolerar que una vida sea abandonada, necesitamos convertirla en una categoría.

La crisis de nuestro tiempo es una crisis de la mirada. Hemos llegado a dominar una sofisticada tecnología de la ceguera. Miramos constantemente, pero ya casi nunca vemos. Contemplamos imágenes, estadísticas, titulares y vídeos, pero hemos perdido la capacidad de detenernos ante un rostro. Sabemos cuántas personas han muerto, aunque no sabemos quién ha muerto. Poseemos información, pero carecemos de encuentro. Y cuando no hay encuentro, la dignidad se convierte en una palabra ceremonial que todos pronuncian y muy pocos están dispuestos a soportar en sus consecuencias.

La dignidad humana resulta relativamente sencilla mientras no incomoda. Todos la defienden en los discursos. La prueba comienza cuando la dignidad aparece empapada, exhausta, sin documentación, sin dinero, sin influencia y sin capacidad de devolvernos nada. Entonces descubrimos si realmente creemos que toda persona posee un valor inviolable o si solo reconocemos la dignidad de quienes cumplen nuestras condiciones. El pobre constituye el examen más severo de cualquier moral pública porque comparece sin credenciales. No puede comprar nuestra atención. Solo puede exigirla desde su humanidad.Eso es la aporofobia. No únicamente el desprecio explícito al pobre, sino la progresiva incapacidad de sentirse afectado por él. La aporofobia no empieza con un insulto, sino con una mirada que ya no se detiene. Comienza cuando el sufrimiento del pobre se vuelve previsible, cuando su presencia se percibe como una molestia y cuando su muerte parece una consecuencia casi natural del lugar que ocupa en el mundo. Su triunfo definitivo se produce cuando ya no necesitamos odiarlo. Basta con que deje de importarnos.

Hipocresía económica

Conviene reconocer, además, la hipocresía económica que sostiene buena parte de nuestros discursos. Rechazamos al migrante cuando llega, pero lo necesitamos cuando trabaja. Nos sobra en la frontera y nos falta en el tajo. Nos inquieta en la playa, pero lo buscamos en la campaña agrícola; lo sospechamos en la calle, pero lo aceptamos limpiando habitaciones, levantando edificios, repartiendo pedidos, cuidando ancianos o trabajando en cocinas donde apenas se pregunta por sus horarios. Queremos sus manos, pero no siempre su presencia. Aceptamos su fuerza de trabajo, aunque nos cueste reconocer su derecho a formar parte de la comunidad.

Esta contradicción debería avergonzarnos más. Una sociedad que utiliza al trabajador migrante y rechaza al ser humano que hay en él no tiene un problema de integración, sino de justicia. No estamos ante un fenómeno marginal, sino ante una de las grietas centrales de nuestro modelo laboral. Hay personas que cruzan una frontera visible y después quedan atrapadas durante años en otras fronteras menos fotografiadas: salarios miserables, miedo a denunciar, viviendas indignas, jornadas abusivas, racismo cotidiano, ausencia de papeles y trabajos que solo existen porque alguien ha decidido que ciertos cuerpos pueden agotarse más que otros.

También esas son concertinas. No tienen cuchillas de acero, pero desgarran lentamente la vida. Están en el campo donde se paga por debajo de convenio, en el hogar donde una interna trabaja sin descanso, en la obra donde nadie pregunta demasiado, en el almacén donde un accidente puede convertirse en silencio y en el alquiler imposible que obliga a muchas personas a vivir hacinadas. La frontera no termina cuando alguien pisa suelo español. Puede continuar en el salario, en la vivienda, en el padrón, en la contratación y en la sospecha permanente.

Mano de obra

Por eso resulta insuficiente hablar de inmigración sin hablar de trabajo. Y resulta indecente hablar de trabajo sin hablar de dignidad. El trabajador no es una pieza disponible para el mercado ni una herramienta que se acepta mientras produce. La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que el trabajo existe para la persona y no la persona para el trabajo. Sin embargo, toleramos un sistema que recibe al pobre como mano de obra y lo rechaza como vecino, que aprovecha su vulnerabilidad y después lo responsabiliza de ella.

No faltan discursos. Al contrario, padecemos una inflación de palabras. Los argumentarios han sustituido al pensamiento y la fidelidad a la tribu ha ocupado el lugar de la conciencia. Esperamos a que el jefe político, el portavoz de guardia o la lideresa del momento determine qué debemos pensar, qué palabras están permitidas y contra quién debemos dirigir nuestra indignación. Después se activa el ejército de repetidores. Recitan la frase, reproducen el gesto y llaman convicción a lo que no es más que obediencia.

