La urgencia de lo colectivo: participar para transformar

En el actual escenario de transformación o cambio de época, nos enfrentamos a un fenómeno que supone una profunda crisis de vinculación social, una época con grandes incertidumbres y desafíos, también en el ámbito económico, laboral, político y ecológico.
El discurso dominante en nuestra sociedad actual tiende a fortalecer la interiorización del individualismo más feroz. Ante la magnitud de los desafíos ecológicos y sociales, ha calado el sentimiento de que la vida es así, es la época que nos ha tocado vivir. Este derrotismo alimenta la lógica del «sálvese quien pueda» y del «no hay nada que hacer para cambiar las cosas», una trampa que nos aísla y nos hace más vulnerables.
Como respuesta a esta lógica individualista e insolidaria, donde se nos empuja a que «cada cual cargue con su cruz», buscando soluciones privadas a problemas colectivos, surge la necesidad urgente de revitalizar el sentido de comunidad.
Se trata de transitar desde el interés puramente personal hacia la lógica del bien común. Es el paso necesario, como se ha señalado en diversas reflexiones eclesiales y sociales, para pasar del «qué hay de lo mío» a construir un «qué hay de lo nuestro» [1]. Este cambio del «mío» al «nuestro», es la base de cualquier transformación social profunda.
Participar no es un gesto burocrático; es una necesidad fundamental de la persona. El ser humano solo se desarrolla plenamente cuando se siente reconocido y parte de algo más grande que sí mismo. La participación conecta, inspira y empodera.
Es el proceso por el cual salimos de nuestro propio aislamiento para encontrarnos con otros que también están dispuestos a desarrollarse dentro de lo colectivo. Y esto se hace posible en la «cultura del encuentro» [2].
Esta dimensión es especialmente crítica en el mundo del trabajo. En una sociedad que a menudo invisibiliza o ignora a quienes considera «descartables», la participación es un proceso de inclusión que busca, específicamente, la liberación y el protagonismo de las personas más empobrecidas. Y para que un modelo de participación sea plenamente humano y transformador ha de ser inclusivo, poniendo en valor a todas las personas y la aportación que cada una de ellas hace al conjunto. Es un proceso de inclusión que busca, específicamente, la liberación y el protagonismo de las personas más empobrecidas. El bien común no puede alcanzarse si se ignora a quienes la sociedad descarta o invisibiliza.
En la situación actual, de desafección por lo público, por el bien común, hemos de ser conscientes que nuestra implicación en los asuntos públicos es esencial para lograr una verdadera democracia. Cuanto más legitimado esté el poder en un acuerdo social sólido, más posibilidades habrá de hacer visibles las aspiraciones de los sectores más empobrecidos y precarizados. El papa Francisco ha sido tajante en este sentido, recordándonos en Laudato si’ y Fratelli tutti la urgencia de «recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad» y la necesidad de «constituir un “nosotros” que habita la casa común». Sin ese «nosotros», cualquier intento de reforma estructural se quedará en la superficie.
La propuesta de liberación anunciada por Jesucristo y su proyecto de felicidad contenido en las Bienaventuranzas nos sugieren que el camino a promover es aquel donde, en lo comunitario, las personas puedan ser reconocidas en dignidad, y junto a otros, escuchando ya dialogando, discerniendo en común podamos caminar hacia una sociedad más justa. Solo así podremos proponer soluciones a los problemas que compartimos como barrio, como colectivo y como humanidad. Es hora de abandonar la pasividad y asumir que somos piezas clave en la construcción de ese bien común que nos sostiene a todos.
Este compromiso se manifiesta de muchas formas: a través de la afiliación, el activismo, la militancia, la asociación u otras formas de vinculación. Todas ellas son formas válidas de lo que Francisco define como «organizar la esperanza». Organizar la esperanza significa no dejar el futuro en manos del azar o del mercado, sino trabajar activamente para que la justicia ecosocial y la equidad sean los pilares del mañana.
Participar para transformar es el título del cuaderno de Ediciones HOAC que, en continuidad con la campaña «Cuidar el trabajo, cuidar la vida», propone la Hermanda Obrera de Acción Católica (HOAC) para la reflexión personal y el trabajo de grupo. Ayuda a discernir cómo fomentar alternativas de vida y trabajo desde los ámbitos cotidianos, fortaleciendo la comunión y la acción colectiva como camino evangélico de liberación.
El cuaderno será el centro de las celebraciones en torno al Día de la HOAC que vamos a desarrollar en las diócesis durante el mes de mayo. Como Iglesia que se deja amar por Dios, Iglesia encarnada y en salida, estamos llamados a participar, a implicarnos junto a otros, de forma sinodal, para poner en el centro a las personas, la dignidad del trabajo, la solidaridad y el destino universal de los bienes, trabajando conjuntamente para construir una sociedad más justa, revitalizando la esperanza y la fraternidad.
Aunque a veces los resultados no sean inmediatos o tangibles, la acción colectiva y solidaria siempre «derrama un bien en la sociedad que produce frutos más allá de lo que se pueda constatar» [3]. Reconocer estos pequeños pasos es positivo y necesario. Al revisar y contemplar lo vivido juntas, en cualquier momento, como dijo el papa Francisco, podemos reconocer «el milagro de la fraternidad, que es capaz de saciar y hacer abundar» [4].
La celebración del Día de la HOAC, con esta perspectiva, nos recuerda que no basta con desear un mundo mejor; es necesario articular canales de participación que permitan que ese deseo se convierta en política, en derecho y en comunidad. Es una llamada a salir al encuentro de los demás, a explorar nuevas vías de colaboración y a construir ese «nosotros» que habita la casa común.
La justicia, la centralidad de la persona y la dignidad del trabajo solo serán posibles si somos capaces de volver a unirnos, deliberar y hacernos oír, especialmente junto a aquellos a quienes el sistema prefiere mantener en silencio.
Cuidar la vida, cuidar el trabajo, supone «crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad» [5] dando prioridad a la vida de las personas. •
1 León XIII, Dilexi te, 104.
2 Papa Francisco, Laudate Deum, 70.
3 Papa Francisco, Laudato si’, 212.
4 Viaje apostólico del papa Francisco a Bulgaria y Macedonia del Norte. Homilía, 7 de mayo de 2019.
5 Papa Francisco, Evangelii gaudium, 188.
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Presidenta general de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)



