La prohibición de cenas solidarias

El alcalde de Donostia, San Sebastián, acaba de prohibir (27 de julio de 2026) las cenas solidarias en la vía pública a personas sintecho “por seguridad”. También porque –aunque esta actividad lleva años realizándose– “nunca ha sido autorizada”, desconociéndose quiénes son las personas que acuden y no existiendo “ningún itinerario de asistencia o inclusión social”. Según “fuentes municipales” no se trata de dejar a nadie sin un plato de comida sino de “encauzar el problema”, una vez que se ha comprobado que “la solidaridad mal gestionada” hace que ese esfuerzo no dé frutos. Y que, en coherencia con tal criterio, el alcalde se compromete a duplicar las cifras económicas destinadas a la inclusión social de estas personas a través de un sistema más coordinado y eficaz.
A continuación, he leído algunos de los más de 120 comentarios que había a pie de página en el momento en que me he asomado a la noticia. Los había para todos los gustos, incluidos los “aporofóbicos”, es decir, los llenos de miedo, rechazo y desprecio hacia los pobres o personas sin recursos y, en este caso, sinhogar. Pero también he tenido un interés especial en saber la reacción de una voluntaria de Cruz Roja que conoce muy bien este mundo y que sale una noche a la semana para escuchar y atender mínimamente a los sinhogar. Me ha respondido preguntando irónicamente: ¿de verdad que el ayuntamiento va a emplear recursos con cabeza y corazón?
Me lo pregunta porque sabe por propia experiencia que el dinero es importante en el acompañamiento de estas personas, pero la cercanía, el respeto, la consideración y el afecto lo son mucho más, entre otras razones, porque rompen barreras que solo los recursos económicos no pueden.
Además de dinero, se necesita vivir una “mística” –sea laica, religiosa o, simplemente, fundada en la fraternidad y solidaridad– para acompañar a estas personas y ayudarlas a salir –si quieren y pueden– de la situación en la que se encuentran. Por tanto, el afrontamiento razonable de este problema pasa –creo interpretar correctamente a la voluntaria– por contar con recursos, pero también con ciudadanos, políticos, profesionales y voluntarios con corazón, empatía o “mística”.
El “tratado del socorro de los pobres” (Juan Luis Vives)
Escuchando esta respuesta de la voluntaria de Cruz Roja, me ha venido a la memoria cómo en 1526, durante una breve estancia en Brujas, Juan Luis Vives (1492-1540) escribió el “Tratado del socorro de los pobres”. En este librito formula una propuesta en la que se enfrenta a una “política municipal” que había decidido adecentar la ciudad y que, como consecuencia de ello, se había decantado por ocultar los pobres, perseguirlos y encarcelarlos, antes que salir al paso y afrontar el drama de su miseria.
Hay una primera y magnífica parte en la que el humanista valenciano se adentra en la matriz “mística” de la intervención social. Y una segunda, dedicada a la gestión y liderazgo.
Me adentro en la primera parte, la dedicada a la “mística” de la caridad y de la justicia (al “corazón”, en expresión de la voluntaria de la Cruz Roja), tan importante como contar con recursos económicos y administrarlos con “cabeza” cuando se trata de personas, en este caso, sinhogar.
La identificación de Jesús con los pobres
Juan Luis Vives tiene muy clara la matriz cristológica tanto del compromiso en contra de la pobreza y a favor de los pobres como del destino universal de los bienes.
La centralidad de estas dos verdades, de orden espiritual y teológico –y, por ello, “místico”– le permiten formular el criterio que tendría que presidir un nuevo modelo de atención a los pobres en la ciudad de Brujas: “el fuerte, por voluntad de Dios, ha de ser guardián del débil”.
El resultado de esta “mística” y del criterio en que cuaja, es la formulación de un plan de intervención en el que el ayuntamiento queda responsabilizado de liderar y gestionar la erradicación de la pobreza, abriendo las puertas a lo que, con el pasar del tiempo, cuajará en políticas públicas de bienestar social.
E, igualmente, la autocomprensión de la Iglesia a la luz de lo que será, pasando también el tiempo, el principio de subsidiariedad: comunidad cristiana, busca a los pobres que no son atendidos por las políticas públicas de bienestar social; cuida de los que son atendidos de manera deficiente y no andes muy preocupada por la notoriedad y el reconocimiento social: “cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mt. 6, 3).
Gestión y liderazgo del bienestar social
Pero hay, como he adelantado, una segunda parte, dedicada a la gestión y liderazgo en la que propone a la alcaldía de Brujas que tenga presente dos criterios que, desde entonces, han venido marcando la política del bienestar social.
Según el primero de ellos, referido a la gestión de algunas de las contrapartidas que la ciudad de Brujas puede pedir a las personas a las que echa una mano, Juan Luis Vives sostiene que las ayudas no pueden ni deben ser percibidas por la ciudadanía como una insoportable carga para la comunidad. Y para evitar que eso suceda, se han de gestionar dichas ayudas pidiendo –a quienes son destinatarios de las mismas– una contraprestación que contribuya al bien común, siempre que sea posible.