Hay personas que ya no necesitan conocer los hechos porque poseen una identidad ideológica capaz de interpretarlos antes de que ocurran. Si una tragedia favorece a su partido, la amplifican. Si lo perjudica, la relativizan. Si exige revisar alguna certeza, miran hacia otro lado. Han renunciado al pensamiento libre a cambio de la tranquilidad de pertenecer. No defienden una verdad, sino una posición. Y una posición nunca abraza, nunca rescata, nunca se arrodilla ante un cuerpo. Solo se conserva.

Más inquietante todavía es la aparición de esos nuevos emergentes y supuestos líderes que aspiran a dirigir la sociedad sin haber cultivado una sola idea propia. Han descubierto que la inteligencia artificial puede fabricarles discursos, ordenarles emociones, proporcionarles citas y construirles una apariencia de profundidad. Ya no necesitan leer, escuchar, visitar, acompañar ni dejarse herir por la realidad. Una máquina puede prepararles un mensaje sobre la pobreza sin que hayan compartido jamás una mesa con un pobre; puede escribirles sobre fraternidad sin que hayan tratado a nadie como hermano; puede redactarles una defensa de la dignidad sin que hayan arriesgado un solo privilegio para protegerla.

Conciencia artificial

No es la utilización de una herramienta lo que provoca rechazo. Es la sustitución de la conciencia por el encargo. La inteligencia artificial puede ayudar a expresar un pensamiento, pero no puede pensar moralmente en lugar de una persona. Puede imitar la compasión, pero no compadecerse. Puede escribir la palabra hermano, pero no reconocer a ninguno. Puede describir un cadáver, pero no sentirse responsable ante él. Cuando un dirigente entrega a una máquina no solo su escritura, sino también su juicio, su sensibilidad y su voz, deja de ser un líder para convertirse en el portavoz bien vestido de un algoritmo.

También puedes leer —  Ceuta empieza a recuperarse en medio de demandas de una gestión migratoria basada en los derechos humanos y servicios públicos adecuados

Una sociedad gobernada por discursos sin experiencia termina produciendo políticas sin carne. Todo parece correcto y nada toca la realidad. Se habla de inclusión sin acercarse a los excluidos, de derechos humanos sin conocer a quienes los tienen negados, de solidaridad sin estar dispuesto a perder comodidad. Hemos alcanzado una época en la que incluso la compasión puede externalizarse. La máquina redacta, el dirigente firma, el asesor difunde y el pobre continúa esperando.

Frente a esta impostura hay verdades que nadie puede fabricar. Ningún partido y ningún gobierno pueden suspender la dignidad, ningún mercado puede tasarla y ningún algoritmo puede concederla. Toda persona posee un valor anterior a su utilidad, a sus documentos, a su situación legal y a nuestra opinión sobre ella. Ese principio es el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia. De él nacen el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes. No son conceptos para decorar documentos eclesiales. Son criterios para juzgar una sociedad.

El bien común no existe cuando una mayoría vive protegida a costa de una minoría invisible. La solidaridad no consiste en emocionarse durante unas horas, sino en asumir que el destino del otro compromete el propio. La subsidiariedad exige instituciones que acompañen, protejan y permitan participar, no administraciones que reduzcan a la persona a expediente. Y el destino universal de los bienes recuerda una verdad que preferimos olvidar: la propiedad nunca puede convertirse en una absolución frente al hambre ajena.

Cuerpos mojados

Ceuta concentra todas estas contradicciones. Ceuta es la España africana, más aún, la Europa africana. No una excentricidad cartográfica, sino el lugar donde Europa pierde la posibilidad de fingir que África está lejos. Allí el continente rico contempla de frente a quienes lo miran desde la necesidad. Allí las palabras seguridad, frontera, acogida y dignidad dejan de ser conceptos académicos y adquieren el peso de cuerpos mojados.

Ceuta descentra porque obliga a España a pensarse desde África. Desarma porque coloca en el mismo espacio la soberanía y la vulnerabilidad. Descoloca porque desmonta la comodidad moral de quienes creen que la legalidad resuelve por sí sola todas las preguntas. Es precisamente esa Europa africana, tan cercana y expuesta, la que deja al descubierto la pobreza de nuestros lemas y la impostura de quienes pretenden resolver con una frase aquello que solo puede afrontarse mediante la prudencia política, la presencia concreta y una mirada capaz de reconocer al hermano antes de convertirlo en problema.

