Mientras España grita, el mundo cambia de dueño

Mientras España grita, el mundo cambia de dueño

Hay una escena muy española que merece figurar en el patrimonio inmaterial de la humanidad. Dos personas discuten acaloradamente sobre cualquier asunto –la amnistía, los jueces, el cambio climático, el precio del aceite o la tortilla de patata– mientras un tercero, con el móvil en la mano, busca desesperadamente un vídeo de quince segundos que demuestre que uno de los dos es un absoluto ignorante…. Nadie intenta comprender. Lo importante es encontrar la prueba definitiva de que el otro está equivocado.

Y mientras tanto, el mundo sigue reorganizándose. Estados Unidos redefine brutalmente su liderazgo, China compra tiempo y tecnología, Rusia convierte la geopolítica en una guerra de desgaste, Oriente Próximo vuelve a recordar que nunca terminó de incendiarse y Europa continúa preguntándose qué quiere ser cuando sea mayor.

España, entretanto, permanece absorta en un debate infinito donde cada día parece el primer capítulo de una serie que jamás alcanza el último. Quizá el verdadero problema no sea político… ¡Quizá sea acústico!

La industria nacional del ruido

España siempre ha discutido mucho. Es casi una virtud nacional. Lo novedoso es que ahora discutimos sin escuchar. La política ha descubierto que el ruido ofrece más rentabilidad que las soluciones. Resolver conflictos tiene poco recorrido mediático; mantenerlos abiertos garantiza audiencia permanente… ¡y votos!

La indignación se ha convertido en un recurso renovable. Los partidos producen escándalos como quien fabrica salchichas. Los medios los distribuyen. Las redes sociales los aceleran. Y los ciudadanos los consumen con una mezcla de cansancio y adicción.

Todo el mundo habla. Cada vez menos gente piensa. Y cuando alguien intenta introducir un matiz, inmediatamente es sospechoso de pertenecer al enemigo. Vivimos en una época donde la moderación necesita escolta.

El derecho convertido en plató

Francisco de Vitoria probablemente no imaginó que cinco siglos después el Derecho tendría que competir con los programas de máxima audiencia.

Las decisiones judiciales ya no se leen. Se interpretan antes de conocerse. Cada resolución parece una victoria electoral para unos o una conspiración para otros. Los jueces son elevados a héroes o degradados a villanos dependiendo exclusivamente de quién resulte beneficiado ese día. (Aunque nadie dude de que demasiados días mantienen siempre el mismo color).  La Justicia deja entonces de ser un espacio institucional para convertirse en un capítulo más del espectáculo político.

Y cuando eso ocurre sucede algo extremadamente peligroso. No desaparece únicamente la confianza en los tribunales. Empieza a desaparecer la confianza en las leyes. Porque cuando todo parece partidista, incluso la ley termina pareciendo una opinión. Y una democracia donde la ley es solo una opinión comienza a caminar tan insegura como sobre el Puente de Mahoma del pico de Aneto.

La mentira ya no necesita convencer

Durante siglos la mentira tuvo una dificultad enorme. Debía parecer verdad. Hoy basta con parecer viral. No importa que una afirmación sea falsa. Lo decisivo es que llegue antes. La velocidad ha derrotado a la verificación. La repetición sustituye a la demostración. Y la emoción ocupa el lugar reservado tradicionalmente a la evidencia.

No es un fenómeno exclusivamente español. Es global. Pero España lo ha adaptado con una rapidez y creatividad admirable. Aquí conseguimos convertir cualquier hecho en dos relatos incompatibles antes incluso de que el hecho termine de acontecer.

El resultado es extraordinario. Cada ciudadano vive dentro de un país diferente. Todos creen habitar la realidad. Y ninguno entiende por qué el vecino parece residir en otro planeta.

Mientras discutimos, el tablero cambia

Existe una ironía especialmente cruel. España dedica enormes cantidades de energía emocional a conflictos internos precisamente cuando el mundo atraviesa una transformación histórica. La inteligencia artificial modifica el trabajo. La carrera tecnológica redefine el poder. La energía vuelve a ser un instrumento geopolítico. Las materias raras deciden alianzas. La defensa europea deja de ser una hipótesis académica. Las cadenas de suministro sustituyen a los antiguos imperios.

Y nosotros seguimos dedicando horas infinitas a comprobar quién insultó primero en el Parlamento. Es como discutir sobre el color de las cortinas mientras alguien está ya tapiando  las ventanas.

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No significa que los problemas nacionales sean irrelevantes. Significa que el contexto ha cambiado de escala. Y quizá nosotros aún no nos hemos enterado.

Europa descubre que la Historia sigue viva

Durante décadas Europa creyó haber domesticado definitivamente la Historia. Pensó que el comercio sustituiría a los conflictos. Que la economía desplazaría a la geopolítica. Que las fronteras acabarían siendo simples líneas administrativas.

La realidad ha tenido el mal gusto de llevarle la contraria. Hoy vuelve el lenguaje del poder. Regresan los bloques. Regresan las zonas de influencia. Regresan los equilibrios militares. Y Europa descubre que la paz permanente no era un estado natural sino una excepción extraordinariamente afortunada.

España tampoco puede vivir al margen de esa transformación. Nuestra economía. Nuestra energía. Nuestra inmigración. Nuestra seguridad. Nuestra posición internacional. Todo depende cada vez más de decisiones que se toman muy lejos del Congreso de los Diputados. Pero seguimos comportándonos como si el mundo empezara en la Plaza de las Cortes y terminara donde acaba la tertulia de la noche.

Pensar despacio como acto casi revolucionario

Quizá Walter Benjamin tenía razón cuando hablaba del “freno de emergencia”. No un freno para detener el progreso. Sino para impedir que la velocidad destruya la inteligencia.

Pensar despacio se ha convertido en una extravagancia. Leer un informe completo parece una conducta antisocial. Esperar todos los datos antes de opinar resulta casi sospechoso. El algoritmo recompensa la reacción inmediata.

La democracia necesita exactamente lo contrario. Tiempo. Contexto. Memoria. Proporción. Ninguna de esas cuatro cosas cabe fácilmente en un titular ni en un vídeo de veinte segundos. Sin embargo, son las cuatro columnas sobre las que se construye cualquier sociedad razonable.

Recuperar la dignidad del otro

María Zambrano probablemente formularía hoy una pregunta incómoda. ¿Cuándo dejamos de ver adversarios para empezar a fabricar enemigos? Porque existe una diferencia enorme. El adversario puede equivocarse. El enemigo debe desaparecer.

Y cuando una sociedad convierte toda discrepancia en enemistad permanente comienza a erosionar lentamente los fundamentos de su convivencia. No hace falta prohibir la libertad. Basta con hacer imposible la conversación. Es un procedimiento mucho más elegante. Y bastante más eficaz.

Quizá por eso resulta tan simbólica la figura de Francisco de Vitoria contemplando inmóvil, desde su V centenario, el paso del tiempo. Representa una idea casi subversiva para el siglo XXI. Que el poder necesita límites. Que la dignidad humana no depende de las mayorías. Que el Derecho existe precisamente para impedir que la fuerza termine convirtiéndose en costumbre.

España necesita discutir. Siempre lo ha hecho. Y probablemente siempre lo hará. Lo que no puede permitirse es confundir el debate con el estruendo, la política con el espectáculo, la justicia con el relato o la velocidad con la inteligencia.

Porque mientras nosotros seguimos gritando para demostrar que tenemos razón, el mundo continúa moviéndose. Y la Historia tiene una costumbre bastante incómoda. No espera a que terminemos la discusión.

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