La experiencia pascual

La experiencia pascual
FOTO | Fotograma de la serie "Los elegidos" (The Chosen) basada en la vida de Jesús.

Propongo unas reflexiones personales a partir de un texto de Fray Marcos en Fe Adulta. En este tiempo privilegiado, vale la pena arriesgar un acercamiento al Misterio Pascual. Espero colaborar a vivir esta realidad tan nuestra y radical con unos sencillos planteamientos que a la vez, desbordan cuanto pretendo decir.

1. Quizás tenga más valor teológico el entender la experiencia pascual, como una realidad espiritual, a partir de los primeros testigos de la fe, confiando, dando por válido, su testimonio en cuanto a la Resurrección del Señor. Son los mediadores privilegiados de esta relación que establecieron con la persona de Cristo resucitado, desde el primer momento de su muerte, o quizás, a medida que entendieron (¿solo entendieron?), las palabras de Jesús a partir de su muerte y a lo largo de su vida. (El obispo anglicano Spong lo entiende de esta forma).

Lo que yo pueda experimentar en mi interior, en mi espíritu, son los efectos secundarios, físicos o incluso racionales, de esa confianza radical que he depositado en los primeros discípulos. Estos “efectos”, como pueden ser una cierta iluminación interior, un determinado consuelo, una confianza íntima, etc., sin duda, pueden expresarse, de algún modo, racionalmente.

2. Sin embargo, la experiencia pascual no es constatable en sí misma. Podemos constatar los efectos físicos, psicológicos, racionales, etc. de esta realidad, como acabo de decir. La razón de fondo es que se trata de una “relación” íntima, personal, intransferible, con el Señor resucitado, que tiene repercusiones físicas, corporales o psicológicas en mi espíritu, dispuesto a esa confianza radical.

La relación, en sí misma, es inexpresable, y si la separamos del impacto que produce en la personalidad del creyente, consiste en esa confianza incondicional, que tiene sentido en sí misma y no por las consecuencias o efectos que produce en la psicología de la persona creyente.

Me pregunto: ¿Es a partir de aquí desde donde se puede alcanzar cierta comprensión, no precisamente intelectiva o racional, de la trascendencia del Señor?

¿Consiste la experiencia pascual en aceptar estas dos perspectivas a la vez: el testimonio de los primeros discípulos, con todas las dudas y prevenciones que experimentaron y la relación íntima del creyente con la persona de Jesús resucitado, que también incluye dudas y perplejidades que la fe nos lleva a superar?

Sospecho que a esta narrativa le falta una dimensión fundamental que Cristo vivió incorporada a su personalidad humana más profunda: su identificación con los pobres, los sin voz, los disminuidos… que curó y amó a lo largo de su vida, los “otros”, “hijos” y “hermanos”, crucificados de la Historia como él.

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Por eso hay que concebir la experiencia pascual confesando, como dice Jon Sobrino, que “el resucitado es el crucificado”: es decir, debo vivir una experiencia pascual que incorpore a la vez a Cristo y a los pobres. Buscar solo a Cristo sería reducir la experiencia Pascual a una dimensión personalista.

El “cómo” percibo y vivo, esta relación, queda oculto en la experiencia misma.

No puedo terminar esta reflexión sin decirme constantemente, que la experiencia de Jesús Resucitado es para mí una respuesta definitiva y esperanzada de la victoria del bien sobre la inmensidad del mal. Aunque reconozco que el mal no deja de ser un misterio. Esta victoria de Cristo Resucitado sobre el mal que él vivió con tanta intensidad da sentido a toda la Creación, a la realidad entera, a los interrogantes que nos hacemos con frecuencia los creyentes sobre el sufrimiento de los pobres y los pequeños de toda la Historia.

Con esta inquietud sigo siendo fiel a un pensamiento profundo de Albert Camus: “Yo no puedo ser feliz mientras haya un niño que sufre”.

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