Un Estado tiene el derecho y el deber de proteger sus fronteras, ordenar los flujos migratorios, combatir a las mafias y garantizar la seguridad. Negarlo sería irresponsable. Pero un Estado no es digno únicamente por su capacidad de controlar. También se mide por su capacidad de acoger. Proteger una frontera no exime de rescatar al que se ahoga, atender al herido, proteger al menor, ofrecer abrigo al que tiembla y tratar con humanidad incluso a quien deba ser devuelto. La legalidad puede determinar qué procedimiento corresponde; nunca puede decidir que una persona deja de ser nuestro hermano.

Acoger no significa negar los límites. Significa impedir que el límite se convierta en ídolo. Una frontera no puede ser más sagrada que la vida. La protección de una línea, esa supuesta línea que unas veces se dibuja sobre la tierra y otras se pierde en el mar, no debe impedir el abrazo, la asistencia y la presencia. Un Estado que solo sabe custodiar acaba pareciéndose demasiado a un muro.

Un Estado humano sabe también abrir una puerta, colocar una manta, escuchar un nombre y permanecer junto a quien ha perdido todo.

Hace años, el papa Francisco sostuvo entre sus manos un trozo de concertina. Aquel alambre cortante resumía una civilización capaz de invertir enormes recursos en impedir el paso y muchos menos en comprender por qué alguien decide arriesgar la vida para cruzar. La imagen conserva toda su fuerza. Tal vez hoy la corona de espinas de Cristo tendría el perfil acerado de una concertina o la extensión silenciosa de un mar que devuelve cadáveres mientras nosotros discutimos sobre cifras.

Responsabilidad frente a indiferencia

No se trata de convertir cada decisión política en una escena religiosa ni de utilizar a Cristo como consigna. Se trata de admitir que el Crucificado desbarata nuestra neutralidad. La cruz no establece leyes migratorias, pero pregunta por el ser humano concreto. No fija fronteras, pero impide adorarlas. No elimina la responsabilidad, pero tampoco permite que la responsabilidad se convierta en coartada para la indiferencia.

El Evangelio no habla de privilegios. Cristo no pregunta primero quién merece ser atendido, qué origen posee o qué utilidad ofrece. Se acerca al leproso, escucha a Bartimeo cuando los demás quieren callarlo, devuelve un nombre a la mujer perdida entre la multitud, se sienta a la mesa con quien había sido reducido a su culpa y atraviesa con la samaritana las fronteras que su tiempo consideraba intocables. Jesús no elimina la verdad sobre las personas, pero se niega a reducirlas a una categoría.

La revolución cristiana comienza en los ojos. Aprender a mirar como Cristo significa negarse a que la pobreza, la procedencia, el pecado o la irregularidad agoten la identidad de una persona. El cristiano no ha recibido el encargo de clasificar quién merece cercanía. Ha recibido el mandato de reconocer al hermano, especialmente cuando reconocerlo resulta incómodo, costoso y políticamente poco rentable.

Esta tragedia no nos permite preguntar solamente qué hará el Gobierno, qué dirá la oposición o qué medidas adoptará Europa. La pregunta más grave es qué haremos nosotros. Qué hará la Iglesia. Qué harán las comunidades cristianas. Qué hará cada parroquia, cada asociación, cada movimiento y cada organización obrera cristiana cuando el pobre deje de ser noticia y vuelva a convertirse en vecino, trabajador precario, vendedor ambulante, cuidadora interna o joven sin papeles.

Porque también nosotros podemos refugiarnos en el argumentario. Podemos redactar comunicados impecables, organizar jornadas, pronunciar la palabra fraternidad y continuar viviendo sin que ningún pobre conozca nuestro nombre. Podemos hablar mucho de acogida y no abrir ningún espacio real. Podemos denunciar la aporofobia de los demás mientras protegemos nuestras agendas, nuestras casas, nuestras comunidades y nuestros privilegios de cualquier presencia que los altere.

Ceuta no pregunta solamente cómo miramos a quienes murieron. Pregunta quién cabe realmente en nuestra vida. Si el hermano es una palabra litúrgica o una presencia concreta. Si la dignidad es un principio que defendemos o una incomodidad que estamos dispuestos a asumir. Si nuestra fe puede reconocerse en la manera en que tratamos al último o si se ha convertido en un lenguaje religioso incapaz de tocar la historia.

La frontera decisiva no está entre Marruecos y Ceuta. Está dentro de nosotros. Separa la mirada que reconoce de la mirada que calcula, la conciencia que se deja herir de la que busca una consigna, la comunidad que acoge de la que solo se protege. Quizá el juicio más duro sobre nuestra generación no sea que levantó fronteras, sino que necesitó dejar de ver personas para poder levantarlas sin perder el sueño.