Grupos cristianos de Córdoba acuden al encuentro de trabajadores senegaleses en precario

Grupos cristianos de Córdoba acuden al encuentro de trabajadores senegaleses en precario
En Posadas, entre caminos de campo y edificios industriales que parecen olvidadas del mapa, existen espacios donde la vida se sostiene en un frágil equilibrio entre resistencia y precariedad. Uno de esos lugares es una nave que se ha convertido en refugio forzado para una treintena de trabajadores migrantes procedentes de Senegal y, en menor medida, de Mauritania.

El pasado 5 de mayo de 2026, el director del Secretariado Diocesano de Pastoral del Trabajo, junto a dos miembros de Equipos de Pastoral Obrera de distintas parroquias, un militante de la JOC y el responsable del compromiso de la HOAC —todos de la diócesis de Córdoba—, visitaron este espacio.

No fue una visita más, sino un encuentro directo con una realidad dura, incómoda y difícil de sostener con la mirada, pero profundamente humana.

El lugar donde viven es una nave situada, según algunos vecinos, en terrenos de Adif. Fue alquilada de manera irregular por una persona que, a su vez, la subarrendaba a los trabajadores. Cada uno pagaba más de 100 euros mensuales. En algunos momentos llegaron a convivir más de 50 jóvenes, lo que suponía unos ingresos superiores a los 5.000 euros mensuales para el arrendador.

Cuando el trabajo escaseó a causa de las lluvias, y asesorados por vecinos, dejaron de pagar. Entonces llegaron los cortes de luz y agua. Desde ese momento, la vida cotidiana se volvió aún más frágil.

Lo que debería ser un techo digno se ha convertido en un espacio de supervivencia: sin agua corriente, sin servicios adecuados, sin condiciones mínimas de habitabilidad. Cocinan con medios precarios, se asean como pueden utilizando un depósito elevado y almacenan agua en recipientes improvisados. Sus necesidades más básicas dependen, en gran medida, de la ayuda externa.

La red de apoyo que sostiene la dignidad

En medio de esta precariedad, emerge una realidad fundamental: la solidaridad concreta. Una pareja jornalera de Posadas, junto a otras personas del entorno, decidió no mirar hacia otro lado.

Lola, Javier, su sobrina Elena y otros vecinos han ido tejiendo una red básica de apoyo: alimentos, mantas, ropa, organización del espacio e incluso acceso al agua potable y de aseo gracias a recursos municipales y al parque de bomberos. También colaboran comercios locales, organizaciones sociales y entidades eclesiales como Cáritas Diocesana. La parroquia aporta bombonas de gas para que puedan cocinar.

Pero no se trata solo de asistencia material. También se intenta acompañar un proceso más complejo: el de la regularización administrativa. Un laberinto burocrático que determina si una persona puede trabajar legalmente, acceder a derechos o quedar atrapada en la invisibilidad.

Trabajar sin existir

La mayoría de estos trabajadores carece de documentación. Esto implica que no pueden trabajar legalmente, aunque lo hagan. Sobreviven en la economía informal, a veces contratados por agricultores que necesitan mano de obra, en una relación marcada por la incertidumbre y el riesgo para ambas partes.

La falta de papeles no solo limita su acceso al empleo, sino que los sitúa en una posición de extrema vulnerabilidad: dependencia, miedo y ausencia de mecanismos para reclamar derechos básicos.

A ello se suma otra barrera importante: el idioma. La mayoría no habla español, lo que dificulta la comunicación con el entorno y aumenta su aislamiento.

Entre el rechazo y la acogida

Su presencia no es bien vista por parte del vecindario, aunque, al mismo tiempo, han recibido numerosas muestras de solidaridad. Desde algunas instancias se expresa preocupación por la “imagen” o el llamado “efecto llamada”.

En ese discurso, estas personas pasan a ser un problema de visibilidad, cuando en realidad lo que está en juego es su dignidad.

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Quienes han compartido tiempo con ellos describen, sin embargo, otra realidad: personas amables, agradecidas, que saludan, abrazan y valoran profundamente cualquier gesto de cercanía.

En condiciones muy difíciles, la convivencia no está exenta de tensiones —como en cualquier grupo humano—, pero está marcada por la necesidad de sostenerse mutuamente.

El contacto entre la comunidad de trabajadores cristianos y esta dura realidad no solo ponen en cuestión las condiciones de vida de estos otras personas igualmente trabajadoras venidas de otro país, sino que interpela a toda la sociedad sobre su responsabilidad hacia esta situación.

No se trata de un caso aislado, sino de una expresión de un sistema más amplio en el que la mano de obra migrante sostiene sectores enteros, mientras sus condiciones de vida quedan relegadas a los márgenes.

Cuestiones que interpelan

A la salida de la nave, quedaban muchas cuestiones en el aire, nada teóricas, sino prácticas y urgentes. ¿Se puede normalizar la invisibilidad o habría que reconocer la presencia de estas personas, con igual dignidad, que trabajan?, ¿qué iniciativas locales de ayuda económica o material habría que apoyar y animar?, ¿quién puede prestar asesoramiento jurídico para que que estas personas accedan a la regularización en marcha?

Por supuesto, también surge el impulso de denunciar situaciones de explotación, evitando criminalizar a quienes sobreviven en ellas y confundir victimarios y víctimas, el deseo de generar espacios de encuentro real que permitan conocer sus nombres, sus historias y facilitar el aprendizaje mutuo, pero sobre todo superar la distancia emocional que contribuye a convertir a las personas más expuestas y vulnerables a meros “casos”.

Lo vivido en esta nave de Posadas no puede quedar como una anécdota ni como un recuerdo incómodo. Es una llamada a mirar de frente una realidad estructural.

Porque la dignidad no puede depender del pasaporte, ni del contrato, ni de la visibilidad social, ni del lugar en el que se ha nacido. Y porque, en última instancia, la cuestión no es solo qué podemos hacer por ellos, sino qué tipo de sociedad aceptamos ser si decidimos no hacer nada. Ante esta realidad Dios nos vuelve a preguntar ¿dónde está tu hermano? Nuestra indiferencia es una respuesta: “No sé ¿soy yo el guardián de mi hermano? El Señor le replicó: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo” (Gn 4, 9-10).

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