Politizar la vida buena

Politizar la vida buena
Ilustración | Nana Pez
Los malestares sociales presentes en la sociedad revelan un sufrimiento psicológico y emocional profundo en muchas personas, pudiendo conducir en no pocas ocasiones a cuadros patológicos de agotamiento, ansiedades y depresiones que parecen tener una correspondencia clara con las circunstancias, presiones y ritmos que se desprenden del modo de vida actual.

La interpretación individualista y subjetiva de la vida de las personas que surge en torno a conceptos como «felicidad» o «malestar» impide contemplar esas bases comunes que tienen que ver con condiciones sociohistóricas y políticas. Llama poderosamente la atención el hecho de que la mayoría de la gente decimos tener una idea bastante clara de cómo debería ser la vida buena en el plano personal y, al mismo tiempo, nos mostramos incapaces de definir y concretar cómo sería una vida buena colectiva que persiga el bien común. Esta brecha solo se puede superar si reconocemos la necesidad y la urgencia de «repolitizar radicalmente la cuestión de la vida buena» [1], elevándola del plano individual al colectivo. Además, solo así se podrá abordar la paradoja de que el modo de vida imperante se siga presentando como atractivo y deseable a pesar de que, por su lógica productivista y consumista, impida el florecimiento humano y el cuidado de la naturaleza al socavar las bases comunitarias y ecológicas sobre las que se sustenta.

Para suturar esa brecha y resolver esta paradoja convendría empezar por analizar críticamente nuestro modo de vida. El concepto de «modo de vida» hace referencia a la forma de organizar la producción y el consumo con sus prácticas, estructuras, instituciones, actores y relaciones de poder. El modo de vida de nuestra sociedad es el característico del capitalismo patriarcal que ha redefinido profundamente las relaciones sociales y de género, así como el régimen de intercambios que establecemos con la naturaleza. Lejos de cualquier abstracción, se materializa en nuestra vida cotidiana en la manera en que nos alimentamos, nos desplazamos o habitamos el territorio. Al remitir a los patrones de producción, distribución y consumo, así como al imaginario cultural y a las subjetividades fuertemente arraigadas en las prácticas cotidianas de la mayoría de la población, la crítica al modo de vida no se reduce a una mera crítica al consumo. También exige contemplar la relación salarial, las condiciones de trabajo y las jornadas laborales.

En este sentido, hay tres aspectos que convendría resaltar en el actual panorama laboral. En primer lugar, como señalamos en el II Informe ecosocial sobre la calidad de vida en España, en nuestro país no solo se trabaja más horas que en la mayoría de los países europeos (37,8 horas semanales promedio, por encima de la media de la UE y de los países más avanzados), sino que además las jornadas laborales se expanden demasiado a lo largo del día con unos horarios anómalos (tenemos los porcentajes más altos de personas trabajando en las franjas horarias más tardías) que menoscaban la salud y la autonomía temporal con las que podríamos disfrutar de un mayor desarrollo personal. La reducción de la jornada laboral y una política de racionalización horaria contribuirían sin duda a mejorar la calidad de vida de la sociedad española.

En segundo lugar, debido a los cambios socioeconómicos y demográficos (envejecimiento poblacional), el bienestar colectivo descansa cada vez más en el esfuerzo de gentes nacidas en otras geografías. El total de extranjeros ocupados asciende a 3,58 millones y el de doble nacionalidad a 1,2 millones, de manera que, en conjunto, estos dos grupos ya representan el 21,4% de la fuerza laboral de nuestro país. Así pues, algo más de un quinto de la clase trabajadora es de origen extranjero y una buena parte de ella se encuentra, como consecuencia de las políticas migratorias practicadas, en situación irregular (alrededor de unas 840.000 personas). La irregularidad convierte en vulnerables a las personas que la padecen, menoscaba las bases tributarias del Estado e impide aprovechar todo el talento de la población residente en un país y, sobre todo, en cuanto que las sitúa en un limbo jurídico, refleja una preocupante falla en nuestra democracia. Otra política migratoria y acometer procesos de regularización no solo contribuirán a mejorar la vida de gran parte de la clase trabajadora, sino que además permitirán fortalecer nuestra democracia.

La crítica al modo de vida no se reduce
a una mera crítica al consumo.
También exige contemplar las condiciones
de trabajo y las jornadas laborales

En tercer lugar, aunque los grandes datos señalan gran dinamismo en el mercado de trabajo (en España trabajan hoy 22,4 millones de personas, la cifra más alta jamás lograda) y que el grado de incorporación al mundo laboral se estrecha entre hombres y mujeres (12 millones de hombres ocupados y 10,4 millones de mujeres, el 53,4% y el 46,6% respectivamente), esta evolución positiva no debe hacernos olvidar que la mayor participación laboral de la mujer no ha eliminado la desigualdad estructural por género en el ámbito doméstico, persistiendo una redistribución incompleta de los trabajos en el hogar y de cuidados. Las políticas orientadas a disminuir la brecha de género redundan en la mejora de la vida de la mitad de la población, convirtiéndose en palancas decisivas para la calidad de vida en la sociedad.

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Lograr conciliar el florecimiento humano con el respeto a la naturaleza parece imposible si no revaluamos y cambiamos nuestra manera de vivir. Aquí se han señalado tres aspectos concernientes al plano laboral que abordados con buenas políticas públicas mejorarían la vida de millones de personas. Pero quedan otros muchos que merecerían igualmente nuestra atención. Por ejemplo, habría que desmaterializar sustancialmente, y descarbonizar totalmente, nuestro modo de vida. Fuera ya del ámbito de la producción y circunscribiéndonos a la esfera del consumo, deberíamos ser más conscientes de que en relación con la alimentación, la vivienda o la movilidad, nuestro modo de vida ofrece satisfacciones problemáticas (cuando no inadecuadas), tanto porque no se logran los fines perseguidos (garantizar una alimentación adecuada, permitir el acceso de todas las personas a una vivienda digna o a una movilidad segura y sostenible), como porque crean problemas añadidos (una dieta desequilibrada, obesidad, atascos, contaminación lumínica, acústica, pérdida de calidad del aire, etc.) que terminan por afectar a la salud y calidad de vida de las personas.

Confiamos en que este II Informe ecosocial sobre la calidad de vida en España sirva para comprender cómo vivimos y cómo podríamos vivir sin menoscabar las bases sociales y naturales que hay que cuidar y preservar para hacer posible cualquier ideal de vida buena.

[1] Jean-Philippe Kindler, A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases, Bauplan, 2025, p. 18.
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