El voto católico se aleja de Trump mientras la izquierda religiosa gana protagonismo en Estados Unidos

El voto católico se aleja de Trump mientras la izquierda religiosa gana protagonismo en Estados Unidos
FOTO | Manifestación en Nueva York contra la política migratoria de la administración Trump el pasado 19 de abril. Vía Christopher Penler, Shutterstock
Los católicos estadounidenses han repartido prácticamente por igual sus votos entre demócratas y republicanos, después de respaldar mayoritariamente a Trump en 2024. El malestar económico, las políticas migratorias y las nuevas voces cristianas comprometidas con la justicia social atraviesan unas elecciones que muestran la diversidad política de las comunidades creyentes

El voto católico ha dejado de inclinarse mayoritariamente hacia los republicanos en Estados Unidos. En las elecciones legislativas de mitad de mandato celebradas el 3 de noviembre, el 50% de los electores católicos respaldó a candidatos demócratas, frente al 49% que optó por los republicanos, según los sondeos de NBC News recogidos por la revista jesuita America. Un desplazamiento significativo respecto a las presidenciales de 2024, cuando Donald Trump obtuvo el 55% del voto católico, de acuerdo con los estudios del Pew Research Center.

El cambio coincide con una mayor visibilidad de dirigentes religiosos progresistas que han conseguido representación política por el Partido Demócrata. Pastores, seminaristas y representantes de distintas tradiciones religiosas han reivindicado públicamente la fe como fundamento de su compromiso con la justicia social, la acogida de las personas migrantes y la defensa de quienes sufren desigualdad.

Ambos fenómenos, aunque distintos, reflejan la pluralidad política del cristianismo estadounidense y cuestionan su identificación exclusiva con las posiciones conservadoras que han dominado buena parte del discurso religioso electoral durante las últimas décadas.

“En muchos sentidos, el voto católico se ha convertido en el voto decisivo en Estados Unidos”, explica Ryan Burge, investigador especializado en religión y comportamiento electoral de la Universidad Washington en San Luis, en declaraciones a America.

Los sondeos a pie de urna muestran la dimensión del desplazamiento. En 2024, NBC atribuyó a los republicanos el 59% del voto católico, frente al 39% de los demócratas. Dos años después, ambas formaciones aparecen prácticamente empatadas. Las diferencias entre una convocatoria presidencial y otra legislativa, así como las metodologías de las encuestas, obligan a interpretar esta comparación con cautela.

La economía y la migración atraviesan el voto católico

El malestar económico aparece entre las principales explicaciones del cambio. “Esto tiene que ver con que la economía iba mal. Seamos claros. De eso han tratado estas elecciones”, sostiene Burge, quien considera que los resultados no demuestran una transformación ideológica generalizada de los católicos estadounidenses.

Los datos del Pew Research Center anteriores a los comicios apuntaban a la importancia de las preocupaciones materiales: el 87% de los votantes católicos registrados consideraba la economía una cuestión muy importante a la hora de decidir su voto.

El deterioro de la popularidad presidencial constituye otro elemento relevante. La aprobación de Trump entre los adultos católicos ha descendido del 47% al inicio de su segundo mandato, en enero de 2025, hasta el 30% en octubre de 2026.

Sin embargo, el electorado católico está lejos de constituir un bloque homogéneo. Entre los católicos blancos, el 56% votó republicano, porcentaje que ascendió al 63% entre quienes carecen de estudios universitarios. En cambio, el 65% de los católicos hispanos y el 87% de los afroamericanos respaldaron a los demócratas. Entre los menores de 29 años, el apoyo demócrata también alcanzó el 65%.

Estas diferencias reflejan experiencias sociales y económicas diversas, especialmente entre las comunidades de origen migrante, donde las preocupaciones por el trabajo y el coste de la vida conviven con las consecuencias de las políticas inhumanas de migración y deportación.

Nicholas Hayes-Mota, profesor de la Universidad de Santa Clara, ha señalado a Religion News Service que la experiencia directa de estas políticas puede tener un peso especial entre los católicos latinos, incluso mayor que los pronunciamientos de las autoridades eclesiales sobre las elecciones.

En esa realidad adquiere importancia el trabajo cotidiano de las organizaciones católicas que acompañan a las personas migrantes, defienden sus derechos y promueven la participación de las comunidades. Su actividad pone de manifiesto que los problemas de estas familias trascienden las convocatorias electorales y requieren respuestas sostenidas.

La preocupación por la dignidad humana también estuvo presente en el pronunciamiento de la Conferencia Episcopal estadounidense antes de las elecciones. En una declaración difundida el 30 de octubre, con motivo de la participación electoral del papa León XIV, los obispos recordaron que su propósito no era indicar a los católicos a quién votar, sino animarlos a formar su conciencia y defender el bien común.