De ahí la importancia –apunta– de que los pobres –en este caso, los sinhogar– sean censados para que, una vez registrados e identificados por sus nombres y necesidades particulares, reciban la ayuda material que sea precisa o se les forme y enseñe, por ejemplo, un oficio que les permita salir de la situación de postración en la que se encuentran. Y de ahí, que también se les pida colaborar trabajando, en la medida de sus posibilidades, cuando les sean requeridos sus servicios. Es lo que, pasando el tiempo, será tipificado como contraprestación social por la ayuda recibida: la beneficencia –en este caso, pública– está legitimada para exigir compensaciones a las personas a las que ayuda.
El segundo de los criterios está referido al liderazgo en el afrontamiento de la miseria. La pobreza –sostiene el humanista valenciano– es una desgracia y una injusticia de enormes dimensiones. Eso quiere decir que ya no es de recibo seguir dejando su erradicación –como se ha venido haciendo– en manos de la liberalidad, con frecuencia intermitente, de los corazones compasivos o de la Iglesia. Es imprescindible que el gobierno municipal de Brujas imagine una respuesta en la que los más necesitados sean socorridos por los poderosos. Con esta segunda consideración, Juan Luis Vives da por bueno un doble liderazgo que, corresponsable, lo es porque se asienta en la colaboración entre la beneficencia privada y la pública, siendo responsabilidad del municipio la regulación de esta última, claramente redistributiva.
Tal es la novedad de una propuesta que, a pesar de su moderación, va a ser criticada. Y que lo sigue siendo en nuestros días. Pero que se queda corta cuando se trata de personas que, además de sinhogar, han perdido toda esperanza. Con éstas, los recursos, por muchos que sean, creo que no permiten prever que se pueda ir muy lejos. De ahí la importancia de unos profesionales y voluntarios con “mística”, además de con recursos; y con una ciudadanía y políticos que la compartan, de una u otra manera.
“No desnatar la misericordia” (Domingo de Soto)
Pero, el comentario de la voluntaria de la Cruz Roja sobre la importancia de emplear los recursos “con cabeza y corazón”, no solo me ha recordado el “tratado del socorro de los pobres” de Juan Luis Vives. También me ha llevado a releer otro librito, en esta ocasión de Domingo Soto ((1494-1560), titulado Deliberación de la causa de los pobres (1545).
En este texto, hay dos puntos, dignos de ser atendidos: su defensa de la libertad de los pobres y su preocupación por no “desnatar” la misericordia. Me detengo en este último.
En un momento de su exposición, Domingo Soto observa que hay personas interesadas en “quitar los pobres de los ojos de los cristianos”. Esos, denuncia, recurriendo a una feliz expresión, “desnatan la virtud de la misericordia” porque disuelven el “afecto interior” y, de esta manera, la “compasión” por “la fatiga del pobre”.
En cambio, quienes se relacionan con ellos “por sus ojos y por sus manos”, dándoles de comer, son quienes experimentan, sin rebaje de ninguna clase, dicha misericordia, de manera parecida a como nos lo enseñó Jesús “en aquel milagro, cuando dio de comer a aquella muchedumbre de gente en el yermo; que, según dice san Mateo y san Marcos, primero tuvo interiormente compasión y lástima de su cansancio y fatiga; y de allí procedió la obra exterior”.
Cabeza y corazón
Es esta doble audacia –la de proclamar sin tapujos la identificación de Jesús con los pobres y relacionarnos con ellos “por sus ojos y por sus manos”– la que sigue impidiéndonos cerrar, también en nuestros días, los ojos ante algunos de los “dogmas” modernos en la práctica de la caridad y en la defensa de la justicia tales como, por ejemplo, el de la prohibición de la limosna y el ocultamiento civil de los pobres y, si se me apura, el de dejar en la cuneta a los socialmente irrecuperables, bien sea por incapacidad personal, por falta de voluntad para salir de tal situación o, simplemente, por no estar dispuestos a satisfacer la contraprestación propuesta o exigida para recibir la ayuda solicitada; entre ellos, es muy probable que una buena parte de los “sinhogar” de Donostia (San Sebastián).
Como dice la voluntaria de la Cruz Roja a la que me he referido más arriba, es importante contar con recursos y administrarlos con cabeza. Pero no creo que sea menos importante que ciudadanos, políticos, profesionales y voluntarios –seguidores de Jesús o no– cuiden el corazón, la mística o, si se prefiere, la empatía fundada en la fraternidad y solidaridad, en este caso, con los sinhogar.
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Sacerdote de Bilbao. Catedrático emérito en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria). Autor del libro Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad «con carne» (Ed. HOAC, 2021)


