“No me quiero ir de mi casa”

“No me quiero ir de mi casa”

Dios de la vida,
hoy venimos con una palabra
que todavía nos duele:

casa.

Casa no es solo una puerta,
cuatro paredes,
un contrato firmado.

Casa es memoria.
Es el lugar donde crecimos,
donde alguien nos esperaba,
donde lloramos a nuestros muertos,
donde dejamos
un poco de nuestra vida.

Por eso nos atraviesa el grito de Maricarmen:

«No me quiero ir de mi casa».

Y nos atraviesa todavía más
cuando una mujer de 87 años,
después de haber trabajado toda su vida,
después de haber pagado su alquiler
y sus facturas,
tuvo que salir de su casa
en una camilla.

«No lo he logrado».

Dos palabras
que parecen derrota,
pero que hoy queremos escuchar
como una pregunta dirigida a todos:

¿qué hemos construido
si una pensión no alcanza
para seguir viviendo en la casa
que una persona trabajadora
ha sostenido durante toda su vida?

¿Qué trabajo es decente
si después de trabajar
no podemos acceder a una vivienda digna?

¿Qué progreso es este
que levanta edificios
pero deja personas en la calle?

¿Qué economía es esta
que puede convertir una casa
en una mercancía
y a una persona
en un expediente?

Señor Jesús,
tú también conociste
la intemperie.

No encontraste sitio.

Y hoy sigues llamando
a nuestra puerta
desde quienes no pueden pagar un alquiler,
desde quienes comparten habitación,
desde quienes viven con miedo
a la próxima carta,
desde quienes trabajan
y, sin embargo,
no llegan a fin de mes.

Hoy queremos recordar a Maricarmen
no solamente desde la tristeza.

Queremos recordarla
desde su dignidad.

Ella decía:

«He trabajado toda mi vida».

Y al final nos dejó una luz:

«Luchad.
Defended lo que es vuestro.
Seguid luchando».

Que su voz no se apague.

Que llegue
a nuestros barrios,
a nuestros centros de trabajo,
a nuestros sindicatos,
a nuestras parroquias,
a nuestras comunidades,
a quienes hacen las leyes
y a quienes tienen responsabilidades públicas.

Que nadie tenga que elegir
entre comer y pagar el alquiler.

Que nadie tenga que abandonar
la casa donde ha vivido toda su vida.

Que ningún salario
sea tan pequeño
que expulse a quien trabaja.

Que ninguna pensión
convierta la vejez
en una amenaza de desahucio.

Que el trabajo vuelva a ser
camino de dignidad
y no una condena a la precariedad.

Y que la vivienda
deje de ser solamente un bien
con el que algunos hacen negocio
para volver a ser lo que debe ser:

un hogar.

Señor,
haznos capaces de mirar
cuando otros prefieren no mirar.

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Danos la valentía
de acompañar.

La inteligencia
para organizarnos.

La paciencia
para no rendirnos.

Y la esperanza
para seguir construyendo
una sociedad donde nadie tenga que decir:

«No me quiero ir de mi casa».

Porque una casa vacía
puede cerrarse con una llave.

Pero una sociedad que expulsa
a sus mayores,
a sus jóvenes,
a sus trabajadores,
a quienes llegan de lejos,
a quienes viven con una pensión pequeña…

esa sociedad
se queda también sin casa.

Maricarmen,
tu casa ya no pudo ser tu refugio.

Que tu memoria
sea refugio para otros.

Que tu lucha
se convierta en compromiso.

Que tu muerte
no sea una cifra.

Que tu nombre
no sea solamente un símbolo.

Y que podamos decir algún día,
con verdad y con alegría:

nadie sobra,
nadie queda fuera,
nadie pierde su casa
por haber nacido pobre
o por haber trabajado toda su vida.

Dios de la vida,
haz de nuestras manos
techo para quien no lo tiene;

de nuestras comunidades,
hogar;

de nuestro trabajo,
dignidad;

de nuestras luchas,
esperanza;

y de nuestra esperanza,
justicia.

Porque el trabajo decente
también necesita
una vivienda digna.

Y porque una vida digna
necesita un lugar
donde poder decir:

«Esta es mi casa.
Aquí puedo vivir.
Aquí puedo descansar.
Aquí sigo siendo yo».

Amén.

 

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