“La Conferencia ha estado animando a los católicos a ejercer su derecho al voto y a hacerlo de una manera que sitúe nuestra fe por encima de nuestra política”, afirmó su portavoz, Chieko Noguchi.

Este planteamiento, expresado en la iniciativa Faith Before Politics (La fe antes que la política), sitúa la responsabilidad cristiana más allá de las identificaciones partidistas.

Nuevas voces cristianas reivindican la justicia social

Mientras el voto católico mostraba ese desplazamiento, las elecciones dejaban también una novedad significativa: la victoria de varios candidatos demócratas que han colocado explícitamente sus convicciones religiosas en el centro de sus campañas.

Uno de los casos más destacados es el de James Talarico, seminarista presbiteriano elegido senador por Texas, un estado tradicionalmente republicano. Durante su campaña reivindicó el cristianismo como una llamada al compromiso público frente a las injusticias.

En su discurso de victoria, pronunciado ante un cartel con el lema “Ama a tu prójimo”, recordó que Jesús no permaneció indiferente ante los abusos de poder. “Hace dos mil años, cuando los poderosos hacían daño a sus vecinos, aquel rabino descalzo no se quedó en su habitación rezando”, afirmó. Según Talarico, Jesús acudió al centro del poder y “volcó las mesas de la injusticia”.

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El candidato ha situado la compasión, la acogida y la defensa de las personas vulnerables entre las referencias centrales de su discurso político, cuestionando que los sectores conservadores puedan atribuirse en exclusiva la representación pública de los valores cristianos.

También en Kansas, donde los demócratas no conseguían un escaño en el Senado desde 1932, resultó elegido Adam Hamilton, pastor de una numerosa comunidad metodista. Su campaña combinó las preocupaciones económicas con un mensaje de diálogo entre adversarios políticos y frecuentes referencias bíblicas.

En uno de sus últimos actos electorales recordó las palabras del profeta Miqueas: “Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6, 8).

La información de America elaborada por Religion News Service recoge además las victorias de las pastoras Lindsay James y Sarah Trone Garriott en Iowa, así como la del pastor baptista Frederick Haynes III en Texas, vinculado a la defensa de los derechos civiles y la justicia racial.

Estas candidaturas han encontrado también una fuerte oposición religiosa y política. Durante la campaña, Trump y otros dirigentes republicanos cuestionaron las convicciones cristianas de algunos candidatos, especialmente por sus posiciones sobre la inclusión de las personas LGBTQ+ y otras cuestiones sociales.

La disputa refleja la existencia de diferentes interpretaciones del compromiso cristiano en la esfera pública, sin que ninguna candidatura pueda identificarse con el conjunto de las comunidades creyentes.

Pero el fenómeno tiene una dimensión que va más allá de los discursos. Emma Borders, integrante de la comunidad presbiteriana de St. Andrew, a la que pertenece Talarico, explicó cómo su iglesia mantiene una despensa de alimentos y programas de acompañamiento a personas sin hogar, además de facilitar duchas y comidas calientes a quienes las necesitan.

Estas experiencias muestran cómo determinadas comunidades cristianas vinculan sus convicciones religiosas con prácticas concretas de solidaridad, atención a la pobreza y acogida.

Esta perspectiva aparece también en una reflexión compartida con responsables de una organización comunitaria religiosa estadounidense tras las elecciones con Noticias Obreras. “Independientemente de los resultados electorales, las relaciones, las historias, los líderes, el poder y la esperanza cultivados no desaparecen cuando se cuentan los votos”, reivindicando la continuidad del compromiso social más allá de los cambios políticos.

“La comunidad religiosa tiene una responsabilidad sagrada en los meses venideros”, añade la reflexión, que sitúa la organización comunitaria y la defensa de la dignidad humana entre las tareas que deben prolongarse después de las elecciones.

El pastor Jim Rigby, de la iglesia en la que creció Talarico, interpreta los resultados como expresión de una mayor visibilidad de estas sensibilidades religiosas. “Se está produciendo un despertar. No se trata tanto de una religión frente a otra, sino de la idea de que todas las personas cuentan”, afirmó a Religion News Service.

Sin embargo, la presencia de estos dirigentes no demuestra todavía la existencia de un movimiento religioso progresista organizado y duradero. Las victorias responden también a las circunstancias políticas de cada territorio y conviven con el mantenimiento de un importante respaldo conservador entre otros sectores cristianos.

Las elecciones han puesto de manifiesto, en cualquier caso, dos realidades relevantes: la diversidad del comportamiento electoral católico y la presencia pública de voces creyentes que reivindican la justicia social desde sus tradiciones religiosas.

Dos expresiones diferentes de un cristianismo políticamente plural, en el que las preocupaciones económicas, la inmigración y la defensa de la dignidad humana siguen ocupando un lugar central en el debate sobre el compromiso de la fe con la vida pública.

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